El eco de mis muertes 21. Hortensia
56%

21. Hortensia

—Tencha, la Juana y tú son cada día más famosas. A ver si me das un autógrafo.

—¿Qué se trae, jefa Vanesa? Estoy leyendo, sin buscarme broncas.

—Es en serio, volvieron a hablar de ti en la tele.

—¡Ah, cómo chingan con esos programas! ¿Con qué salieron esta vez?

—Si quieres que te cuente, invítame un café. Y ustedes, váyanse a dar una vuelta por ahí afuera.

—¿De veras, jefa? ¿Afuera?

—¡Muy chistositas! Cintia, Rosa, a sus actividades. Para ver la calle les faltan años.

—¿Me va a contar, jefa, o me anda cabuleando?

—Dame un trago de café.

—Gorrona.

—¿Qué dijiste, Tencha?

—Nada, que a ver si le gusta el café de marca libre. Siéntese en el lugar de mamá Lupe; es el suave.

La jefa Vanesa se pasó entrándole a nuestro café, como si ella no tuviera un bote completo en su casa.

Ya ni ganas de leer… traigo en la cabeza lo que me contó, y si me quedo en la estancia, me voy a emputar.

Mejor voy a intentar remendar mi suéter, a ver si me prestan una aguja en el taller de tejido.

Que dizque los asesinos seriales son hombres, ¡pura discriminación! De seguro lo dicen por su fuerza. Por inteligentes, ¡ni madres! Me consta que se creen muy chingones y se les olvida lo importante. Me estoy mordiendo la lengua, a mí se me pasó el puesto de quesadillas.

Al borracho se le olvidó que la fuerza se le iba a acabar y que a punta de chingadazos había abonado su tierrita con resentimiento.

Ni mi mamá, con todos sus rezos, se quedó junto a él cuando lloraba de dolor.

Se ponía el vestido verde y bien desentendida se iba a clases de repujado con unas amigas nuevas.

“Te encargo”, me decía, y salía corriendo.

Me quedaba un rato, aunque estudié enfermería para correr de ahí.

Él se buscó la cirrosis. Parecía una calaca amarilla y ni tantita lástima me daba.

Sano hubiera seguido chingando. “Me voy a morir solo como un perro”, gritaba.

“¡En domingo! ”, pensaba yo, acordándome de todos los que nos arruinó.

Desde la puerta veía cómo tragaba saliva, y con las manos se apretaba el pecho, se le quemaba con el ácido que ya no podía escupirnos.

No era un perro cualquiera, era un rottweiler.

—Perdón por interrumpir. Mi suéter tiene un hoyo. ¿Tendrán aguja e hilo para remendarlo?

—Pasa, tu nombre es…

—Hortensia.

—Ah, sí. Siéntate.

—Gracias.

Se me hace que mi nombre se le atragantó a la maestra. Capaz también vio el dichoso programa y sabe más que yo de mí.

Ensartar la aguja está cabrón. Veo mal o este hilo es de los corrientes.

Se tuerce igual que el borracho. Su carácter de nada le sirvió para aventarse de la azotea cuando todavía podía subir las escaleras.

Más machos son los animales, por lo menos dejan de comer hasta morirse o se pican solos.

Jamás mendigan ayuda. Yo tampoco. Me las arreglo como puedo, y sin la Márgara seguiría en la chamba.

Me la buscaba por mi lado, casi nunca agarraba las recomendaciones de la encargada de enfermeras; además cambiaba de rumbo, me ponía lista, no dejaba nada mío en ninguna casa.

Lo malo fueron los ojos de pájaro y el puesto de quesadillas.

¡Uta! Soy malísima con la costura. Me va a quedar de la chingada. Ni remedio, prefiero mal parchado a que me ayude la maestra. Me está mire y mire.

Me da lo mismo si creen que soy un monstruo. Total, siempre me cayó bien Frankenstein. Él se vengó del doctor por negarse a hacerle una amiga. A mí no me da miedo lo diferente, sale peor lo conocido.

—¡Listo! Gracias, aquí tiene. Ya me voy.

Ni adiós dijo, de seguro sintió alivio de que me saliera del taller.

Dizque todas las maestras son caritativas y buenas, pero unas esconden mal su superioridad.

También es cierto el dicho ese que dice el miedo no anda en burro y, junto con la mala fama que me hacen en la televisión, pues entiendo que me vean cara de boa constrictora.

Hazte de fama y échate a dormir , dice Rosa.

—Tencha, quédate acá, ya vamos a comer.

—Vamos entonces, pero al rancho; sigo sin baro para las Maruchan .

—¡Está cabrón! ¡Ya haz algo!

—Ey.

—¿Cómo que “ey”? ¿En dónde tienes la cabeza?

—En que hace rato pensaba que los hombres se pasan de atrabancados y yo estoy en las mismas.

¿Sabes? Cuando se murió el borracho, en lugar de bailar un jarabe encima de su tumba, mi mamá se puso un vestido negro.

