17. Márgara
Después de revolver el pasado contenido en la maleta roja, Márgara se sintió tentada a dejar los vestigios de su vida en manos de quien se ocupara de vaciar el departamento tras de su muerte; sin embargo, unos días más tarde, por borrar los episodios escabrosos, decidió hacer una limpieza y entregar a Luz los objetos que pudieran serle útiles.
Con la firme intención de expulsar de la casa los esqueletos de su matrimonio, en cuanto Luz le da los buenos días, Márgara le pide que deposite sobre la cama el cajón central de la cómoda y que le acerque el bote de basura del baño.
También solicita un pan tostado con jamón para desayunar de prisa, sin ensuciar la colcha, pues piensa sentarse con su bata color ciruela frente al cajón y la bandeja.
Lo primero que saca es una bolsa de lona con llaveros oxidados.
Reconoce el medallón de la Virgen de Guadalupe del que pendían las llaves de su madre.
Conserva ese, el resto lo aparta. Extrae tres plumas sin tinta y las echa al bote.
Del manojo de abanicos propios y heredados, separa dos: uno pequeño para bolsos de noche y otro largo, útil en las tardes calurosas.
Toma un sobre de estraza, contiene residuos de lengua de vaca, el remedio anticonceptivo de la yerbera del mercado Lázaro Cárdenas.
Si recuerda correctamente, lo inauguraron tres años antes de su boda y se amigó con la vendedora gracias al preparado de ruda con melisa para los cólicos.
Tira el sobre a la basura, le parece increíble que todavía exista.
Supone que acabó en el cajón tras caer de entre las páginas de su libro de oraciones que protegía su secreto de Gabriel y evitó peores cicatrices que la ocasionada por el florero verde.
Le es imposible olvidar cómo el florero resbaló de entre sus dedos jabonosos, se estrelló en el piso y lanzó un fragmento a su tobillo izquierdo.
La sangre brotó a borbotones. Ella tuvo que ponerse de pie, contener la hemorragia con un trapo y llamar a Ignacio mientras Gabriel, con las manos en la cabeza, combatía un desmayo.
Su hermano la llevó al hospital, le sostuvo la mano en tanto un residente suturó la herida y, mas tarde, la devolvió al departamento.
Pretendió quedarse a dormir en la sala cuando descubrió que su cuñado ya estaba acostado.
Ella se negó, lo despidió con un abrazo agradecido, deslizó su vendaje hasta la habitación, colocó un cojín en la cama y se tendió sin desvestirse, con la pierna elevada, tal como había indicado el doctor.
Siente un calambre en la pierna izquierda, la separa del piso y hace círculos con el pie. Comprende que la sensación la provocan los recuerdos más que cualquier rastro de la herida.
Hurga en el fondo del cajón, saca un pañuelo blanco con una “M” bordada en beige.
Le asusta su aparición en ese preciso instante, incluso sopesa la posibilidad de que Gabriel la siga importunando desde el más allá.
Con ese pañuelo se limpió las lágrimas mientras la herida del talón punzaba y ella contenía los lamentos por no despertarlo.
Aquella noche, los ronquidos grabaron en su piel un anhelo de ser abandonada, que se reiteraba cada vez que él amenazaba con largarse por la falta de hielo o por el cuello mal planchado de una camisa.
En ese tiempo, ella adquirió la costumbre de imaginar a su esposo sobre la acera, con dos maletas en aguardo de un taxi.
La fantasía le producía un alivio similar al que encontraba en la azotea, donde la sola posibilidad de saltar al vacío la calmaba con la esperanza ofrecida por el fin de la desesperanza.
Con el timbre del buró llama a Luz, le pide unas bolsas de plástico y el bote de basura grande de la cocina.
—También préstame los dos cajones de abajo. Hoy voy a revisar tres y después me doy un baño.
—Aquí le dejo el segundo, cuando acabe le paso otro.
Del nuevo cajón, extrae la perilla plateada de un viejo radio, se deshace de ella y toma un alhajero.
Cada par de aretes le amplía la sonrisa, son de cuando era niña, sus preferidos siempre fueron los turquesas.
Hay un imperdible con medallas, tenía la función de protegerla cuando su madre lo prendía en sus vestidos.
Con delicadeza saca el broche de zafiros, la única joya que su madre trajo de España.
