29. Hortensia
Hace frío. Menos mal, si estuviera caliente ya nos habríamos mordido como ratas. Por lo menos la Chayo me regaló estos calcetines y duermo con los dedos desentumidos. Creí que se me iban a gangrenar.
Ya me gustó el taller. Mis geranios de migajón van a todo dar. La jefa Vanesa me dio ochenta baros por los alcatraces, dijo que el domingo pasado se vendieron diez ramos. Igual me dejan ponerme en la esquina de un puesto y los vendo yo.
—Hortensia, me encantan las hojas, te salieron superrealistas.
—Gracias, maestra; a mí también me gustan. El verde quedó chido, ¿verdad?
—Sí. Voy a intentar conseguirte unas macetas de plástico. Ya sé que la cerámica no te interesa.
—Ya dijo, ¿eh? Igual me pagan mejor mis flores.
Me cae a toda madre la maestra. Ayudó a convencer a la jefa Vanesa. Entre ellas dos y mamá Lupe me echaron la mano en la venta.
¡Órale! Se están peleando cabrón en el patio. Van a pasar frío al rato que las manden a aislamiento; bajita la mano les ponen tres días de castigo. Imposible echarle la culpa al clima por la caldeada de ánimos. Hay unas recalientes que buscan pleito a todas horas.
—Mejor quédense aquí. Después pagan justos por pecadores.
Aunque la maestra le saca a los chingadazos, luego sí sale una embarrada.
Entiendo que se cobren las rencillas, pero a medio patio es pendejo.
Explotan como olla exprés que escupe frijoles, en lugar de ser inteligentes.
Tampoco estoy para dar lecciones después de joderla con el bastón de la Márgara.
De perdida en su casa supuestamente nadie se iba a dar cuenta. Aquí se entera el penal completo.
—Pásame el rosa de allá, porfa. ¡Ey, tú! Ya te apendejaste con la bronca de afuera. ¡¿Me das el rosa?!
—A ti te importa pura madre si una cae muerta, ¿verdad?
—Las guardias ya les están dando su estatequieto . Voy a terminar mis geranios antes del domingo a como dé lugar.
Me preocuparía si una de las madreadas fuera la Güera.
Por andarla siguiendo, me enteré de que se envalentonó y le contestó recio a las bravuconas del edificio C.
Según cuentan, se estaban burlando de una chava que moqueaba por las tragedias de no sé qué personaje.
Sí da risa que una presa desperdicie lágrimas en una historia inventada, pero los libros conmueven, me consta.
La salvó la Chimuela, y de paso la jodió.
Las manda más se van a cobrar. Ojalá no las agarren desprevenidas y les caigan varias juntas.
—Aprovechen los quince minutos que nos quedan.
Tiene razón la maestra. Yo he aprovechado todo el tiempo de la clase y acabé los geranios.
Me preocupa el desquite de las mandamás porque desde chamaca aprendí que en un pleito, sea como sea, el coraje crece según pasan los días.
La cabeza se queda dando vueltas como rehilete.
Por algo se parecen el cerebro y los intestinos: entre tanto doblez y recoveco se tardan en digerir lo que les cae encima.
—Hasta la otra semana, maestra. Se acuerda de mis macetas.
—Sí, Hortensia.
Voy a comprar una lata de atún y agarro tantita mostaza de la de Cintia. En la lata puedo guardar el baro. Rosa usa las tapas de cuchillo. Se pasan… no dejan que nos traigan latas y las venden en la recaudería.
Cada día me acuerdo más de la Güera y la Chimuela.
Las mandamás están rumiando el coraje. Una le ha de decir a otra: “Te dijo ignorante”.
No es que las haya oído, me las figuro. La otra contesta que la Güera se cree muy lista, pero verá de qué le van a servir tantos libros.
El mismo “ignorante” que les dio risa a medio pleito, por pendejo en comparación con las mentadas de ellas, las encabronó cuando se dieron cuenta de que las hacía menos.
Hablando del rey de Roma… ahí anda la Güera. Yo le veía cara de candidata a muertita y me salió con huevos. A ver si le alcanzan con las mandamás .
—Güera, ya sabes que te la juraron las del C, ¿verdad?
¡Oh! Se asustó otra vez. Me vuelve loca; se apendeja, se envalentona y vuelve a empezar.
—¡Espera, no te vayas! Eso dice Teresa. ¿Tú nos puedes ayudar?
—Ya bastante hago con prevenirte. ¿Teresa es la Chimuela?
—Sí.
—Pues ella sabe, pégatele en lugar de andar sola.
Pasó de “muertita” a “comadre”, hasta la aconsejé.
Tanto como para rifármela por ella, nel.
Mejor de lejos, después de una bronca todas acaban refundidas en el “apando” y es peor que el clóset donde me metía el borracho si mojaba la cama.
Me salía urticaria del miedo. Nada parecido a la vieja desabrida que se arrancaba el pelo por la comezón; a esa sí le urgía una ayudadita, lo pendejo le producía síntomas severos.
Parecía máscara de Halloween. Aguanté menos de una semana y me la despaché con las manos, sin ruido ni reguero de medicinas. Se llamaba Mercedes.
Así, “desabrida”, le decía el borracho a mi mamá.
De dónde le saldría ese odio si la casa estaba limpia y mi mamá era bo-nita.
Las ideas son necias y se repiten solas.
Yo sigo pensando en la Márgara y ella vino a verme.
Andamos las dos vuelta y vuelta en la cabeza.
A nadie le gusta quedarse con el último putazo del pleito, ni a los niños ni a los grandes.
Le voy a la Güera y a la Chimuela, aunque están en desventaja. Las mandamás son cabronas.
Ya veremos si la Chimuela tiene un as bajo la manga. Me gustaría saber por qué le agarró tanto cariño a la Güera. Le ha de ver cara de uno de sus hijos. La abandonaron peor que a mí mis hermanas y los vecinos.