El eco de mis muertes 22. Márgara
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22. Márgara

Márgara despierta con la convicción de que mientras permanezca en este mundo, buscará respuestas en lugar de esperarlas.

Planea conseguir al menos un libro sobre psicología.

Su intención es corroborar la conjetura a la que llegó por la noche, cuando no podía conciliar el sueño y el despertador indicaba las doce veintidós: Hortensia vio en ella algo más que enfermedad y muerte.

A Luz le propone relegar el aseo del departamento e ir juntas a la librería; la tarde anterior buscaron la dirección en el teléfono celular y la copiaron en un papel.

—Podemos comer fuera o traer un pollo rostizado —sugiere con una nueva chispa en las pupilas verdosas.

El rostro de Luz devuelve una sonrisa. Enseguida ofrece sacar el vestido caqui con una chaqueta aceituna y los zapatos beige de tela.

—Los que le acomodan más —dice antes de ir a abrir la regadera.

—Muy bien.

Media hora después, vestida, y con el bolso y el bastón preparados, Márgara recomienda a Luz llevar un suéter.

En tanto aguarda, se aproxima a la ventana atraída por su jacaranda en plena floración.

Aunque su vista solo distingue rastros violetas, agradece la presencia del árbol y la amplitud de la ventana que le regala luminosidad y calidez.

Detesta las casas oscuras, lo atribuye al camarote del barco en el que llegaron a Veracruz y también a la casa de sus suegros.

Recuerda el piso de barro, los techos bajos, la cancelería de madera a cuadros, las cortinas color marrón y el acecho de las pinturas religiosas.

En la entrada colgaba una Virgen de Guadalupe; el halo dorado la convertía en el óleo con más luz.

Al lado del baño de cortesía, los rostros de san Antonio y del niño Jesús se fusionaban con el fondo parduzco mientras el blanco ocular parecía vigilar la puerta.

Desconoce el origen de las preferencias tétricas de sus suegros, se las ha preguntado cada vez que se topa con un san Sebastián malherido, como el que presidia el comedor de su familia política.

En la casa de sus padres también había santos, un Sagrado corazón en la recámara principal, su Virgen de Covadonga sobre la consola del pasillo y un pesebre a la entrada, pero encima del trinchero pendía un bodegón y, en la sala, el puerto de Bilbao al lado de un pinar de Toluca.

Aguza el oído. Luz ya se tardó en volver con el suéter.

Cuando, con dieciocho años, Gabriel la llevó por primea vez a ver a sus padres, tuvo la sensación de que los espíritus de aquellos mártires caminaban a su lado. Jamás se atrevió a mencionarlo, la habrían tachado de loca, de sacrílega o, cuando menos, de infantil.

Apoya las dos manos en el bastón. Algo parecido la llamó Gabriel.

“Niña caprichosa”, le dijo por comprar la tela de flores con la que pretendió confeccionar la colcha de su cama.

Él había imaginado cuadros marrones o grises, no flores ni tonalidades de azul.

Los gritos y las pupilas amenazantes de su marido se le fijaron como tachuelas en un corcho.

Ese mismo día ella prometió que en adelante consultaría cada elemento del decorado antes de atreverse a tomar una decisión.

Viéndolo a la distancia, se siente tonta, aunque sabe que la tontería poco tiene que ver con el miedo.

Sopesa la posibilidad de sentarse en la orilla de la cama, duda, ponerse de pie requiere mayor esfuerzo.

El dorado de la colcha y del sillón le parece elegante, opuesto al color café con el que Gabriel imitó la decoración materna.

De aquella época mantiene la recámara de roble y las lámparas de latón que eligieron de común acuerdo, pero cambió de inmediato el colchón, las sábanas y las toallas; se deshizo hasta de la barra de jabón que tocó el cuerpo de su marido la mañana de su muerte.

—¡Luz! —llama.

—Voy. —Oye a lo lejos y camina a la entrada de la habitación.

—Ya llegó Juan —anuncia Luz—. ¿En qué piensa? —pregunta al verla observar el sillón.

—En lo que pensamos todos los viejos: en el pasado —responde Márgara.

En el ascensor continúa el recuento de cuánto cedió.