Puede verla el día de su boda con el broche en el lado izquierdo del pecho, sobre el vestido verde esmeralda.
Acomoda la alhaja con sumo cuidado, pasa las yemas de los dedos sobre los zafiros ovalados y cierra el alhajero.
Se dice que pronto se la entregará a Luz.
Quizá elija una medalla para Virtudes. Sigue pareciéndole intrusiva, pero son evidentes sus esfuerzos por ser amable.
A un lado del joyero, encuentra el costurero de viaje, un rectángulo enrollable que contiene hilos de colores, agujas, un dedal plateado y siete botones; seis son repuestos, el de madera marrón es de la teba de su hermano.
Del otro lado ubica un saco de yute con los botones de reserva de las camisas de Gabriel; lo tira al basurero.
La ropa a la que pertenecían lleva décadas en un dispensario.
Más atrás, protegido por una franela roja, está el de reloj de pulsera que solía usar Ignacio.
Se lo entregaron en el hospital después de su muerte.
La correa luce gastada, las manecillas están detenidas en las cinco veintidós, una hora que no le dice nada, tan solo que a su hermano menor el tiempo se le acabó.
Hace un esfuerzo por imaginarlo con el pelo blanco y el rostro arrugado como el suyo; con unos lentes bifocales de carey, sin saco ni corbata, sino con la chaqueta azul marino sobre un pantalón gris.
Acaricia la carátula del reloj y lo guarda en la esquina frontal derecha, a su alcance, entre un rosario de palo de rosa que era de su madre y la peineta que también lució el día de su boda.
De Gabriel, lo único de valor que conserva es un fistol y está dispuesta a deshacerse de él ese mismo día. Lo heredó del padre y lo llevaba puesto la noche de la boda de su amigo Héctor, a la que llegaron tarde por culpa de un botón desprendido del saco.
Por el botón, el saco negro va a dar al piso, a un “inútil”, un “desesperante”.
Siguen la sopa insípida, los libros que la distraen de sus obligaciones, el tejido inservible, los diez minutos de retraso el domingo anterior y la falta de champú en la regadera dos veces desde que se casaron.
Márgara recoge el saco, busca el costurero y se sienta a arreglar el desperfecto.
Con cada puntada que une el botón a la tela, su mente sella también la boca de Gabriel; la aguja perfora el labio inferior, después el superior, repite la puntada de comisura a comisura y remata con doble nudo.
La boca queda imposibilitada gracias a un zurcido perfecto, tan inamovible como el peinado engominado que la reprueba.
Con esa imagen en la cabeza y una leve sonrisa, entrega el saco negro listo para usarse.
El marido confiere al gesto el carácter de una disculpa.
Después de evocar aquella ficción, el retrato, antes puesto boca abajo, acaba en el cesto de basura.
Se dice que si a alguien le interesa, puede rescatar el marco y romper la fotografía, pero Gabriel se merece ir de cuerpo completo al basurero.
Al verlo de cabeza, se da el lujo de enriquecer la escena imaginada sesenta años atrás.
Se coloca sobre el cuerpo, a la altura del pecho, con las rodillas contiene los brazos masculinos; con la palma izquierda paraliza la cabeza y en la derecha sostiene el hilo cáñamo.
Lo sustituye por una cuerda con la que logra mantenerlo sujeto al colchón.
La imagen de Gulliver se instala en su cabeza.
Gabriel atado o cosido a una tabla. Atado o clavado a una cruz.
Se persigna ante la blasfemia. Se recuerda que Cristo era inocente, un mártir.
Su esposo, culpable. Recuerda a los ladrones que también murieron crucificados y visualiza a Gabriel pendiendo de los maderos, con el traje negro en vez del consabido taparrabos. Gabriel, el ladrón de su tranquilidad.
Le sorprende la viveza de la imagen que acaba de crearse, por una parte le parece graciosa, por otra le corrobora su persistente encadenamiento a los malos recuerdos.
—¡Luz! —grita.
Desentume sus piernas antes de ponerse de pie, mira en derredor sin comprender cómo vivió once años con su marido y casi sesenta más con la presencia del retrato al lado de la cama. Lo atribuye a la niña proclive a la ensoñación que fue.
Se acerca a la ventana en busca de un poco de verdor.
Ignacio y ella fueron salvadores de especies en los días de campo, incluso volvían a casa con ranas parduzcas que escondían de sus padres.
