19. Virtudes
Frente al televisor, se percata de que jamás creyó toparse con una homicida serial y de que desde aquel día le apasiona el tema.
Incluso en las tardes ve Dexter , a pesar del desconcierto que le causa sentir simpatía por él, y se pregunta si la enfermera podría tener admiradores capaces de conmoverse con sus traumas y escribirle a la cárcel.
Comprueba una vez más la hora. Desde el día anterior comenzó los preparativos.
Antes de la comida, le dejó a Márgara una nota doblada a la mitad: “Mañana es el programa. Usted me pidió que le recordara”.
Volvió a timbrar por la tarde con el pretexto de preguntar si a la señora le apetecerían galletas o algo salado, un sándwich, por ejemplo.
Luz le contestó que se despreocupara; ella iba a cuidar que todo estuviera listo.
La amabilidad de Luz le resultó extraña.
La consideraba tan antipática como doña Márgara.
Entonces cruzó por su mente la idea de que Dexter también querría matar a la anciana por contagiar su egoísmo a quienes la rodean.
Volvió a su casa, pasó el pestillo y caminó a la cocina en busca de los polvorones que le obsequió una compañera de la clase de tejido, en agradecimiento por cuidarle al perro.
Ya tenía decidido abrirlos durante la segunda emisión de la entrevista.
Cuando solo faltan treinta minutos, apaga el televisor, se echa un suéter sobre los hombros, toma la caja de polvorones, sale y, tras dar dos giros completos a la llave, sube despacio la escalera con la intención de gastar unos cuantos minutos.
Pocos, porque, sin importarle si le parece o no a Márgara, va a llegar con tiempo suficiente para sentarse frente a la pantalla antes del comienzo del programa.
Al tocar el timbre se estremece, a punto está de saber cuál fue el dichoso picahielo que, según el psicólogo, hirió repetidamente a Hortensia.
Se sorprende cuando Luz le abre la puerta sin dilatación, la invita a pasar y la acompaña hasta la recámara.
Ahí le comenta que ella también verá la transmisión en la cocina, que, aunque no trabajaba con doña Márgara en ese entonces, le cuesta creer que la hayan querido matar en esa misma casa.
Por si las dudas, ella ya echó agua bendita en todos los rincones del departamento.
En la habitación encuentra dos sillas frente al televisor y en medio la mesa plegable con una charola de campechanas.
—Ya voy, ya voy —dice Márgara desde el baño.
—¿Puedo prender la tele? —pregunta Virtudes, impaciente, todavía con los polvorones en las manos.
—¡Claro! —Márgara asoma la punta del bastón por el quicio de la puerta.
Se saludan con un par de sonrisas breves. Lo cierto es que ninguna es afectuosa. Virtudes ofrece la caja con los polvorones envueltos en papel rosado.
—Siéntase como en su casa, por favor. ¡Qué divinos dulces! Los dejo aquí, junto a las campechanas —dice Márgara con un guiño—. Me muero por escuchar por qué Hortensia falló conmigo —añade al sentarse.
En el rostro de Virtudes aparece una interrogante.
—No sé si mencionen su caso. Más bien creo que van a comparar a las dos asesinas. En eso quedaron en el programa de hace quince días, ¿no?
En cuanto la cámara enfoca a Danielle Dithurbide, una mujer joven de pelo castaño, Virtudes y Márgara enderezan la espalda, como si ello las aproximara al foro de grabación. Después de que la conductora da las buenas tardes a la audiencia, aparecen en pantalla los invitados.
“La pregunta que quedó en el aire fue qué motivó a Hortensia a cometer sus crímenes”, dice Danielle.
El criminólogo sostiene la hipótesis de una copista.
En su argumento, dado que el ochenta por ciento de los asesinos seriales son hombres de entre treinta y cincuenta años, la aparición de una segunda asesina de ancianas permite la presunción de un afán imitativo.
