El eco de mis muertes 16. Hortensia
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16. Hortensia

Mis crisantemos quedaron chidos. La próxima voy a pintar un vaso de color café para que parezca maceta.

—Gracias, maestra.

—Ojalá te animes a regresar.

—Sí, por acá nos vemos la próxima semana.

Voy a guardar mi ramo a la estancia, es sorpresa para la Lupe. Me da tiempo de bajar al rancho a las dos de la tarde. Ahí anda Rosa, de una vez le pregunto si vamos juntas.

—Ay, Tencha, ya me cansé de las papas en caldillo del rancho. Mejor pasamos por unas Maruchan a la recaudería. Allá te vemos.

—Ando pobre. Vayan ustedes y nos encontramos a la hora de la lista.

—¿De plano nos abandonas? Hazle caso a mamá Lupe y vende las flores, están bonitas.

—¡Gracias! Estas se las voy a regalar a ella, pero voy a hacer unos geranios o unos alcatraces.

—Luego nos vemos, Tencha.

Qué hace aquí tanta chismosa. Me ven como si tuviera monos en la cara. Ahorita mismo me dicen qué se traen merodeando en la escalera.

—¿Qué tanto me buscan, cabronas?

—Eres famosa, Tencha. Estuvieron hablando de ti en la tele; bueno, de ti y de la Juana. Dicen que tú le copiaste.

—¿Qué? ¡Ni madres! Déjenme pasar.

—Espérate, Tencha, según que querías ser igual de importante que ella.

—Están pendejas. —Parecen moscas zumbonas a mi alrededor y normalmente ni se acercan—. A ver, suelten el chisme completo.

—Fue un programa en FOROtv. Te tildaron de copiona, que porque te gusta la fama.

—¿Quién dijo?

—Dos güeyes trajeados, uno era psicólogo y el otro policía, o algo así.

—¡Pura mentira! ¿Qué tengo que ver con una que se creía luchadora y enfermera?

Yo sí estudié. Y para que sepan, mis muertas ya estaban muertas desde quién sabe cuándo; déjense por lo achacosas, más bien porque no eran nadie.

Ándenles, mitoteras, mejor ocúpense cada una de sus desmadres.

¡Ya, córranle! Me colmaron la paciencia.

—Copiona.

—Copiona tu puta madre.

Resulta que le intereso a alguien, será a puro desconocido, los amigos y los parientes desaparecieron.

Ya se me fueron las ganas de armar el ramo de crisantemos.

Tampoco quiero acostarme. Siento chinches en los pies de puro coraje.

¿Qué le importan a la gente mis porqués?

Son míos y no todo tiene un motivo. De chamaca sí creía que las cosas pasaban por una razón, sobre todo por joderla. Ya no… o ya no siempre.

Voy a darle una barrida a la estancia. Si me estoy quieta, las chinches de los pies me van a llegar hasta el cogote, aunque nada más me las figure.

Por ahí de los doce años aprendí a medir el humor del borracho y me di cuenta de que cuando ya te cargó la chingada, mejor lo aceptas.

Mientras existen esperanzas, ahí está una dándole vueltas a lo mismo.

Así les pasa a los pacientes, sueñan con que van a mejorar gracias a una fisioterapia y a un nuevo aparato que les va a revivir las piernas, o con que al rato la tecnología los va a volver biónicos.

Así cualquier familiar anda de un lado para otro empeñando hasta la estufa para conseguir lo imposible.

En cambio cuando se sabe que no hay de otra, es más fácil.

De barrer con tanta enjundia me salió una ampolla.

Mejor le paro un rato. Estar sentada es peor que el ardor de mi dedo.

Ya debería tener callo para la barrida. Soy lenta de aprendizaje.

Me costó un buen darme cuenta de que los domingos, aunque empezaran con música de Napoleón, José José o Vicente Fernández, eran mera promesa de tranquilidad.

