18. Hortensia
Apenas está amaneciendo. ¡Dejen dormir! Ni que tuviéramos la agenda saturada.
Candadazo suena a encierro, nada que ver con la hora de levantarse.
Con este frío ni quien quiera salir de las cobijas.
Desde chica me cagaba despertarme temprano y me recagaba la falda rabona del uniforme.
Por lo menos aquí no empiezan con clases de matemáticas o, peor, con los exámenes de velocidad.
—¿A ustedes las hacían resolver sumas o restas que tenían el resultado, pero les faltaba una de las cantidades de en medio?
—¿De qué hablas, Tencha?
—En la escuela. A nosotros nos daban tiempo y yo nunca podía.
—No entiendo.
—Haz de cuenta, uno, más un espacio vacío, igual a dos.
—¡Ah! Tenías que restarle el uno al dos.
—Pues ya sé, Cintia. Antes adivinarlo estaba cabrón. Y peor con la presión del minutero.
—Aquí también nos trae jodidas el reloj y se está acabando el café. Dudo que nos alcance para mañana.
—Ya les dije que mi mamá quedó en traer café.
—Qué bueno, Rosita. Es más jodido amanecer sin café.
—¡Levántense, huevonas!
—Ahí vamos, mamá Lupe.
Estaba acostumbrada a vivir sola y las compas no me estorban tanto como creí.
Será que Dios nos hace y nosotras nos juntamos.
Ya me estoy contradiciendo otra vez, ¿a poco el mismo Dios que crea idiotas me da buenas compas?
Puede que por una vez haya tenido suerte, bueno, después de la peor de las suertes.
El caso es que estas chamacas me caen bien y estoy menos sola que nunca, menos sola que la Márgara; la vieja viene a buscarme hasta acá de tanto aburrimiento.
—Arriba, Tencha, últimamente llegas de puro milagro a todas las actividades.
—Sí, mamá Lupe. Soy mala madrugadora. Por eso pedí el turno vespertino desde la escuela de enfermería. También por ahorrarme las borracheras del borracho.
Me busqué un oficio lejos de la casa y sin números.
Las cuentas para recetar bien los miligramos, sin cargarse al paciente, son problema de los doctores.
Yo solo tenía que seguir instrucciones y eso es fácil.
Las letras explican y cuentan historias; en cambio, cuando se combinan con números, no dicen nada.
¿Qué chingados es (2 a + 3 b )? Una nunca encuentra eso en la calle.
Las palabras tampoco andan caminando, pero son más pacientes.
Se guardan en los libros hasta que una las quiera encontrar; en cambio, los problemas de matemáticas me gritaban “tonta, apúrate y termina”.
—¿Les hago unos panes con las rebanadas de queso que cambié?
—Va, Tencha, ¡gracias! Hoy no te vas a quedar a limpiar, esto ya reluce.
—Ey.
Ni cómo les digo que prefiero barrer que andar a las vivas allá abajo.
Así era desde chamaca, me decían ratón de biblioteca y me valía madres; en la biblioteca encontré el cuento “Pizo”.
Era un ratón inteligente y le gustaba estar solo.
Su dueña lo buscaba en la despensa, entre las medicinas o en el tambo de la ropa sucia y lo encontraba dormido en la cama de la casa de muñecas.
De plano un día me lo robé. También me chingué “La bruja pelona”.
Me figuraba a los chamacos embarrando pegamento al sombrero de la bruja mientras estaba dormida; querían que se arrancara el pelo y los poderes cuando se despertara acalorada y se quitara el sombrero.
Mis hermanas preferían a Blancanieves y a la Cenicienta. Un par de pendejas, la verdad, pero hasta yo quería unos zapatos de cristal con todo y que eran inútiles para esconder mis animales.
—¿A ustedes les gustaban Blancanieves y la Bella Durmiente?
—Claro, a todas las niñas.
—No, Cintia; yo prefería a Pizo, o mi insectario.
—Me moría por la Barbie y las Bratz.
—Es que Rosa está muy chava.
—Órale, a pasar lista.
—Sí, mamá Lupe, amaneciste mandona.
Las muñecas cabezonas de Rosa son más feas que un cara de niño.
Nunca tuve uno en mi colección, creo que en Tepalcates no había.
Según la Enciclopedia británica son parientes de los grillos.
Con lo que leía, apantallaba a la maestra.
Sabía que las cochinillas son crustáceos, como los cangrejos.
Mi segunda muertita me las recordó; mientras se ahogaba, se enroscó y ya mero se alcanza los pies con la boca.
Fue raro, normalmente se les caen de lado las patas, no se hacen bola.
La quinta muertita se llamaba Dolores. El puro nombre estaba jodido.