—No, pues, según este señor, a las mujeres no se nos ocurre nada —dice Virtudes.
—Aunque a Hortensia le hubiera llegado la idea de la tal Juana, las ganas de matar eran de ella sola —responde Márgara.
—Además, en este país cualquiera que viera un noticiero se volvería matón.
—¡Exacto! —Márgara da un sorbo a la taza de café diluido que mantiene entre los dedos.
Virtudes, sentada en la orilla de la silla, entre trago y trago, se estira y deja su taza sobre la mesa plegable.
Cuando el criminólogo describe el comportamiento típico de un asesino serial, las dos mujeres buscan en sus recuerdos indicios de lo que vieron.
Él establece que la organización y la ausencia de signos de apuro son un claro distintivo: la mente homicida se nutre de una minuciosa planeación que proviene del impulso asesino y, a la vez, lo hace crecer.
Virtudes asiente, en su memoria el cuarto estaba ordenado y la enfermera no llegó corriendo a matar a la viejita el primer día de trabajo. Márgara, en cambio, se repite que difícilmente Hortensia erró los golpes. Cree que ella no siguió sus propias normas, que, por alguna razón, se desorganizó.
Márgara está por compartir su reparo y añadir que quizá algo asustó a Hortensia cuando el psicólogo, como si se conectara con su pensamiento, enfatiza que para el asesino serial la planeación es igual de importante que el asesinato mismo.
En sus palabras, el acto criminal es purificador y libre de culpabilidad.
“El problema surge cuando el desahogo se desvanece cada vez más rápido y la necesidad de revivir la experiencia se activa con mayor asiduidad”.
—¡Qué feo! En el capítulo de una serie de detectives, un loco construía maquetas exactas de sus crímenes. —Virtudes muerde una campechana, intenta que las moronas caigan dentro de la taza.
—Eso hace más extraño lo de Hortensia. ¿Crees que no preparó mi muerte?
—¿Cómo puede decirlo tan tranquila? —Se limpia las comisuras de los labios con la servilleta.
“Otro aspecto que justifica el rigor y la concisión en el actuar de los homicidas seriales es su inteligencia superior. Por lo mismo suelen ser personas instruidas”, interviene el criminólogo.
—¿A poco son licenciados? —Virtudes niega.
—Ve tú a saber si no hay hasta maestros o doctores.
—La tal Hortensia, a lo mucho, es enfermera.
—Sí. —Márgara se estira, deja la taza y toma una de las campechanas—. ¿Quiere otra? —ofrece a su acompañante durante una pausa comercial.
—A ver si le gustan los polvorones. —Virtudes acerca la caja.
Ambas aprovechan el corte, se acomodan en sus respectivos asientos. Virtudes confirma la ausencia de moronas de hojaldre sobre la silla. Márgara nota la preocupación y asegura que después barrerán, que ella parece pájaro de tantas migas que tira.
Al reaparecer la entrevista en pantalla, los peritos coinciden en que descubrir a un asesino serial es un trabajo arduo, que los esfuerzos policiacos y detectivescos se enfrentan a mentes analíticas, precavidas y sádicas.
“Cuando se les captura”, interviene el experto en crímenes, “es a causa de un exceso de confianza que los lleva a cometer errores”.
—Yo fui un error. No sé si debido a demasiada confianza —dice Márgara para ella misma.
—Eso de sádicos es obvio; no cualquiera se pone feliz ahorcando gente.
—¡Ahorcando! Ahorcó a las otras víctimas. A todas, ¿verdad?
—Creo que sí.
—¿Por qué no hablan de eso? De que a mí no intentó ahorcarme.
—A lo mejor ni saben.
Márgara fija la vista en la cabecera, la pasta resanadora fue incapaz de replicar el matiz de los años en el mueble y son visibles tres pequeños campos oscurecidos.
Son los únicos rastros de la retracción de Hortensia.