Nos alistábamos para ir a desayunar a Chapultepec mientras oíamos:

…abre tus brazos fuertes a la vida,

no dejes nada la deriva,

del cielo nada te caerá…

Llegábamos al lago y mi mamá extendía el mantel de cuadros rojos y blancos encima del pasto.

El calorcito del sol en la cara se sentía rico.

Brincaba la reata con mis hermanas. El borracho estaba sobrio y cantaba …

yo no nací para amar, nadie nació para mí …

, en lo que mi mamá untaba galletas con mermelada de fresa y nos las repartía.

Lo malo era comprobar, de regreso a la casa, que las canciones decían la verdad: nada caía del cielo, el borracho no sabía amar y las razones valían madres.

Los que sí aparecían seguro eran los madrazos que untaban la almohada con sangre color fresa.

Lo peor era volver a esperanzarse al siguiente domingo, como si el anterior hubiera habido sol, mermelada, Juanga y ningún chingadazo.

Lo peor de lo peor fue tardarse años en aprender que cualquier cosa buena dura un par de horas.

Pues sí salió basura con la barrida. Sacudir me da hueva, me voy a acostar un rato con la ballena de Cintia.

Es suavecita y nadie me ve. Se burlarían si me encuentran con el peluche.

Me gustan los peluches. De chamaca me creía la princesa Amanecer, según yo iba a encontrar la cueva de las orquídeas susurrantes, adonde no podía entrar ningún cascarrabias. Acabé acá encerrada, en otra cueva.

Era también domingo cuando vi al Román salir de la práctica.

Estudiaba enfermería igual que yo y estaba reteguapo, se parecía a Chayanne.

Era más alto. Los dos nos miramos y lueguito empezaron las promesas.

Nos veíamos cada domingo, íbamos a comprar nieve de guanábana y contábamos los huesos como los besos que nos íbamos dando.

Entre tanto besuqueo me tragué sus promesas hasta que desapareció.

Me dejó plantada en la heladería trapeando mis ilusiones.

Las exprimí en el excusado para que se fueran por el caño con todos los motivos o razones por los que se olvidó de sus juramentos de matrimonio.

Pensé que era distinto y le lloré más de un mes.

Anduve de rogona en el hospital; cada que lo veía le preguntaba qué había hecho yo, hasta que lo encontré muy arrimado con una morena y por fin entendí que era igual de cabrón que el borracho.

Este peluche es mejor almohada que la mía.

Ya me está entrando hambre, lástima que la recaudería sale cara; qué Maruchan ni qué la chingada, mejor me como un sándwich con el pan Bimbo de la Cintia y una de las rebanadas de queso amarillo que cambié por ponerle un estatequieto a la nueva de la estancia de junto.

Llegó muy gallito y sus compas me tentaron con el intercambio.

Si no aprendió, la próxima me la agarro para sacarle brillo al cemento y de paso pido unas conchas de chocolate. Así es la cosa aquí… y afuera también.

¡En la madre, se me fue el tiempo, apenas llego a la lista!

—Tencha, ¿dónde andabas? Hasta a ti te mandan al módulo si te vuelas la lista.

—Ni me digas, Lupe. Me entretuvieron unas cabronas con el cuento de que yo copié a la Juana.

—¿Y?

—¡Para nada! A la gente le encanta inventar, y de paso la joden a una. ¡Acá, presente!

—Mira, Tencha, ahí viene una remesa.

—En lugar de remesas, a las nuevas les deberían de decir remensas .

—Las recién llegadas dan lástima. Vele la cara de espanto a esa.

—Hay que averiguar qué la mandó a hacernos compañía.

—Ándale, vamos, pero mira quién se queja de las chismosas.

—Es distinto. Qué carajos les importa mi vida a los de la televisión.

—Ay, Tencha, deja de hacerte pendeja.

—Todos andamos en el mismo carrusel; si te agarras o te caes es cosa de suerte y de las mañas que una aprende.

