El eco de mis muertes 23. Hortensia
62%

23. Hortensia

Jodido encierro. Imposible dormir y ni cómo salir a dar la vuelta o tomar un vaso de leche tibia.

Esto me pasa por presumir una cosa y hacer otra; digo que los hombres son descuidados y todo el día me da vueltas mi pendejada.

A estas horas la litera parece más dura y la única verdad es que me voy a morir encerrada sin un colchón, aunque sea meado.

La noche es cabrona, me clava al cemento en los hombros y órale, a oír roncar a mamá Lupe, hasta le gana a los ruidos del edificio.

A veces suenan a fantasmas encadenados, luego a fugas de agua, a crujidos de temblor.

Mejor pienso en otra cosa, me estoy echando la sal.

¿Cómo se sentirá un temblor aquí? Qué tal que se caen los edificios y nos toca pena de muerte a todas.

En Tepalcates nos tocaron temblores leves, me valían madres, mi preocupación siempre fue mojar la cama y tener que salir al patio a tallar las sábanas.

A lo que nunca me atreví fue a ir a una pijamada.

Con las burlas de mis hermanas ni pedí permiso.

“Jamás se va a casar por meona, moja los calzones peor que un bebé”, gritaban las pendejas, muertas de risa.

¡No era a propósito! El borracho me daba cinturonazos sin pensar que era lo mismo que pegarle a alguien por estornudar, por toser, por menstruar, por lo que el cuerpo hace solo.

Nunca se le ocurrió llevarme al doctor ni preguntar.

Cualquiera le hubiera dicho que, a veces, los esfínteres tardan en madurar.

“¿Cuántos años crees que tienes? Te voy a poner pañales y así te voy a sacar a la calle para que la gente vea que eres un animal. Ni los perros se hacen donde duermen. Te vas a acostar encima de un periódico”, me gritaba.

Por suerte, me dejó de pasar, acá sería el hazmerreír del edificio y de todo el penal.

El que acabó con pañales, acostado encima de un pellejo de borrego fue el borracho; al final se meaba y se hacía de todo.

A nadie le corría prisa por ir a limpiarlo.

Se dio cuenta de que el cuerpo no pide permiso y menos cuando una está dormida.

Bien que lo sé, me pasó a mí, y a los enfermos les gana a cada rato.

A veces se antoja soltar un madrazo o dejar ahí el batidillo.

Es distinto, yo arreglaba el desarreglo y al borracho había que bañarlo.

Mi mamá, que se encogía cuando de chamaca me agarraban a cuerazos, después me dejaba a su marido apestoso.

Ya ha de estar a punto de sonar el candadazo.

¿Hay más luz o solo me urge que amanezca?

Voy a andar cansada y mamá Lupe me va a chingar con que limpie las tres estancias que me consiguió.

De nada sirve quejarse. En mi casa, los reclamos empeoraban el día más jodido y hacían que los ojos del borracho se volvieran gaviotas y se dejaran venir en picada a la cabeza.

Nada más quedaba correr de la hebilla del cinturón y de los shhh de mi mamá.

“Shhh, calladita. Shhh, mejor no digas nada en la escuela”.

Según el reloj de Rosa, ya son las cinco y cuarenta.

Sí está clareando, por eso se siente tanto frío.

De nada sirve hacerse bola como cuando era chica y las rodillas me alcanzaban hasta la barba.

Me gustaba enroscarme, aunque quería ser abeja, tener veneno, volar alto y lejos.

Es más fácil darle un pisotón a un insecto que matarlo en el aire.

Un día agarré un pájaro gris, medio cojo y con las plumas despeinadas. Fue un domingo, el borracho cantaba:

A mis dieciséis

anhelaba tanto un amor que no llegó,

siempre lo esperé.

Me dio por arrancarle las plumas al pájaro. Se fue haciendo flaco y luego dejó de moverse. Los gritos hacen que me den ganas de desplumar pájaros. Mejor ni lo cuento o son capaces de hacer otro programa sobre mi vida.

Nadie sabe de los ojos con dientes del borracho, de esos me acuerdo yo y me gustaría borrarlos de un jalón, como el que le di al gato pelos de alambre. De la pata lo saqué volando por la ventana del séptimo piso, hasta se oyó el putazo en el suelo del estacionamiento.

Más se asustarían con los perros quemados.

Me despaché nada más dos, hay que ir a conseguir la gasolina, acarrearla y se arma tremenda humareda.

Además aúllan como sirena de ambulancia.

Es chido ver quemarse algo hasta que desaparece.

Las reglas de la escuela olían a plástico achicharrado, seco; los alacranes, a tortilla; con los perros primero huele el pelo y luego la carne, dan mucho calor.

Una vieja es otra cosa, a eso no le entro.

Siempre es mejor apretar, sentir el pulso y después nada.

¡Ya duérmete! A la chingada los recuerdos. Nunca obedecen, se van juntando, encabronan y una empieza a soñar con pájaros desplumados; luego con pescuezos de viejas rezanderas y se crece la adrenalina, al fin y al cabo se produce en las suprarrenales, donde mero siento el coraje.

Ya hay luz. En nada suena el candadazo. Ya se me encajó la litera en los riñones y tengo ganas de hacer pipí.

“Los niños que juegan con fuego se hacen pipí en la cama”, decía mi mamá.

Conmigo le atinó. Quién sabe si al borracho también le daba por prender cosas de mocoso y se meó de viejo.

Mi mamá se salvó de usar pañales. Tuvo suerte, más de la mitad de mis muertas los necesitaban.

A ver si me acuerdo… Sí, de ocho, seis. Hasta en eso tenía suerte la Márgara. Solo una vez tuvo un accidente.

A fuerza de barrer, al rato voy a entrar en calor.

Se me está antojando un pescuezo. Me enteré de la historia de la Güera, y de que se pasó de pendeja, se pasó.

El fulano que la metió aquí le cambió flores y promesas por firmarle unos papeles.

Por ingenua, ya me la estoy imaginando con el vestido verde pistache de mi mamá y con cara de víctima.

La voy a tener bien vigilada; si le ruega a la estampa de alguna virgen y entre sus libros tiene Marianela , puede ser prospecto de muertita.

Antes de emocionarme voy a medir bien sus ojos. ¿De qué tiene ojos la Güera? De perro lanudo. Primero me fijo en que no le cambien a ojos de búho ni de gaviota. Nada de pájaros.

Hasta que suena la chicharra. Hoy sí me quiero levantar, ya me hartó el insomnio y me urge verle los ojos a la Güera.