También fueron arqueros armados con flechas invisibles que se defendían del ataque de las bestias de bata blanca, esas enfermeras armadas con jeringas que los perseguían en el consultorio del pediatra.
Ante la incapacidad de escapar, ellos hacían conjuros destinados a derretir las manos de las enfermeras y esperaban encontrarlas mancas en la siguiente cita.
En verdad creía que podrían librarse de la siguiente vacuna.
O lo deseaba sobremanera. Le asombra tanta ingenuidad.
Se la ratifican los camisones largos de su madre que ella usaba como vestidos de princesa.
A los catorce, la mantilla negra se desteñía por arte de magia y se transformaba en el velo perfecto de una novia.
Intenta abrir la ventana, necesita aire, sus dedos deformes carecen de la fuerza suficiente para desplazar el cancel.
—Luz —vuelve a llamar, quiere su ayuda.
—Dígame.
—¿Puedes correr la ventana, por favor?
—Listo, no se asome demasiado.
—Espera, mira en el buró, el pañuelo con la “M” es para tu madre y el fistol, para tu padre o para quien tú quieras.
—¿De verdad? ¿Está segura?
—Sí, tómalos.
Con un suspiro, Márgara saca la cabeza por la abertura del cancel y busca aromas florales.
Se topa con el aire denso proveniente del tráfico.
Si antes no consiguió que Gabriel se fuera de casa, tampoco logra en ese momento que a su olfato lleguen notas perfumadas.
Hasta cierto punto culpa a sus padres por contarle versiones amables de la verdad.
Muy tarde se enteró de que sus adorados abuelos de Bilbao dormían y comían en habitaciones separadas, pues detestaban el deglutir del otro: las amantes habían circulado por las noches del abuelo mientras la abuela enfermaba del hígado.
Más grave le pareció el engaño sobre la muerte del tío Roberto en Cuernavaca.
Ya estaba casada cuando su madre confesó que nunca sufrió un infarto, sino que se pegó un tiro y viajó rígido, con sombrero, en el asiento del copiloto para evitar el escándalo y poder ser sepultado honrosamente en el Panteón Español.
Se aleja de la ventana, con cada paso corto acepta que aprendió a engañarse, como hizo con la idea de montar una florería después de enviudar.
En un principio, pensó que trabajar entre flores alejaría los fantasmas de su cabeza y le permitiría una situación económica más desahogada.
Entre la venta de la casa de sus padres, los ahorros que le dejó Ignacio y su escueta pensión de viudez, cubría sus gastos, pero la atemorizaba ver disminuir el capital.
Eleva la vista al techo, si la necesidad la hubiera obligado habría vuelto realidad los dibujos de cubetas blancas llenas de botones amarillos, lilas, naranjas, fucsia; jamás rosas rojas.
Bueno, unas pocas , accedía en su ficción porque nunca dejó de creer que existen hombres bien intencionados con los que puede compartirse la vida, como lo fueron Ignacio y también su padre, melancólico, sí, pero nunca hiriente.
Cruza los brazos y hace una mueca de enfado; su mayor arrojo consistió en buscar locales durante un fin de semana: un salón de belleza le pareció demasiado grande, una reparadora de calzado le resultó pequeña.
Por último apuntó tres números telefónicos que jamás marcó.
Se sujeta del bastón y con las piernas temblorosas llega hasta el espejo de medio cuerpo que cuelga sobre la cómoda y le parece inconcebible haber vivido ochenta y nueve años para morir sin dejar nada.
Lo único que podrá decirse de ella es que fue una católica devota.
Acabó conformándose con asistir a misa cada mañana y con ocuparse en la doctrina de los pequeños por la tarde.
Vuelve a suspirar. La definición correcta es “una católica devota y embustera”.
Le era imposible doblegar el sentimiento de falsedad cuando repasaba los diez mandamientos con los niños.
Intentaba, entonces, reiterarse en cada clase que aquel era el camino de la redención.
Detesta mirarse en el espejo, el físico avejentado es lo de menos, le incomoda el vacío que la constituye.
Regresa al sillón, desde ahí ve la cama y otra vez imagina a Hortensia sentada en su lugar, sopesando cuándo matarla.
Ella no se conforma con idear imposibles, como coserle la boca a Gabriel , se dice.