28. Márgara
—Buenos días —desde la cama, Márgara responde el saludo de Luz.
—¿Lleva mucho despierta?
—Estaba nerviosa y me fui a leer un rato.
—Vi prendida la luz del comedor. ¿Y si se cae en la madrugada?
—Mejor en el comedor que en el baño, y diario me levanto a hacer pipí.
—Dejo mis cosas y regreso.
Luz sale de la habitación. A Márgara le pesan los párpados, los cierra con la certeza de que debe la somnolencia a la tranquilidad de sentirse acompañada.
Le ocurría lo mismo cuando era niña, mientras en su cama le costaba conciliar el sueño, en la de sus padres caía dormida en cuanto se acostaba entre ellos.
Se talla los ojos, es tarde para seguir en la cama.
Decide que si después del baño continúa amodorrada, tomará una siesta de hora y media.
Estira las piernas y los brazos con cuidado, mal le haría una dislocación a su esqueleto.
El canto del gorrión la anima a levantarse, le reclama el regodeo en sus pesares matrimoniales y la lleva a evocar las dos parejas de canarios que tuvo.
Tras la muerte de la última, renunció a adquirir otra mascota, por si en aquel departamento flotaba un maleficio: ninguno de sus habitantes salió ileso.
La primera pareja era amarilla, idéntica a las aves que ella pintaba en los platos de loza que planeó vender y terminó regalando.
Recuerda al pajarero en una silla infantil de madera con un báculo alto del que pendían las jaulas, con los cuerpos cubiertos de suaves plumas, los párpados diminutos, los picos veloces y las patas delgadísimas.
—¿Se siente mal? —pregunta Luz al verla en una posición poco cómoda.
—Andaba en mi cabeza, como siempre.
—Le ayudo a enderezarse; quedó entre sentada y acostada.
—Gracias.
—Le voy a traer un pan con miel, ¿quiere?
—Sí, mejor que huevo.
Márgara promete ponerse en pie después del pan y el té de azahar que Luz suele darle si asume que se siente desganada. Permanecer un rato entre las sábanas es un lujo. Durante su matrimonio, ni con el peor de los cólicos dejó de levantarse a preparar el desayuno de Gabriel.
—¡Qué rico! —dice cuando Luz deposita la bandeja sobre sus piernas.
—En lo que desayuna, aprovecho, le doy una pasadita a la casa y veo qué hace falta. Ah, déjeme la charola ahí, en la cama.
Cada bocado del bolillo con mantequilla y miel orgánica del Rancho San Cayetano conforta a Márgara. Es cliente fiel del tendero de Michoacán que la ofrece en su camioneta los martes. Según el vendedor, la miel mantequilla mejora el metabolismo, cura infecciones, es calmante y diurético.
Con la servilleta se limpia el dulzor de los labios tan opuesto a los remedios amargos que solía recomendarle su yerbera del mercado Lázaro Cárdenas.
La mujer, ataviada con una falda amplia, una blusa bordada y un rebozo púrpura, le vendía un preparado de manzanilla, jengibre y canela como desinflamante y analgésico.
Le ofrecía también un aceite de romero para frotar el vientre.
Jamás lo compró. Todavía pone en duda la eficacia de los ungüentos y en aquel tiempo daba por hecho que Gabriel detestaría el olor del romero.
Con cólico o sin él, hacía la compra diaria sin permitirse errores, especialmente en el puesto de la carne, donde devolvía cualquier trozo con nervadura.
Sin excepción salía dudosa y se cuestionaba si debió comprar papa en lugar de chayote o acelga en lugar de espinaca.
Se tranquilizaba picando la verdura con un esmero milimétrico, como si los cubos perfectos de zanahoria pudieran cambiar el sabor de la sopa.
Se chupa los dedos con desfachatez, jamás se habría atrevido en su juventud.
Sacude las migajas de sus mejillas, del pecho y de la manta.
Con el pulgar derecho entre los labios, se dice que la vejez tiene sus ventajas.
Si tuviera el tarro de miel al alcance, metería un dedo completo.
Si volviera a vivir… ¡No! , se responde.
No regresaría al pasado . Se sabe “de salida” y está conforme con eso.
La persiguen demasiados pasajes dignos de ser olvidados.
Busca el trino del gorrión. Hace un esfuerzo por silbar, emite un leve sonido, apenas audible y el ave responde como hacían sus canarios amarillos.
Murieron de un susto cuando un gato gris les brincó encima.
El felino saltó desde el balcón de la vecina y, aunque no consiguió sacarlos de las rejas, logró que el corazón de uno de ellos estallara inmediatamente; el otro apenas sobrevivió cuatro días más.
En ese entonces imaginó los estertores de los órganos diminutos y detestó al gato.
