El eco de mis muertes 24. Márgara
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24. Márgara

Desde que fue de compras a la librería, Márgara se levanta de la cama sin hacer caso a las súplicas de sus huesos adoloridos.

Ha adquirido la costumbre de ducharse cuando Luz merodea por el cuarto, lo único que adelanta es la elección de la ropa.

Para esa mañana, deposita sobre la cama un vestido azul pálido con lunares blancos, en el suelo deja el par de zapatos de tela cruda.

Enseguida se pone la bata y, con el bastón, se dirige al comedor.

Se sienta en la cabecera, se coloca los lentes y toma el primero de los tres libros apilados sobre la mesa.

Lleva toda la semana enfrascada en ese ejemplar, Teorías de la Personalidad, de editorial Pearson.

Sigue llamándole la atención la portada: el rostro de una mujer fragmentado en cuadros superpuestos.

Se pregunta por qué una mujer y no un hombre.

Entre las posibles respuestas elige la discriminatoria histeria o la creencia de que la mente femenina es más complicada.

Retoma la lectura que suspendió la tarde anterior y se olvida del paso del tiempo hasta que la interrumpe la voz jovial de Luz.

—¡Buenos días! Le voy a traer su desayuno.

—¿Con un poquito de café?

—Sí, para que siga leyendo.

—¿Qué hora es? —Márgara se quita los lentes.

—Las nueve y media. ¿A poco no se cansa?

—Serán mis años o la dificultad del libro, pero hay párrafos que tengo que leer hasta tres veces. —Márgara mantiene el dedo sobre un renglón—. Es más, préstame la libreta de la cocina y la pluma, quiero hacer algunos apuntes.

—Se las traigo de una vez.

—Gracias. —Recibe un cuaderno Scribe de espiral y la pluma amarilla con tinta negra.

Pasa las primeras hojas llenas de recetas culinarias, encuentra su escrito del día en que recordó Doce cuentos peregrinos .

“Peregrinos somos todos. Vamos de paso, nos transformamos”, lee y asiente.

Está de acuerdo con ella misma. La siguiente hoja permanece en blanco.

En la parte superior escribe su nombre, lo subraya y debajo anota “introvertida”.

Tiene la seguridad de serlo. Levanta la pluma, todavía duda a qué tipo de intraversión pertenece; repasa las opciones, descarta el sentimental.

Sabe que su mejor amigo fue Ignacio y que las únicas otras personas con las que entabló amistad fueron Gloria, Ali y Ema.

A las dos primeras dejó de verlas al año de casada; con Ema tomaba café después de la catequesis en una cafetería de paredes rosadas.

Todavía puede verla sostener la taza con ambas manos mientras le anunciaba su partida a Pachuca.

El marido insistía en que los cuatro hijos crecerían más sanos en provincia y ella estaba de acuerdo.

Aquella tarde juraron escribirse y salvar de la distancia el gusto por conversar.

Ema guardó su dirección; sin embargo, jamás recibió una carta suya.

La imagina rodeada de nietos, de algún bisnieto en la celebración de un cumpleaños, comiendo picatostes.

No , se dice, los panes típicos de Pachuca son los pastes .

Desea que Ema siga viva, era más joven que ella y, sin duda, extrovertida.

Apoya la punta de la pluma al lado de la palabra “introvertida”.

Se pregunta si debe anteceder a “intuitiva”, a “sensorial” o a “pensante”.

Escribe “pensante”. El instinto y los sentidos le fallaron con Gabriel y con Hortensia.

Asiente al visualizarse absorta en sus elucubraciones a cualquier hora del día.

Se convence de que es “introvertida-pensante”.

Deja la pluma, frota las palmas despacio. Al lado del libro abierto, Luz deposita la charola con un huevo revuelto, una rebanada de pan tostado y media taza de café. Sonríe al oír un agradecimiento y la promesa de dejar la bebida al final.

—¡Conste! —con un guiño regresa a la cocina.

