31. Hortensia
Hay demasiadas mentiras y tan variadas que se volvieron refranes. Acá les encantan. El sol sale para todos . Sí, cómo no. El sol no se asoma diario y, cuando lo hace, unos estamos aquí adentro y apenas le vemos un rayo.
Mamá Lupe ronca y ronca. Rosa y Cintia duermen calladitas, todavía están chamacas.
A ninguna de las cuatro nos aplica el dicho borrón y cuenta nueva .
Si fuera cierto, andaríamos afuera. A ver quién me borra a mis muertas, a ver si a las mandamás se les olvida el contestón de la Güera y dejan su venganza por la paz.
A la tercera, va la vencida . Ajá, ¿según quién?
Nadie puede saltarse la fajina dos veces sin castigo, tampoco me van a contar una muerta sí y dos no.
—Oigan, ¡ya párense!
—Déjanos. Últimamente amaneces como gallo, Tencha.
—Sí, cállate; todavía falta para el candadazo.
—Me aburrí de estar pensando en refranes.
—Piensa en otra cosa y duérmete.
Como si fuera tan fácil. Amor con amor se paga .
Ven, ya me acordé de otro mentiroso. De chica aprendí que el amor no es moneda de cambio, más bien sirve para apendejar gente.
A mi papá le valió madres que mi mamá lo quisiera o que sus hijas creyéramos que lo queríamos.
Román, el remedo de novio que tuve, se largó, aunque me traía babeando por él.
Los parientes de mis muertas tampoco era acomedidos, y ni qué decir del cabrón que refundió a la Güera.
—Tencha, duermes poco y chingas mucho.
—Les digo que desde medianoche me atacaron los dichos.
—Sabiduría popular.
—Pura mentira, Lupe. De tal palo, tal astilla … Nada tengo que ver con mi familia, ni un pelo de ellos. ¿Tú?
—Vamos a hacer café.
—Ya, dime, ¿es cierto que pozoleabas muertos con tus hijos?
— El león cree que todos son de su condición , pinche Tencha. ¡Ahí déjala!
¿Se habrá enojado mamá Lupe? Me da curiosidad.
Todo Santa Martha sabe mi historia, de memoria después de los programas de televisión, en cambio yo ni idea tengo de qué encerró a la mayoría.
Sirve saber, una entiende mejor los tejes y manejes.
Cocinar cuerpos está cabrón. Hace falta más estómago que para ahorcar.
Eso digo, pero tal vez ya muerto el niño, lo de menos es tapar el pozo. Ese funciona después de que lo arreglé.
Sabe Dios por qué me estoy acordando de la vieja de Tacubaya; berreaba a todo pulmón.
Se me acabó la paciencia antes que con la Márgara.
Le eché ojo al cinturón de la bata, era de toalla resistente, verde pistache.
¡Puto color! Dudé, la cabeza gacha iba a estorbarme.
El chiste era encajar el cinturón en chinga.
Me paré, según yo iba a acomodarle las almohadas y órale, para adentro y a apretar.
No vi sus ojos vaciarse, me los figuré abiertos como los de una muñeca mientras se sacudía.
Apreté más. Después se quedó quieta. Apreté más por si las moscas.
—Lupe, ¿estás enojada?
—No, pero mis asuntos son míos, ¿estamos?
—Ey.
—Te voy a decir un dicho que sí es cierto: Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas .
Mejor ni pido que me explique. En casa de la Márgara, ¿me tocaba o me puse? Que le toque a una se me hace una chingadera.
—No le agarro la onda.
—A ver, Tencha, te quejas y te quejas de tu papá; pues te tocó y te chingaste. A mí me tocaron mis hijos, ser su mamá, protegerlos. Se me hace muy culero quitarse de ser mamá. La tuya se quitó a medias y la alucinas.
—Viéndolo así, pues sí. ¿Qué otro refrán es neta?
—Todos. ¿A poco te crees más lista que el mundo entero?
—A ver…
— A río revuelto, ganancia de pescadores . Acá hay desmadres a cada rato, así arreglan en lo oscurito asuntos que ni sabemos.
—¿Otro?
— La burra no era arisca, los palos la hicieron , y uno especial para ti, más vale prevenir, que lamentar .
—Me jodiste.
—Fuiste tú solita.
—Entonces no me tocaba.
—Sí te tocaba, por descuidada. En unas nos tocan gratis y en otras, ayudamos. Te guste o no.