27. Hortensia
Va la quinta trapeada en esta estancia y apenas el agua sale menos puerca.
Le voy a preguntar a mamá Lupe si puedo cobrar más cuando los pisos están así de sucios.
Las ricas tienen fama de ordenadas y es mentira; lo bueno es que tienen baro, lo malo, que salen rápido.
Dicen que pronto mandan a su casa a la Chayo y entonces me quedo sin chamba. Ah, pero con su edredón.
De plano se lo voy a pedir. Me ahorro la partida de madre con las hienas que ya la andan merodeando.
Cómo no van a ir tras sus cosas si se viste igual que las santurronas que vinieron el otro día con el padrecito.
Todavía hablan de ellas, son el muestrario de lo que aquí nadie tiene.
Ninguna reclusa, ni en sueños, ni siquiera afuera, podría vestirse como las viejas que vinieron, y eso que según ellas se disfrazan con sus peores trapos.
Da lo mismo, sus blusas brillan y los pantalones casi traen colgada la etiqueta.
Una vez, me tocó cuidar a la mamá de una señora igual de riquilla que la Chayo.
Luego supe que no iba a ser una de mis muertitas, tenía demasiada familia, demasiadas influencias.
Me aguanté un rato, la casa parecía de artista de telenovela: tenía un clóset del tamaño de una recámara y un ejército de servicio.
A la señora le quedaba el día entero para aburrirse, se desentendía hasta de limarse las uñas, iba la manicurista a ponerle uñas de acrílico.
Fácil se tardaba tres horas en volverla más inútil, con las uñas postizas no conseguía abrir ni la cartera.
Lo único que le servía bien era el dedo con el que mandaba.
La Chayo debería invitarme un manicure después del quehacer.
Mis uñas están pellejudas de tanto exprimir el trapo.
La verdad nunca fui de ir al salón de belleza.
Es mucha pérdida de tiempo. Se pasan horas con las manos y los pies en agua.
El tinte me lo ponía yo sola en mi casa.
El maquillaje sí me gusta, sobre todo el rímel negro.
Nada de azul. Prefiero unas pestañas postizas a uñas estorbosas.
También podría quedarme con este arsenal de rubores, sombras y labiales.
Rosa y Cintia estarían felices con tantos colores.
En lugar de distraerme, mejor me apuro y luego busco otra vez a la Güera. Ella llegó con las uñas pintadas y ya las trae jodidas; digo, las mías están peor desde que pasé de cuidadora a la intendencia.
Ya casi acabo, solo lavo la sarteneta. Todavía huele a carne. De plano hay clases sociales en todas partes.
A la vieja de la casa de telenovela se le acababa el reinado cuando aparecía el marido.
Pasaba de mandar a obedecer. “Lo que quieras, cielo, ¿más caliente? ¿Prefieres otra cosa, mi cielo?”.
Y al día siguiente se desquitaba con el jardinero o la cocinera.
Los regañaba por los rosales o el guiso, como si ella supiera podar o tuviera buen sazón.
Las que vinieron con el padre también han de vivir en casotas.
Vienen por puro tedio. Yo también visitaría huérfanos si mi única ocupación fuera sonreírle a un hombre sin importar si estoy de buenas o de malas.
Por lo menos mi mamá se entretenía cocinando o pegando botones.
A cambio le tocaban reclamos, pero, por lo menos, por haber hecho, no por haberlo mandado a hacer.
Esta almohada sí está pachona. ¡La quiero! La Chayo me amenazó desde el primer día con que tiene todo contado. Por eso nadie entra mientras yo trabajo. A mí no me cargan muertos ajenos; el apando es muy jodido y la justicia vale madres.
Para emparejar el mundo, Dios tendría que hacerse mujer. Es abuso que el más poderoso del universo sea machín. Por eso primero Adán y luego Eva. La regada fue desde el principio, ya ni remedio, ningún macho quiere bajarse del primer puesto.
¡Listo, ya acabé! Me estoy volviendo profesional.
¿Y si hago videos de cómo combinar vinagre con jabón Roma?
Capaz me hago famosa. ¿De dónde saco un teléfono?
Estoy alucinando. Además me van a ver cara de pozolera y me cuelgan más muertas con el pretexto de que las desaparecí.
A la Juana le colgaron un chingo de muertas.
Dicen que mamá Lupe sí la hizo de pozolera.
Hablando del rey de Roma y se asoma…
—Lupe, ya soy una chingona de la limpieza.
—Me da gusto, Tencha. ¿A dónde vas?
—A checar el túnel; ya busqué en el patio, abajo del caracol y ni rastro de la Güera.
—¿Comemos en la recaudería?
—Ey, te veo allá. Hoy sí me alcanza el baro.
Con lo que me paga la Chayo me salvo de comer diario en el “rancho”.
Además, la jefa Vanesa me dejó vender ramitos de migajón los domingos.
Se los voy a dar para que los ponga en uno de los puestos.
El baro es lo único que da poder, por eso la diosa no tendría hijos y menos se quedaría a cuidarlos.
Yo lo aprendí clarito, pude mandar al borracho a la chingada hasta que me gané mis centavos.
Si mi mamá hubiera sido la dueña del baro, mi papá nunca la hubiera pendejeado.
Ni modo que le dijera: “A ver, pendeja, dame dinero para mis chelas”.
En serio debería existir una diosa. Ni aunque se apareciera en un cerro con pechos grandes la aceptarían. De seguro la tachan de demonio. Me estoy imaginando pura pendejada.
Tampoco anda la Güera en el túnel. Ya le gustó el juego del gato y el ratón. Ella es de las que ven pasar los días, esperan morirse y llegar a un mundo menos jodido. Igual se la cumplo. No le garantizo que esté más chido el cielo con el jefe de jefes machín. Mejor la nada. Ahí nadie chinga a nadie.
Ya me dio hambre, se me hace agua a la boca el chile.
—Pues no encontré a la Güera.
—Déjala, Tencha.
—Para mí, una de camarón con salsa Valentina, por favor.
—Son cuarenta.
—Aquí están. Me la voy a comer despacito.
—Tencha, hasta lástima das, pareces perro con un hueso.
—Oye, Lupe, ya me andas recordando a mis hermanas.
Me voy a asomar a ver si la Güera está comiendo, de paso le pido migajón a la del “rancho”.
Llevo tanto tiempo comiendo sus chingaderas, que me junta el que puede.
El problema son los ingredientes, hace milagros.
Estoy pensando que si Dios fuera mujer… mis muertitas serían muertos porque los dejados serían ellos.