Márgara trocea el pan, con el tenedor toma un bocado y vuelve a la lectura. Cuando mira el plato, lo descubre vacío. Se asombra, el huevo dista de ser su alimento preferido. Por habérselo acabado se librará del reclamo de Luz y del licuado de proteínas.

Sus anotaciones llevan buen camino, pese a que los constructos del superyó , el ello y el yo la obligan a retroceder a Freud.

Dibuja un rectángulo en el cuaderno y dentro anota, como recordatorio, los tres conceptos con sus resumidas explicaciones.

Al lado de “superyó” escribe “deber ser”; junto a “ello”, “instinto”; y frente a, “yo”, “enseñanzas”.

Le apena llegar a ese aprendizaje tan tarde. Incluso se pregunta si esos conocimientos pudieron haberla librado de un mal matrimonio. Niega, de cualquier forma se habría casado. Estaba enamorada. De buen ánimo da el primer sorbo al café, disfruta el aroma, el vapor en su nariz y el sabor amargo.

Tiene la seguridad de que Gabriel vivía desde el ello , desde ahí la llamó “niña caprichosa” por elegir una tela; “tonta y despilfarradora” por comprar unos canarios; “tonta sin remedio” más veces de las que pudo contar.

Desde ese ello , que jamás había oído antes, la empujó, la despreció cuando abortó, la dejó sola el día que tuvieron que coserle el tobillo.

Con la mano derecha cubre el asombro de sus labios ante la visión de Gabriel como un niño miedoso, necesitado de cariño y dispuesto a defenderse a golpes.

La enoja comprenderlo, a ella nadie le ofreció entendimiento y, a fin de cuentas, corrió peligro ante el enfurecido metro ochenta y dos de estatura.

En la hoja siguiente del cuaderno, bajo el nombre “Gabriel”, apunta “extrovertido”. Relee los tipos de extraversión y pronto escribe “pensamiento”. Queda conforme. La descripción señala que las personas de pensamiento-extravertido son de ideas fijas e intentan imponer su visión.

Mira el reloj de pared, es la una veintitrés. Jamás se ha bañado tan tarde, pero la mente la mantiene pegada a la silla del comedor. Se concede media hora más.

En una tercera hoja escribe “Hortensia” y a renglón seguido “introvertida”.

Rítmicamente golpea el libro abierto con la pluma, como si contara los segundos.

Se debate entre los tipos de intraversión.

Lee uno, otro, otro. Cuando se da cuenta, ya es la una cincuenta y cinco.

Le parece inconcebible pararse sin terminar.

Anota “intuitivo” con la convicción de que Hortensia vive imaginando sus próximos crímenes al vaivén de las emociones.

Se le ocurre consultar con un profesional, quizá podría buscar al psicólogo del programa televisivo.

Cierra el libro y el cuaderno, toma el bastón y, tan alto como puede, avisa a Luz que va a darse un baño.

—La alcanzo en su cuarto. —Oye a sus espaldas.

En la recámara la recibe el canto de su gorrión.

Lo considera suyo, pues la visita cada mañana desde hace tres meses.

Intenta localizarlo entre las ramas de la jacaranda.

La ventana se ha convertido en una caja de música, ella descorre las cortinas y el pájaro canta dando saltos de la jacaranda a la buganvilia.

Desea un canario, quiere mimarlo con gotas de agua endulzadas con azúcar morena.

En tanto se oye el chorro de la ducha, Luz sacude entre los medicamentos y los recuerdos, pasa la aspiradora, la apaga a intervalos por si identifica un llamado.

Acomoda los cojines decorativos sobre la colcha cuando Márgara abre la puerta y sale con el fondo ya puesto y el vestido atorado en el cuello.

—La ayudo. ¿Por qué no me espera? ¿Qué tal que se cae?

—Por lo menos me encuentras tú. ¡Y me vistes, por piedad!

Una vez calzada, regresa a la ventana, se acomoda el escote y, en un segundo, la tonalidad fucsia de la buganvilia la transporta a Acapulco, al viaje que hizo con Ignacio cuando el cáncer estaba a punto de acabar con él y el frío de la ciudad le martirizaba el cuerpo.