Hasta la vajilla era de loza beige en lugar de porcelana blanca, era pesada y ella cargaba los platos en la charola a la hora del desayuno, en la comida y en la cena.

Ella, que en la escuela había defendido su derecho a aprobar, renunció a sus ilusiones de recién casada.

Salen del elevador, se despiden de David y abandonan el edificio en el taxi de Juan. Enseguida Luz transmite las indicaciones del geolocalizador sin necesidad del papel con la dirección anotada.

Márgara vuelve a asombrarse con las múltiples funciones del celular.

Se dice que con uno así le habría sido más sencillo enfrentarse al autoritarismo de Gabriel.

Podría haberle mostrado fotografías del edredón cuando llegó el primer invierno o de las pijamas que él pedía y más tarde desaprobaba.

Con respecto a los canarios, sabe que ninguna imagen lo habría convencido.

Aquel día desayunaron juntos y él se despidió dándole un beso en los labios; esos besos suaves la hacían sentir, más que amada, protegida.

Recogió la mesa, lavó los platos e hizo la lista de la compra.

Tiene grabado el vestido negro, de cuello camisero y falda amplia con el que salió de su casa, olvidó los ingredientes adquiridos y la comida que preparó, pero puede evocar con detalle su encuentro con el vendedor de pájaros.

Estaba sentado al pie de la escalera principal.

Lo rodeaban jaulas con aves diversas, incluidos pericos australianos y una guacamaya.

Se enamoró del plumaje de los canarios y fue incapaz de resistirse a la compañía de un par.

Compró también una jaula de fierro, un bebedero, semillas y un hueso de jibia.

En cuanto volvió al departamento, instaló la jaula en la lavandería, sobre periódico para facilitar su limpieza.

Ya la sacaría al balcón al día siguiente.

Fue ella misma quien se los mostró a su marido después de comer; supuso que le resultarían indiferentes, no que los odiaría desde el primer instante.

En verdad temió que cumpliera su amenaza de tirarlos por el balcón tras vociferar que suficiente era mantener a una mujer tonta y despilfarradora.

“Tonta y despilfarradora”, repetía caminando de la lavandería al balcón y de vuelta.

—El tráfico está imposible. —Juan enciende el aire.

—Seguro hay una librería más cerca. ¿Quiere que busque otra? —pregunta Luz.

—No, prefiero la grande que me enseñaste en tu teléfono.

Con el aire acondicionado del auto, el tráfico le da lo mismo.

Nada la apresura a volver a su casa, los recuerdos van con ella a cualquier sitio.

Detesta que la siga inquietando lo ocurrido hace sesenta años, le es fácil calcular el tiempo debido a la primera pareja de canarios adquirida antes de cumplir diez años de casada.

Le parece inverosímil haber aguantado tanto, debido a las mil formas en que intentó justificar el carácter explosivo de Gabriel.

Para entenderlo a él, comprenderse ella, e incluso averiguar la razón por la que la tentativa de homicidio revivió tantas de sus memorias dolorosas, quiere los libros de psicología. La entusiasma la proximidad de la librería.

—¿Ya casi llegamos? —pregunta.

—Falta poco; es el tráfico. —Juan la observa por el espejo retrovisor.

Al volver de la luna de miel, acompañó a Gabriel a comprar ropa interior; carecía de ella, pues en la casa de sus padres había dos cajones, uno de calcetines y otro de calzoncillos que compartían los cuatro hermanos mayores.

Comprendió ese día que el carácter defensivo de su marido provenía de una familia numerosa sin espacio para la individualidad.

Sobre avenida Colima, un vendedor ofrece flores.

Si por ella fuera, llevaría gladiolas amarillas.

Ni lo menciona, se marchitarían antes de volver al departamento.

Ese es su color favorito. Rechaza una docena de rosas rojas, con ellas evoca las que su marido utilizaba como disculpa.

Las blancas tampoco son sus preferidas, representan pureza y, en su opinión, ese adjetivo va de la mano de la docilidad, una cualidad bastante desventajosa.

Por suerte la flor de mi virgen es una rosa dorada , se dice.