A Gabriel le indignó semejante asalto a su propiedad y, con tal de evitar otro evento, ordenó que se tirara la jaula a la basura.
Ella la guardó como recuerdo en la parte superior de la alacena, dentro de una caja de cartón, y en los siguientes días colocó una alambrada en la colindancia de los balcones.
Jamás planeó desobedecer a Gabriel ni comprar otros canarios.
Ellos se aparecieron a los diez meses del ataque del gato.
El mismo pajarero la vio entrar al mercado y le ofreció una hembra con tintes naranjas y pico amarillo yema.
En un abrir y cerrar de ojos la adquirió.
Se la pusieron en una bolsa de estraza a la que le hicieron unas perforaciones y ella partió sintiendo sus saltos en la palma de la mano.
Esa noche decidió que, si no iba a tener hijos, al menos iba a criar pájaros.
Al día siguiente volvió a pedir la pareja, un macho de plumaje azul.
En retrospectiva, se juzga temeraria, o las aves le despertaron el instinto defensor de la justicia. Traga saliva. Tal vez solo deseaba compartir su desventura. Nunca vio como sacrificio asearlos ni alimentarlos, de igual modo habría cambiado pañales y preparado biberones.
—Le gustó el pan —afirma Luz al ver el plato limpio—. ¿Ya se anima a darse un baño?
—Eso había pensado, pero me estoy acordando de unos pajaritos que tuve.
—Afuera hay sol. ¿Por qué no vamos al parque? Ya lleva días encerrada con los libros.
—Es buena idea. Dame un ratito más.
—Regreso en veinte minutos. —Luz sale de la recámara.
Márgara, con toda intención, vuelve a evocar a Catalina, así nombró a la hembra color naranja, y a Simón, el del plumaje azul.
Le puso ese nombre porque sin cesar movía la cabeza afirmando, como si estuviera de acuerdo con cuanto ocurría.
Ella lo consideró un marido ejemplar, solícito, guapo y cantarín.
Catalina era la melindrosa; sin pudor picoteaba la cabeza de Simón para ahuyentarlo del palo superior de la jaula o del alpiste.
El gorrión se posa en una rama de la jacaranda.
Márgara se siente llamada a saludarlo, se despereza y, para cuando sale de la cama, el pájaro ya voló.
Se queda frente a la ventana, un tosido insistente encorva su pecho hasta que logra escupir la mucosidad en un pañuelo desechable.
Sabe que es la consecuencia de pasar horas recostada, sin mover el cuerpo, viendo sus días sucederse en un carrusel de diapositivas.
Culpa a su encuentro con la muerte. Fue Hortensia quien despertó los episodios violentos con sus cicatrices, las inquietudes irresueltas, en especial las concernientes al balcón de su antiguo departamento: Gabriel subió al banco con la intención de descolgar la jaula.
Catalina y Simón elevaron las alas, piaron, pegaban contra los barrotes sin comprender que debían el zarandeo al alpiste servido antes que el desayuno de un hombre.
Después todo ocurrió demasiado deprisa.
Entre súplicas y rezos por la vida de los canarios, se acerca, desea que Gabriel caiga, jala la espalda de su camisa.
Oye un “¡Ah!”, el choque del banco sobre la loseta.
Se asoma por la barandilla. La jaula yace deforme; los cuerpos emplumados, maltrechos.
Gabriel está tendido a menos de dos metros, bajo su cabeza corre sangre. Ella es incapaz de moverse.
Dirige la mirada a la Virgen de Covadonga. Se persigna.
—Luz, por favor tráeme el libro de Psicopatología clínica .
Camina hasta el pasillo sin el bastón. Desea hacerse escuchar.
—¿Cuál?
—Tiene la portada azul con unos cuadros de flores.
—Aquí está. ¿Y su bastón?
—Ni me acordé de él. Ya me quedo en el comedor.
—Primero se pone la bata —ordena Luz sin concesiones.
Sentada en la silla, frente al libro lee “Adaptado al DSM-5”.
Busca el índice, localiza la página en la que comienza el capítulo “Trastornos del control de impulsos”.
Hace dos días leyó las primeras hojas y la existencia de desconexiones neuronales en la corteza frontal llamó su atención.
Pretende entender si la rabia crece como la marea en luna llena.
Lee con avidez y, al mismo tiempo, con miedo de descubrir que su difunto marido pertenece a la categoría de “enfermo” más que a la de “malvado”.
Le aterra convertir su resentimiento en lástima.
Hace una pausa. Vuelve al índice, se debate entre leer “Trastornos relacionados con las adicciones” o “Trastornos bipolares”.
—Luz, ven, por favor.
—¿Qué pasó?
—Me estoy ahogando.
—¿Llamo al doctor?
—No, abrázame —pide Márgara con un vacío tan grande como la distancia del balcón a la calle.