20. Márgara
Márgara pasea su intranquilidad. Da vuelta en cuanto se aleja de la entrada, desea ver aparecer a Luz con las bolsas de la compra.
Además del chambarete para preparar el caldo de carne rico en proteínas, pidió un paquete de galletas rellenas de nata.
Piensa compartirlas mientras comentan la entrevista televisiva.
La adicción al celular de Luz dejó de parecerle odiosa.
Ha descubierto que el aparato almacena el número del sitio de taxis y el de la farmacia sin que ninguna de las dos deba recordarlos.
Gracias a él, hace unos días, escuchó los boleros de su juventud, incluso le gustó más la voz de Luis Miguel que la de Agustín Lara.
También encuentran en un santiamén los componentes y efectos adversos de sus medicinas.
Sería incapaz de negar el ingenio de Luz, pero el celular la vuelve más útil que todos los tomos de la Enciclopedia Espasa-Calpe en una biblioteca.
Resuelve localizarlo en las repisas del librero.
Se auxilia con el bastón. Da pasos de pingüino, como los llama ella burlándose de sí misma, hasta llegar al mueble.
Con el índice roza los lomos en busca del ejemplar.
Ruega que esté —con frecuencia cree tener objetos que nunca aparecen y que ella juraría conservar—.
Apenas el día anterior pensó en regalarle a Virtudes, en agradecimiento por su amabilidad, su pañuelo bordado con lirios lilas.
Debía estar en el mismo sitio que el de la “M”, pero no lo halló.
“¡Dostoievski!”, dice al descubrir el libro y tomarlo.
Lo hojea. Las letras son demasiado pequeñas y el lápiz con el que subrayó algunas líneas es un rastro huidizo; sin embargo, aún recuerda la idea que más la impresionó: cuando al otro se le quita la individualidad y se le considera parte de una masa, es más sencillo odiarlo.
El asesinato de la novela y el intento del suyo se asemejan tanto que se vislumbra con el rostro destrozado dentro de un ataúd.
De pronto se siente culpable por haber deseado la muerte.
Ignora dónde estaría, si tendría recuerdos, si sentiría cariño por su hermano, si extrañaría su perfume de rosas o si en verdad el paraíso es todo lo excelso de la vida.
Se lleva el libro al sofá, se sienta y coloca un cojín tras la espalda.
Al repasar las páginas, recuerda que el eje de salvamento del libro es la compasión.
Sonia se compadeció del asesino literario.
En cambio de Hortensia ni el psicólogo de la televisión tuvo piedad.
En el lomo, un rectángulo verde indica el nombre del autor y el título.
Al protagonista, sin recordar si Dostoievski lo describió, lo visualiza con el pelo graso, con las uñas mordidas.
Se mira las manos sin comprender de dónde proviene su asunción; ella jamás se comió las uñas, ni siquiera cuando rezaba a diario por ser abandonada.
Sigue hojeando la novela, se detiene hacia el final, calcula que a la altura de la confesión del doble asesinato.
Su mente viaja hasta la única prisión que conoce: Santa Martha.
Para imaginar las celdas sus referentes son las películas con reos enfundados en trajes anaranjados, a rayas o beige, según el tiempo y el origen del filme.
Pone a Hortensia sobre un camastro de concreto; le quita el lustre a los barrotes y no logra encasillarla en la categoría de loca amenazante, más bien la ve fracasada.
Supone que, por miedo, sus compañeras prefieren mantenerse alejadas.
La palabra locura la altera. De primera mano sabe que se usa a la ligera, sin tomar en cuenta el sufrimiento que conlleva.
De desquiciada la tildaron en el velorio de Gabriel cuando el miedo y la culpa le espesaban la sangre sin entregarla a la tortura y al alivio de la irrealidad.
Su suegra le dijo que iba a necesitar una camisa de fuerza.
“Nadie en su sano juicio injuriaría a Gabrielito”, le advirtió.
La dejó muda, con los brazos estirados por si a alguien se le ocurría cumplir la amenaza.
Se remueve en el asiento, su memoria recupera Beloved . La protagonista parece trastornada y resulta que es una madre capaz de asesinar a sus hijos para evitarles un destino de esclavitud igual al suyo.
Coloca los dedos sobre su boca y los calienta con el vaho.
Hace unos cinco años leyó en el periódico sobre un chino encerrado en un sanatorio mental por contrariar al gobierno del municipio con sus continuas quejas y peticiones.
Y hace más tiempo supo de un amigo de la infancia, Santiago, quien vivió algo semejante cuando a su hermano menor se le ocurrió acusarlo de loco por mero resentimiento, ese que se expande como enredadera entre los hermanos cuando rivalizan por el cariño de los padres.
No sabe cómo acabó la historia, la última vez que lo vio seguían sin hablarse.
Traga saliva. Aún no le perdona a su suegra el estigma que sintió cuando en el velorio le colocó una corona de descrédito al llamarla loca .
A la salida de la tercera misa del novenario, se le acercó, y al oído, quedo, musitó: “Si el muerto fuera mi marido en lugar de mi hijo, lloraría menos, pero las apariencias son las apariencias”.
Ella se debatió entre si considerarla malvada o voluble.
