El eco de mis muertes 26. Márgara
69%

26. Márgara

Despierta con la lengua pegada al paladar, sin poder carraspear ni emitir palabra hasta que una serie de tosidos secos alivia la sensación de ahogo.

A pesar de que el doctor la responsabilizaría por hidratarse poco, ella atribuye el sinsabor a la pesadilla que tuvo: se le acercó un brazo con camisa blanca, puño almidonado y mancuernilla de plata.

La mano se apoderó de su codo, lo tornó lívido y lo condujo al baño seguido de su cuerpo, de su dolor, de su silencio.

Entonces reconoció los dedos largos de Gabriel, oyó el reclamo.

“¿Quieres que me seque con un calcetín apestoso?”.

Y sintió la toalla caer sobre su rostro.

Ninguna duda tiene: el sueño provino de las sacudidas y el golpe contra el toallero que enfrentó en uno de sus encuentros con la violencia.

Aborrece soñar aquella vejación, tanto como haber aceptado después un ramo de rosas rojas sin nota alguna. Quiere prender la lámpara del buró, girar la pequeña perilla le lastima las yemas del índice y el pulgar, le punzan igual que el brazo amoratado hace sesenta y dos años.

La lengua se le pega a los dientes, alcanza el vaso de agua, toma tres sorbos seguidos, y decide levantarse de la cama e ir al comedor a continuar la lectura del ejemplar de Trastornos de personalidad. Los recuerdos nocturnos son los peores y piensa separarse de ellos.

Enciende el candil, recarga el bastón en la mesa, se acomoda en la silla de la cabecera, frente a los libros y el cuadernillo de notas. Busca el tercer capítulo. Si la memoria no la traiciona, es el dedicado a los trastornos narcisistas e histriónicos.

Con el dedo índice derecho sigue la lectura hasta toparse con la idea de una personalidad cambiante.

Así era Gabriel: sensato a ratos; después, violento.

El mismo que la invitaba a un paseo por Xochimilco, al día siguiente la empujaba contra el toallero.

Ella sueña solo con las ocasiones lastimosas.

De nuevo lamenta no haber leído sobre narcisismo en su juventud.

En ese entonces, lejos de interesarse en entender a su marido, deseaba olvidarlo con lecturas amenas que la llevaran a lugares lejanos, como hizo El camino, de Miguel Delibes, mediante parajes campiranos, travesuras, un aborto, un suicidio y muertes ocurridas en España.

Comienza a clarear, los trinos largos, armoniosos, son los de las otras mañanas.

Sin pensarlo dos veces, cambia los libros por las acrobacias del gorrión entre las ramas.

Por extraño que parezca, le ofrece la certidumbre que desvanecía el paso de un Gabriel a otro.

Recarga la frente en el vidrio. Los malos momentos deben haber sido menos que los neutros , acepta; sin embargo, si intenta reconstruir una tarde cualquiera, siente preocupación.

Ya viene, cómo viene, que no pase por el bar ni sus amigos le inviten una ginebra; se recuerda alerta ante las miradas oscas, los pasos contundentes, el saludo descuidado.

Tiene la seguridad de que lo más agotador que ha hecho en su vida es leer a su marido cada segundo.

Despacio, con desgano, va al baño. El excusado es alto, lo mismo que el lavabo; ha invertido en todos los aditamentos capaces de aumentar su independencia.

Regresa a la cama, a calentarse los huesos, mete las manos bajo las mantas y le reprocha a Gabriel su incapacidad para atenderse con un psiquiatra.

Enseguida acepta que ella también pudo buscar la ayuda necesaria para desgajar el círculo vicioso. El dinero era un impedimento. Se arropa con las mantas sin saber si sus últimas lecturas le hacen bien o si la llevan a sobrepensar más de lo que ya lo hacía.

La letra con sangre entra , resuena en su cabeza.

Oyó a Gabriel decirlo al referirse a un ayudante de la oficina.

Habría sido su máxima para educar al hijo que ella evitó.

Lo imagina acuclillado, escondiéndose del padre.

Contiene las lágrimas al fantasear con unos rizos dorados como los de Ignacio, con un par de hoyuelos, sin ningún rasgo de Gabriel.

Su chiquillo imaginario arrastra por el piso un camión de plástico verde, lo detiene frente a un puñado de soldaditos, jala su falda, le pide que toque la pandereta antes de romper la formación.

Se ilusiona con la posibilidad de haberlo llamado Ignacio, con la de ser abuela.

Sacude la cabeza, demasiada ensoñación. Gabriel habría insistido en nombrar al pequeño como él.

Evita imaginar las visitas de un hombre semejante a su marido, dolido por la misma educación rancia.

—Buenos días —dice Luz desde el pasillo al ver el candil iluminado y notar que las cortinas de la recámara ya están abiertas.