Si la tuviera enfrente le preguntaría por qué los bastonazos tan distintos al habitual ahorcamiento.
Pide a Virtudes la taza casi vacía y termina su propia bebida.
El psicólogo la mantiene interesada con la teoría de que los modos de matar o de suicidarse reflejan rasgos de personalidad.
“Según los registros, los suicidios y asesinatos violentos son característicos del género masculino. Es poco común que una mujer se pegue un tiro en la cabeza; es más probable que se tome un frasco de pastillas”.
En su opinión ni la sangre derramada ni los rostros destrozados se relacionan con la feminidad.
“Las mujeres prefieren morir de una forma más aseada”, concluye.
—¿Cómo que más aseada?
—Espera, mujer, déjame oír y te digo.
La voz grave del analista manifiesta que en el caso del suicidio, tanto los balazos como los saltos al vacío suelen ser el resultado de la desesperación, que no requiere ser prolongada ni evidente.
“Son métodos tajantes de acabar con el sufrimiento, de la misma forma que el asesinato con arma de fuego pretende concluir a la brevedad, sin aproximarse a la víctima ni humillarla”, añade.
—Yo jamás usaría una pistola, no sé ni adónde se consiguen —interviene de nuevo Virtudes.
—Espera. —Márgara se lleva el dedo índice a los labios. Por ningún motivo desea ser grosera, pero tampoco quiere perderse esa información.
“Las puñaladas, por otra parte, evidencian una lucha de poder: quien apuñala siente rabia y quiere demostrar su dominio. El ahorcamiento en los suicidas implica un silencio extenso, un nudo en la garganta que aprieta hasta sofocar, mientras que a los asesinos les permite sentir la muerte de cerca al mismo tiempo que les genera una absoluta sensación de control”.
—¡Qué horror! —Virtudes hace un gesto de desagrado—. ¿Se imagina matar de tan cerquita? Es como si en lugar de acabar con una araña de un pisotón, una prefiriera quitarle pata por pata.
—Pero si te gusta quitarles las patas, ¿por qué de pronto decides darle a una en específico un pisotón?
—¡Ay, doña Márgara! Hasta parece que usted quería que la ahorcaran. Dele gracias a Dios por salvarla.
Márgara asiente. Si su vecina supiera que estaba dispuesta a morir, la comprendería mejor, o quizá creería que está más desequilibrada que Hortensia.
Danielle Dithurbide entrelaza las manos al anunciar el final de la entrevista. Agradece a los participantes su conocimiento y su generosidad. Antes de concluir la transmisión, ofrece un resumen noticioso.
Las televidentes se miran sin decir nada, procesan todavía la información.
Virtudes cree entender mejor a Hortensia: sabe que disfrutaba la muerte lenta de sus víctimas debido a que un “picahielo” la lastimó de niña.
De acuerdo al psicólogo, el causante de que pasara por la niñez sin sentirse protegida fue un familiar, algún tío, primo, o la propia madre.
—Así como lo pintan, hasta lástima podría sentir una. —Se pone de pie—. ¿O cree que Hortensia haya nacido mala?
—Eso ya está demasiado filosófico. Prefiero pensar en lo que le pasó aquí, conmigo.
—Oiga, su cara sí da miedo, los ojos chiquitos y pegados a la nariz me recuerdan al científico de Volver al futuro . Él era bueno, solo parecía loco. Además el pelo pintado de güero, tan diferente a las cejas negras… ¿No sintió usted un escalofrío cuando la contrató?
—Al contrario, sentí alivio al verla fuerte. Vieras qué buena era para moverme cuando yo me ahogaba.
A Márgara, las particularidades físicas de Hortensia y si encaja o no en las características de un sociópata la tienen sin cuidado.
Por una vez, su vez , las generalidades, las razones, la parsimonia, el cálculo y todo cuando digan y manden los especialistas, que dicen saberlo todo, dejó de ser cierto, al menos para ella.