Una amiga de su madre, ya muerta en ese entonces, les prestó su casa con una amplia terraza frente al mar.

Aquel último día del año quedó grabado en su memoria: en el desayuno, los rayos de sol resaltaban el morado de las flores, el amarillo de los pistilos y el verde de las hojas; al mediodía, el azul profundo del mar y el dorado de la arena brillaban con destellos iridiscentes.

Apenas comieron unos trozos de manzana y dátil antes de dormir una siesta, querían estar despiertos durante la puesta de sol y a medianoche.

Al atardecer, el cielo adquirió una tintura anaranjada, casi roja, envolvió las horas como el mejor regalo de despedida.

Tan pronto como dieron las doce, estallaron los fuegos artificiales y ella deseó que cada fulgor fuera un hada capaz de devolver la salud a Ignacio.

Lo abrazó y supo que lo único que podía hacer era apresar ese instante.

Le apretó la mano, pegó su rostro al de él y los ojos se le llenaron de lágrimas ante el temor de rozar esa misma mejilla fría.

Pidió que las doce campanadas fueran eternas.

Nada dura por siempre , reconoce con los ojos en la buganvilia fucsia.

Todo cambia , se repite al recordar el arbusto pequeño que era cuando ella se mudó al edificio.

En comparación, le resulta evidente que los años han consumido su cuerpo mientras la planta se ha vuelto exuberante.

Se toca un mechón ondulado y delgadísimo, y acepta que la enredadera no pierde las flores para siempre, como ella el pelo.

Se mira las manos, las hojas del arbusto tampoco se enroscan igual que sus dedos con artrosis.

De pronto se le ocurre que una plaga sí generaría el mismo deterioro en la buganvilia y se figura a Gabriel como la peste de la que ella debió huir después del accidente del florero, antes del primer golpe.

Ve en su reflejo las arrugas que rodean los labios, le parecen demasiadas para lo poco que abrió la boca.

Se aparta de la ventana, va en busca de un collar.

Del alhajero saca dos. Ninguno es suficiente adorno para desvanecer la pesadumbre del recuerdo: Gabriel llegó tarde, con el portafolio en la mano, tan peinado como siempre y con aliento a ginebra; ella, acostumbrada a asociar el alcohol a los festejos, pensó que su esposo venía de pasar un rato alegre con sus amigos y ni por un segundo imaginó que recibirlo en camisón fuera un acto inadmisible, causa del empujón que ni por un segundo vio venir.

De ese incidente sacó un moretón, un corte ocasionado por la esquina de la mesa y un pasmo que la dejó en el suelo, mirando a un extraño dar un portazo.

Permaneció sentada, sobándose y limpiándose las lágrimas.

Cuando al fin se levantó, prefirió acostarse en el sillón de la sala.

El silencio le indicaba que Gabriel dormía, y la posibilidad de salir corriendo cruzó por su mente.

Inmóvil, con la mirada en la puerta, repasó sus opciones.

Su madre carecía de buena posición para recibirla o mantenerla, ya bastante había trabajado tras la muerte de su marido.

Temió que nadie le diera trabajo por su poca preparación.

No era justo convertirse en una carga para Ignacio.

No volverá a ocurrir , se dijo sin lograr conciliar el sueño.

Se repitió lo mismo a la mañana siguiente cuando Gabriel apareció risueño a desayunar y le acarició la mejilla como si nada hubiera sucedido.

Con la poca fuerza de sus dedos, aprieta los collares en el puño.

Le punza el brazo por el recuerdo del rasguño, le escuece la garganta por tanto disimulo.

Guarda el collar de turmalinas azules, sostiene el de perlas.

De súbito, siente que cada una de las cuentas corresponde a un agravio que jamás debió tolerar.

Se mira frente al espejo. En un impulso, jala el collar, el hilo se segmenta y las perlas resbalan hasta el piso.

En los puños contiene unas cuantas, testigos de que aun rompiendo con el pasado, quedan los errores como vestigios.