Metros más adelante, una madre con dos niños cruza frente al taxi; con cada mano sujeta a uno.

Márgara se pregunta cómo saldría su suegra a la calle con los nueve hijos.

Asume que los mayores debían ayudar. Gabriel le contó que los grandes revisaban los uniformes y los deberes de los pequeños, así la madre podía descansar después de comprar la despensa, preparar la comida y zurcir un altero de roturas en la ropa que se revolvía igual que los nombres.

Contaban, como anécdota graciosa, que cuando a la hija pequeña le preguntaban “¿cómo te llamas?”, respondía “quítate, niña”.

Así le decían cada vez que quería participar en un juego o pelar chícharos en la cocina.

Suspira aliviada por haberse evitado la responsabilidad de educar seres humanos, de lidiar con unos ingratos y otros ejemplares sin saber qué parte del carácter corresponde a la genética y cuál a la educación.

Ya ansía estar de vuelta en casa con los libros nuevos.

Entre lo que ha recapitulado sobre la infancia de Gabriel, lo que oyó en el juicio de Hortensia y las revelaciones del psicólogo en los programas de Paralelo 23 , le queda claro que la enfermera tuvo una peor niñez que su esposo.

Si él era iracundo, poco le extraña que Hortensia fuera asesina.

Se mira las manos. Ve las venas resaltadas y recuerda la sensación xde tenerlas saturadas de sangre cada vez que Gabriel se encolerizaba. El simple olor a alcohol o los ojos achinados le producían hormigueo, falta de aire y una parálisis que se forzaba a vencer para encerrarse en el baño.

Pasa las yemas de los dedos por el dorso de su mano izquierda. El taxi se detiene frente a un semáforo en rojo y ella levanta la mirada: un pequeño de apenas cinco años pide limosna con una lata de sopa instantánea. Se da prisa en sacar un billete de veinte pesos de su cartera.

Con la luz verde, el taxi avanza y Márgara compara a los niños sujetos por la madre con el limosnero.

Unos ataviados con trajes nuevos, protegidos; el otro, con pantalón roído, solo.

Por alguna razón no alcanza a sentir pena por el pequeño pordiosero, lo mira correr con libertad, patear una pelota sobre el camellón en tanto los hijos de familia dan pasos largos por ir al compás de la prisa materna.

Desconoce qué sucede por las noches en los distintos hogares, juzga lo que ve y concluye que no volvería el tiempo atrás ni por un segundo.

A pesar de reconocer su infancia privilegiada, percibe demasiada vulnerabilidad en los primeros años de vida.

Ejemplos tiene en la niñez de Hortensia, de Juana Barraza y de Gabriel.

Márgara mira por última vez al chico callejero patear la pelota. Desde luego le gustaría saber dónde están los padres y desea que bajo ningún concepto el pequeño sea regenteado por algún mafioso, que tenga acceso a la escuela, a un porvenir.

Un frenazo sacude a las pasajeras.

—Perdón; ese salvaje se atravesó —dice Juan.

—Por poco —responde Márgara, aliviada.

El susto extiende la vulnerabilidad a la adultez.

Nunca sabe una , piensa con la certeza de que los peligros acechan en cualquier esquina.

Incluso dentro de los hogares. La voz recia de su suegro al otro lado del teléfono detonaba el nerviosismo de Gabriel y él lo volcaba contra ella.

En una ocasión, después de un enfado más, le confió que su padre lo había comparado con los éxitos escolares de los hermanos, que esperaba de él una gerencia legal, no un puesto de abogado júnior.

Márgara toma aire y lo libera con la intención de expulsar el sobresalto.

Sin duda el primer año de matrimonio fue regido por la voluntad de su suegro, hasta que una mañana se infartó al levantarse de la cama.

En el velorio, Gabriel se movía con soltura.

Con alivio , diría ella; sin embargo, el cambio de ánimo fue temporal y sospecha que la exigencia paterna se convirtió en autoexigencia.

Juan se detiene frente a la librería Rosario Castellanos. Luz auxilia a Márgara al bajar del auto. Las recibe un semicírculo de ficus, la bienvenida de un guardia y una descomunal oferta de libros que las dirige al mostrador en busca de orientación.