Solo años después comprendió que, aquella tarde, el Bloque de Mármol, como llamaba a su suegra, adquirió dejos de humanidad y le ofreció un consejo.
Su corazón palpita acelerado en las sienes.
Crimen y castigo contiene toda la ambivalencia humana.
Estás más sola que un arete perdido , le repite una voz interior que la obliga a levantarse y a devover el libro a su sitio para alejarse del papel del Raskolnikov atormentado e indeciso.
Distinto a Ignacio, siempre firme en su afán por mantener la paz que el resto de la familia consideraba irrelevante.
Permanece pensativa. Compara su carácter con el de sus hermanos y acepta que ocupó el lugar de en medio, por su edad, porque no fue indomable como Miguel ni tan dócil como Ignacio.
Obedecía por miedo a las reprimendas y le gustaba conocer los planes familiares por mera seguridad.
Recuerda saber con antelación que usaría el vestido azul pálido para ir a misa de diez en La Profesa.
Anticipaba los escaparates de la avenida Madero que verían de camino al Sanborns de los azulejos, donde, ya había decidido, pediría helado de chocolate.
Quiere un helado de chocolate, no la consabida nieve de limón que Luz compra.
El chocolate la transporta a los paseos de fin de semana; las paletas de limón, a la salida del colegio.
Ella quería una de grosella, pero su madre detestaba el rojo indeleble y solo le permitía comprar las de limón.
Con la paleta en la boca, subía al auto y ojeaba el cuento que había solicitado en la biblioteca.
Desde el primer día se convirtió en una alumna ejemplar: sabiendo lo que se esperaba de ella, cumplía con las tareas y con estudiar para los exámenes a cambio de buenas notas.
Hasta que un día, sin saber por qué, se enfrentó a una boleta con números rojos.
La madre Silvia, jamás olvidará el nombre, le explicó que había decidido tomar en cuenta las inasistencias.
Ella, desesperada, defendió un viaje a la playa con un discurso sobre la justicia, las reglas claras y la imposibilidad de sujetarse a las inexistentes.
Aún puede oír el tono exasperado de la religiosa sin encontrar las palabras precisas contra sus argumentos.
Al menos en esa ocasión nadie la llamó loca.
Vuelve la atención al librero y da dos pasos con el dedo índice sigue los títulos.
Se topa con un compendio de cuentos y la coincidencia le parece increíble contiene: “Solo vine a hablar por teléfono”.
De nuevo se siente observada por algún espíritu burlón.
Leyó la historia hace más de treinta años en un autobús y tuvo miedo de que se averiara el camión.
A la pobre mujer del relato se le descompuso el auto frente a un manicomio, entró a pedir ayuda y jamás entendió que su insistencia en hablar por teléfono fue tomada como manía.
Piensa que, en ese caso, Gabriel habría permanecido callado hasta ubicar a un enfermero sobornable, en cambio a ella sí la habrían encerrado.
Se pregunta si el librero le está queriendo decir algo.
Cede a la tentación de sacar el libro y buscar el cuento. A punto de cumplir noventa años, empieza a comprender que el mundo se reduce al manicomio de esa historia y su suegra intentó compartirle que a lo preestablecido es más fácil darle la vuelta que enfrentársele.
Siente que en la espalda carga el librero completo, árboles y árboles convertidos en papel aplastante.
Sus piernas flaquean, no se explica cómo ha podido estar tanto tiempo de pie.
Cuando leyó el cuento subía y bajaba de un autobús sin ayuda de ningún bastón.
Regresa al sofá, se sienta, recarga la cabeza en el respaldo azul y cierra los ojos.
De pronto oye el girar de la llave en la cerradura y de inmediato pide ayuda a Luz.
—¿Se siente mal?
—No, solo quiero llegar a mi sillón.
—Está temblando
—Pasé mucho tiempo de pie, nada más es eso —dice sin compartir su angustia.
—¿Se le antoja agua fresca?
—Sí, esa ya se entibió. ¿O hay helado de chocolate?
—Nunca compro, le hace daño al estómago.
—Podemos hacer una excepción por recuperar algo bueno del pasado.
—Va.
—¿Me das la libreta de la cocina y una pluma, por favor?
En el sillón de su habitación, más tranquila, escribe con letra temblorosa en una hoja en blanco: “Peregrinos somos todos”.
Vamos de paso, nos transformamos. A Virtudes le gusta la notoriedad, pero es buena persona; Luz es joven y a toda costa intenta vivir.
Yo, vieja, sigo interesada en saber qué pasó con Hortensia. Tal vez ella nunca cambie.
Deja la libreta sobre sus piernas cuando Luz le entrega un vaso de agua.
—¿Viste el programa en la tele? —le pregunta.
—Claro.
—Vamos a buscar un libro de psicología. Pídele a tu celular una lista.
Luz sonríe al imaginar que Márgara visualiza un archivero en orden alfabético. Se centra en imágenes, los títulos le dicen poco, las agranda y las muestra.
—¿Cómo sabemos cuál nos conviene?
—No sé. Podemos ir a una librería —propone Luz.
—Vamos mañana. —Márgara pone la mirada en la caja-pedestal de la Virgen de Covadonga.