Lloró en el velorio como si fuera actriz de película melodramática y después le construyó un altar con veladoras, flores y todo el desmadre.

Me encabroné con ella hasta que me salió con que el altar era para amarrarle una pata al muertito, le tenía una lista de cuentas pendientes.

—Ya muerto, qué, Tencha. Después de lo que nos has contado es normal que te encabronaras.

—Lo que me emputa es que sí le creí a mi mamá y se me hace que me echó mentiras por dárselas de mujer liberada, y la verdad es que le sabían dulces las lágrimas por eso de que aguantar es una virtud.

—Vale madres, Tencha.

—Me cae, Lupe, que lo más jodido de estar acá adentro es tener tanto tiempo para pensar.

—¿Para qué crees que vamos a la zumba y a cuanto taller inventan? ¡Ya ponte las pilas!

—Ey.

—¡Esto está asqueroso! Se ahorran toda la sal.

—Dile a las chamacas de otras estancias que se las limpias. Yo convenzo a la jefa Vanesa de que te dé chance con las pudientes.

—Sí, cualquier cosa está mejor que estos frijoles aguados. Dan ganas de que los hubiera probado el borracho.

—Tu obsesión es cabrona. Ándale, vamos con Sara un rato.

—¿Cuál Sara?

—La narcosatánica, ¿la conoces?

—No.

—Lleva treinta y cinco años de un penal a otro por un desmadre político que le ensartaron y que le encanta contar.

—¿Pero sí le entra a la santería?

—Sí le entró.

—Vamos. Te encargo lo de la jefa Vanesa, Lupe.

Ojalá me dejen limpiar estancias, necesito generar dinero.

Ya me está dando hueva conocer a la tal Sara.

Mejor empiezo de una vez las hojas de los alcatraces.

Dinero y poder son la ley en cualquier lado; afuera hay que hablarle bonito a la encargada de enfermeras y hacerle el trabajo o te manda a limpiar vomitadas todos los días.

Aquí, las sutilezas valen madre, te cuadras y ya, sin tanto “lo que usted mande, doctor”, “lo que usted diga, señora”.

También por eso me cambié del hospital a las casas, pagan mejor, hay menos jefes y menos riesgos.

Además los enfermos chingan en cualquier parte, más vale de uno en uno.

Lo bueno es que se quedan sin fuerza, y una de dos, o quieren sumar votos para ganarse el cielo, o están hasta la madre de pelearse con la muerte, que es culera y acorrala a la gente como rata.

Si le suelto a la Lupe que voy a trabajar el migajón, va a decir que soy de entendimiento retardado. Ya el otro día me salió con que parezco caja de banco. Primero no le entendí; luego me explicó que son de apertura retardada.

—Espérame, le voy a contar a Sara de ti.

—Uy, qué importante me salió.

Me aguanto, a lo mejor me cae bien. Ningún problema si se despachó perros o gatos en sus rituales, pero más le vale dejar en paz a los pobres bichos.

—Sara tiene gripa.

—Otro día me la presentas.

—Vámonos a aprovechar el sol en el patio.

—Ey.

—Hoy estás más aburrida que de costumbre.

—Todavía que te cuento mis asuntos…

—A cuenta gotas, Tencha.

¿Qué quiere mamá Lupe? ¿Que le haga un circo? Ya con las tres pistas que traigo en la cabeza tengo bastante. Que si el programa me analiza como animal de laboratorio, que si mi mamá era una babosa arrastrada, que si la Márgara me salió alebrije con patas de lagartija y mirada de lechuza.

Nada que ver con mi primera muertita. ¡Vieja aburrida!

Lloraba y lloraba, y tenía el cuello delgadito.

Lloraba un día y lloraba el otro. Secaba las medias y el brasier en el toallero.

Los calzones, no, usaba pañal. Se le veía la calva de tanto pelo que le faltaba.

Se me figuraba una muñeca maltratada. Hasta daban ganas de pintarle chapitas con pluma roja.

Tenía las nalgas rozadas, de mandril. Lloraba con los ojos lechosos, iguales a los del perro del portero.

Ya, shhh… no chille . Me desesperaba el ruido.

Fui a mojar un paño para limpiarle las lagañas y se me atravesaron las medias.

Refácil se le amarraron al pescuezo. Los ojos se le abrieron, después se le cerraron, la boca se calló y el pecho se quedó quieto.

Mis puños siguieron jalando el nylon. La fotografía del marido estuvo ahí de testigo.

Él no se atrevió. Él apretaba todos los días, nunca lo suficiente.

Un último jalón. Las medias en la bolsa del uniforme.

La calzada Ignacio Zaragoza, caminar, caminar respirando, como cuando un alprazolam hace que las broncas se sientan más lejos.

Adiós. Así, adiós y listo, hasta que todo adentro del cuerpo se vuelve a pelear y mis manos necesitan apretar otra vez.

Ya no me gustan las medias. Estrujar viejas lloronas, sí.

La lechuza me pasó a fregar, es que era pájaro grande con ojos embusteros. ¡Con ojos de rottweiler!