30. Márgara
Por las mejillas de Márgara corren lágrimas con sabor al bacalao que preparaba su suegra.
Apoya la cabeza en el pecho de Luz. Las gotas caen de la barbilla al libro abierto, agrandan las palabras, señalan la peligrosa correlación entre los trastornos mentales y el abuso de sustancias.
Gabriel se convierte en el guion que enlaza las palabras “narcisismo” y “alcohol”.
Luz recarga la barbilla sobre el pelo encanecido y así permanecen un minuto entero, una eternidad para ambas.
Luz teme oírla expirar en sus brazos y Márgara no se había abandonado al amparo de nadie desde el Año Nuevo que pasó con Ignacio en Acapulco.
Se limpia la cara con el dorso de la mano mientras Luz contiene sus hombros.
—Le va a hacer bien darse un regaderazo —dice al notarla más tranquila.
—Sí —acepta Márgara.
Se demora en la regadera más tiempo del acostumbrado.
Sin hacer ruido, Luz se asoma al baño y, tras el cancel vaporizado, la descubre sentada en la silla de plástico con la cara bajo el chorro.
Entiende que el agua diluye el llanto. Solo espera que el boiler mantenga la temperatura alta un rato más.
Cuatro minutos después, oye el llamado de Márgara, la observa abrir la puerta cubierta con la toalla.
Reprime una sonrisa al comprender que una cosa es mostrar el alma y otra, el cuerpo.
Le ayuda a sentarse en el sillón, le acerca la ropa interior y le da espacio para cubrirse antes de ofrecerse para abrocharle el brasier.
—Huele delicioso —comenta Márgara.
—Es sopa de poro y papa. —Luz abotona la bata color berenjena.
—Porrusalda, le llamaba mi mamá. Vamos a la cocina, la quiero probar.
—Pásese el cepillo, aunque se vista más tarde.
Márgara peina las mechas nobles que forman una onda sobre la frente y se acomodan con gracia debido a los rizos heredados del padre.
Caminan juntas a la cocina, se paran frente a la estufa. Márgara aspira el olor de su infancia, toma el cucharón, lo llena de sopa y se lo acerca a los labios.
—No se vaya a quemar —advierte Luz—. ¡Sople!
—¡Mmm…! Como la de mamá. Yo la molía y se la servía con crutones a mi esposo, y a él siempre le parecía sosa, salada o espesa.
—Así son —responde Luz—. Mi papá es igual de quejumbroso.
Márgara asiente, le parece demasiado atrevido preguntar si las protestas en casa de Luz suelen acabar en golpes o si su mamá se ha atrevido a levantar una denuncia por maltrato.
Tampoco desea confesar que jamás cruzó semejante idea por su cabeza.
Era complicado establecer categorías entre la catástrofe de un divorcio y la tensión ocasionada por convivir con Gabriel.
En una silla de plástico blanca, igual a la de la regadera, se sienta con los ojos entristecidos.
—A los hombres los educan mujeres —reconoce.
—Pues eso sí —contesta Luz, dándose cuenta de que la mente de Márgara voló a otro sitio.
Se revive el picor en la espalda de Márgara, eran vesículas que se expandían en su piel como charco en noche de lluvias.
A Gabriel le daban asco, lo evidenciaba al mirarle la nuca con la nariz encogida.
Ella optó por sacar provecho: cambió el diagnóstico de dermatitis nerviosa por el de un virus.
Consideró que la verdad iba a ser interpretada como histeria femenina, mientras que el posible contagio viral le regalaría distancia.
Sin pensarlo dos veces, cedió la cama matrimonial y durmió en el sofá de la sala hasta la desaparición del último absceso.
En su espalda quedaron pequeñas hendiduras rojizas que de tanto en tanto volvían a abrirse sin que Gabriel las relacionara con su afición al alcohol y al maltrato.
El dermatólogo le recetó cortisona y le sugirió visitar a un psiquiatra.
En su opinión, el estrés se materializaba en ampollas.
Ella no quería ventilar sus problemas matrimoniales ni pensaba gastar en consultas.
Agradeció y aseveró que se atendía con un conocido, el doctor González.
Su embuste resultó verosímil debido a que el maestro González Enríquez era un destacado médico y catedrático especialista en salud mental.
—¿Está bien? —Quiere saber Luz.
—Sí, sí.
Todavía le cuesta admitir que fue una mujer golpeada y, sin embargo, aceptarlo era la única forma de priorizar el peligro.
—¡Qué día! —dice, extendiendo el brazo.
Luz le toma la mano entre las suyas y ambas se sonríen.
—Voy un rato a mi cuarto.
—Vaya. La alcanzo con la comida.
Temblorosa, se sienta en el sillón dorado.
El cansancio la adormece hasta caer en el sueño: se encuentra dentro de un iceberg , a medio océano, aterrada y pasmada de frío, bajo la mirada de un demonio cadavérico.
Está sola, en medio de la desolación. Se despierta sobresaltada.
Respira con alivio al verse en su cuarto, entre sus pertenencias.
Atribuye parte del mal sueño al temor, al infierno que le inculcaron de niña; era tan fuerte que se sentía condenada por detestar a su pediatra, y cada consulta derivaba en un doble suplicio: miedo y culpa; sin embargo, se responsabiliza a sí misma de verse aislada en un témpano de hielo, supone que su inconsciente la congela y la inmoviliza por haber vivido anquilosada.
Para el demonio no encuentra referentes precisos, piensa en Gabriel, en Hortensia, en ella misma.
Se cierra la bata sobre el pecho, un escalofrío la recorre al imaginar a Gabriel en la puerta del infierno, esperándola.
Sacude la cabeza, se niega a compartir la eternidad con su marido, ni en el cielo ni en las tinieblas ni en el cementerio.
Ya liquidó su plan de previsión funerario con un velorio decoroso, aunque nadie asista.
Sobre todo, desea ser cremada, que depositen sus restos en la Parroquia del Señor del Buen Despacho, junto a sus padres e Ignacio.
Ella puso a los tres juntos cuando compró el nicho para cuatro urnas; bajo ningún motivo será enterrada en el panteón, entre su marido y su suegra.
La sola posibilidad la pone de pie. Debe dejar clara su voluntad, se lo encargará a Luz. Al notario ya se lo dijo, pero puede que el hombre ni se entere a buen tiempo de su defunción.
Se debate entre un vestido gris y otro marrón cuando Luz entra y se ofrece a ayudarla.
—Mejor algo más alegre —propone.
—Hoy podría quedarme todo el día en bata.
—Pues dése permiso. Una vez está bien —la anima a hacer algo distinto.
—Solo hoy —contesta—. Te encargo que me entierren en la parroquia, los papeles están en el último cajón de mi buró.
—Anda con el ánimo negro. Se lo prometo.
Márgara agradece con un guiño y un suspiro de alivio.
—¿Comemos?
—Sí. —Márgara está dispuesta a dejar atrás los once años de casada, una minucia en los noventa que cumple ese día—. ¿Te gustan los canarios? —pregunta.
—Mi mamá tiene uno, es muy sucio.
—¿Y tu papá se enoja?
—Él ni sale al patio.
—Me voy a regalar uno. ¿Me ayudarías a cuidarlo? —se abstiene de decir que es su cumpleaños.
—Claro, ¿dónde lo pondría?
—Aquí, cerca de la ventana.
Márgara imagina menos violentos los reclamos en casa de Luz que los ocurridos en su departamento. Además sus padres tuvieron hijos y ella, no. Son vidas distintas en épocas diferentes.