El eco de mis muertes 25. Hortensia
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25. Hortensia

—¡Tencha! ¡Qué raro encontrarte acá abajo! Siempre te sacamos a jalones de la estancia.

—Ando buscando a la Güera de los libros. ¿La has visto?

—No, ¿ya te asomaste abajo del caracol? Cuando hay sol, se junta ahí.

—Voy a ver. ¿O te estás confundiendo con la del salón?

—¿La Lety? Ella ya se quitó lo güera, se tiñó de negro, y todos los días tiene chamba. Deberías ir, Tencha, traes el pelo refeo.

—Te pasas, Rosita.

—¿A poco digo mentiras?

—Si estoy a puro “rancho”, ¿cómo quieres que me alcance para el salón?

—Mamá Lupe ya te había conseguido chamba en las estancias del edificio A, ahí están las ricas.

—A eso voy. Solo quiero ver primero a la Güera.

Pinche Rosa, le baja el ánimo a cualquiera.

De por sí, aquí una se deprime. Me sentía bonita cuando estudiaba enfermería en el Siglo XXI, hasta me ponía los pantalones apretados.

Ni entonces me sirvió alaciarme el pelo y comprar el rímel azul chingame-la-pupila que se usaba.

A lo mejor fue justo por ese color que Román me dejó plantada.

Es que cuando una anda ilusionada es fácil hacer el ridículo.

Para muestra, la Güera. En lugar de rímel azul, usó tinta en los papeles que firmó, y pagó más caro que con un abandono.

Por el caracol, ni rastro suyo. Voy al salón, quién quita y me tiñen si lavo pelos o les hago la limpieza.

Las pinturas del caracol le dan color al patio.

Me gusta el naranja para teñirme. Estaría chido que pudiéramos dibujar en más paredes, aunque sea con gises.

La única vez que me dio por el arte fue cuando entré al concurso El Niño y la Mar.

Mejor veo si me dan oportunidad de construir un insectario chingón; se necesitan repisas, frascos.

Esos no, por el vidrio. Tópers o vasitos de yogur.

Y si me preguntaran para qué, les contestaría que es un entretenimiento, igual a las manualidades, y enseña más.

Estaría divertido. A una palomilla le podríamos poner “Blanca”, por la Güera; a una mariposa, “Lety” por la del salón de belleza; a dos viudas negras, “Rosa” y “Cintia” porque el último viejo que se creyó Latin Lover a los noventa se infartó del susto en pleno secuestro.

Las trajeron por culpa del muerto rabo verde.

¡El salón de belleza está mejor que los de Tepalcates! Paredes de azulejo, sillas, lavabos, la mesa del manicure.

—Hola.

—Hola, soy Hortensia. Vengo a preguntar cuánto cuesta el tinte.

—Ciento cincuenta.

—¡Madres! ¿Y se puede trabajar aquí?

—Sin “generar”. Lo que sí puedes conseguir es tu certificado del CECATI.

—¿Qué es eso?

—Para la reinserción.

—No me hace falta; ni volviéndome monja me sacan de aquí.

Valí madres, mejor regreso a trapear estancias en el A. Puro trabajar, igualito que cuando el borracho salió con que los gastos del Siglo XXI eran mi responsabilidad.

¿Quiénes son esas viejas que están bajando por el caracol?

Es la primera vez que las veo. ¡Vienen con el padrecito!

Me ve y me quiere confesar. Cree que me va a convencer de ir al retiro del próximo mes.

Nel, de lo único que me arrepiento es de haberme apendejado y, aunque me hiciera la mustia, san Pedro no me va a abrir la puerta del cielo, ni el director me va a abrir las del penal.

El padre cree que es fácil regresar a lo que una era antes de torcerse, o de encontrarse, según se mire. Mejor corro.

—¿A qué vendrán, Rosita?

—Es una plática, creo.

—Paso. Me toca limpiar.

—Yo voy a ver qué onda.

Nada deshace lo que ya se hizo. Mis muertas ni con un milagro se desahorcan, y la palabra “perdón” es pura letra.

¿O creen que un “mire, compadre, qué linda está mi hija”, desaparece los “marrana”, los “meona”?

Al borracho le daba por presumirnos como si nos quisiera.

¡Claro, hay que guardar las apariencias!

“Shhh, la ropa sucia se lava en casa ”, decía mi mamá.

¡Qué dicho tan pendejo! En todas las casas hay montones de trapos mugrosos, hasta en las de las viejas rezanderas.

¡Qué saben ellas de nosotras! Si vienen un rato con olor a perfume fino y van a llegar a bañarse a sus casas, por si se les subió un piojo.

Ninguna virgen, aunque tenga corona de reina como la de la Márgara, es capaz de cambiar algo. Esa menos, esa me chingó.

Voy a buscar a mamá Lupe para que me confirme las estancias donde voy a limpiar. Yo quería empezar desde la semana pasada, pero los permisos se tardan mucho.

Parece que la Güera también se escondió del padrecito. Y es que habla como si no supiera que Dios hizo al borracho y a mi mamá, luego los juntó y los puso a cuidar a tres niñas.

Otra vez para arriba.

—Hola, soy Hortensia. Me mandó Lupe Alcántara a echarles la mano.

—Pásale. Esto está desordenado, pero bien contado. ¿Fui clara?

—Ni que fuera ratera.

¡Vieja culera! Si quiero algo se lo bajo a putazos sin esperarme a las horas de la fajina. En comparación mi estancia parece quirófano. Aquí hasta las chanclas están aventadas. ¿Qué no le toca inspección? Ni modo, a darle.

Mucha lámpara de buró, sarteneta, cortinas, cobija gruesa y hasta colcha, pero el piso, renegrido. San Judas y san Charbel en su altar. Esta vieja sabe bien que las causas desesperadas se arreglan con baro.

—Oigan, háganme a mí el milagrito entre los dos. Ya no pido salir. Me conformo con un trabajo que me deje comer decentemente, sin limosnear. Ya he pensado en ser lo que soy, enfermera. Me da miedo decirle a la jefa Vanesa, por si cree que me quiero ejecutar a alguien.

—¿Qué haces ahí parada?

—Viendo a los santos. Sí son milagrosos, ¿verdad?

—Todavía no tiran los muros.

—Entonces son balines.

—Tampoco. Un poco de respeto.