Le decían Lola. Me hacía sudar cada que se pasaba de la cama a la silla de ruedas o al revés.
Esa se parecía a Frankenstein, era fea con ganas.
Me la sondeé un mes extra, a veces parecía demasiado recia.
El que hizo a Frankenstein fue un pendejo, se aventó un monstruo grande y luego lo maltrató.
¿Qué esperaba? Si yo hubiera sido él, habría hecho una mujer valiente y grandota, y me habría amigado con ella.
Ya entrados en gastos, le hubiera puesto alas para que me paseara.
Todavía me gustan los libros de monstruos que pueden hacer lo que les da la gana.
Me leí el Dr. Jekyll, ese sí agarraba la fiesta y luego se hacía el mustio volviéndose el señor Hyde.
Esas cosas sí pasan, aunque parezca que no.
Mi uniforme de enfermera me servía de tapadera, era como un Hyde que impresionó al borracho, hasta pensé que mi mamá podía decir que iba a ser enfermera, vestirse igual que yo y ahorrarse los chingadazos que le caían con el vestido verde de mal agüero.
Nunca usé uniformes verde pistache, los míos eran blancos. Los del IMSS son verde botella y a las del ISSSTE ya las traen con chalecos grises. Se han de haber dado cuenta de que el pistache es horrible. Cuando veíamos a mi mamá salir con ese color, nos escondíamos. Y mi mamá ni en cuenta.
—Córrele, Tencha, te van a mandar al apando.
—Ni madres.
Estar sola y a oscuras apendeja más que haber creído que un uniforme me iba a salvar.
—Uf, aquí, presente.
Me salvé. Si me aíslan, nada más me podría desquitar con un gato.
Hay muchos, les dan galletas. ¡Qué desperdicio!
Mejor deberían dármelas a mí. Una galleta María sopeada en la espuma del capuchino.
¡Mmm…! Eso no lo voy a volver a probar. Mejor ni acordarme, si empiezo a pensar en lo que se quedó afuera de este lugar, me ahorco yo sola.
En casa de la Márgara me hacía mis capuchinos con canela y un chorro de cajeta.
—Voy a dar otra vuelta al taller. Siempre sí quiero vender mis flores.
—Ya era hora, Tencha.
—Tú, mamá Lupe, ¿a dónde jalas?
—Al tejido. Se antoja por el frío.
Sí extraño las galletas, cafés y libros de la Márgara. Cuando se dio cuenta de que los miraba, me dijo que podía agarrarlos. Escogí Cartucho . Guardaba novelas, unos libros de poesía y otros con nombres sonsos: Sopa de pollo para el alma y ¿ Quién se ha llevado mi queso ?
Típicos libros de viejas estiradas. Ahí le pregunté por el marido.
Fue contador, dijo, y yo me lo imaginé odioso, parecido a la maestra Rosaura, de Matemáticas, que señalaba el pizarrón con una regla.
Rápido le pedí a la Márgara que me hablara del fulano y sin pensarlo me soltó que había sido muy duro, y “duro” nunca es amable ni cariñoso.
Creo que al borracho le quedaría “durísimo”, mejor “cabrón”.
Aunque quién sabe qué dirían sus amigos.
Es cierto eso de caras vemos, corazones no sabemos .
Después de Dolores, me tocó una vieja que prendía veladoras por sus dolencias y encargaba al súper pan dulce, chocolates y Coca-Cola para ella sola.
Duré poco ahí, con todo y la cara de víctima, no era de las mías.
En cambio, en casa de la Márgara cada detalle decía que sí .
Mejor me hubiera entretenido con Cartucho . Lo leí en la prepa Benito Juárez y me acuerdo de que la niña jugaba con los muertos. Así hago yo, me distraigo con lo que hay, ya sea el migajón o el David Valenzuela. Mejor me callo, estoy peor que el chamaco pendejo, sola jodí mi novena tarjeta.
El tarjetero de mis muertas no es la única caja de tesoros.
Tengo uno de la primaria con dibujos de Rocío sin lengua, por decirme fea; de Aracely pelona, por sacarme de las matatenas.
Se quedaron enterrados en una maceta de Tepalcates.
Los envolví en una bolsa de plástico, sabía que me iban a meter en problemas si alguien los llevaba a la dirección de la escuela.
Las tarjetas de mis muertitas están en una jardinera, las lombrices me guardan los nombres, la edad, sus santos preferidos, las fechas, los detalles que una cree que nunca va a olvidar, pero que más vale apuntar.
La memoria es bien jodida y luego juega malas pasadas.
Esos tarjeteros se quedaron afuera y ni cómo pedirlos, si son la confesión de mis mejores momentos.