—Sí, y tus muertas fueron pura suerte y maña, ¿no?

—De seguro mi mamá diría que por eso me voy a quedar encerrada para siempre. Adelántate, Lupe, tienes razón, conmigo se va a asustar la remensa .

Un rato de sol le hace bien a mis huesos y el cielo está chido, ha de haber poca contaminación.

Mi mamá andaría feliz diciendo “te lo dije”.

La verdad es que los castigos encabronan en lugar de enderezar.

Por eso yo me escapo de aquí figurándome mujeres igualitas a mi mamá.

Me doy una vuelta por Tepalcates, paso por la casa, casi enfrente de la tortillería conozco a mi próxima muerta.

Le pongo los ojos de la Sol, el pelo de la del hijo ingrato, las arrugas de todas y el vestido verde de la mala suerte de mi mamá.

La veo en su cama con una colcha color vino.

Nunca me ha tocado ese color. Después la paso a la silla de ruedas, entre dos cojines, así no se desguanza.

Le gusta dar la vuelta en el jardín. Me dice Valeria por aquí, Valeria por allá, me da dulces de anís, me pide las calcetas y sé que es su tiempo.

Me la agarro dormida, abre los ojos por última vez cuando le aprieto el cogote y se da cuenta de que se le acabaron las oportunidades y desperdició su vida.

Me mira con miedo. El único sonido es el de la garganta buscando aire.

Shh…, cállense. No me gusta el ruido. Odio los gritos.

Odio la sangre. Los gritos sacan a la Hortensia que me recuerda al borracho.

Shh… Otra ficha completa para mi tarjetero.

Me gustan las paredes blancas. Los muebles me dan lo mismo, son puros cachivaches con telas gastadas.

Siempre aparece un san Antonio, alguna virgen y hartas medicinas.

Mejor esas ya no me las voy a imaginar, se cayeron del buró de la Márgara y no pude abollarle el cráneo ni se me ocurrió ahogarla con la almohada.

—Lupe, ahí me cuentas qué onda con la nueva remensa .

—¡Pinche Tencha! Eres bien cortada.

¿Qué le quiero ver a otra que se jodió la policía?

Hace que me acuerde de mis pendejadas. Por cierto que el departamento de Márgara no olía a tepache.

Es raro, los enfermos huelen a fermentado.

¿Será que ella se ponía su perfume de rosas?

También se quejaba menos que otras. Aquí sí hay escándalo.

Es distinto. No es una voz aprieta panzas, como los gritos del borracho, se siente más arriba, en la cabeza.

Es un revoltijo de ecos, de pasos, de radios que apendejan según pasan los días.

Si hubiera sabido de esta escalera, en lugar de subirme en el elevador de la Márgara, me hubiera entrenado para los cinco pisos.

Me contradigo sola. Según yo, lo pasado ya pasó sin importar las razones y sigo dándole vueltas al lugar donde me jodí.

Por lo menos, no me meto en los problemas de otros.

A todas nos gusta saber las historias de las remensas y a cualquiera le intriga que la Güera sea íntima de la Chimuela; una no mata una mosca y la otra le cayó a machetazos al marido y, aunque sus buenos motivos habrá tenido, la verdad es que es asunto de ella.

Como me toca a mí averiguar por qué la Márgara ni levantó los brazos para protegerse.

Hasta el bicho más fumigado se enrosca o intenta correr cuando ve venir el pisotón.

Ella apenas entrecerró los ojos. Ni que fuera una lagartija capaz de regenerar el cráneo.

El domingo que vino me salió con que ya se quería morir, pero a la mera hora todos corremos de la huesuda.

Ya casi van a dar las cinco, otra vez la lista.

¿A poco la Lupe sigue cotorreando con la remensa ?

Voy a verle los ojos. Por los ojos mido a las viejas.

Ellas me regalan su aliento hasta que me lo trago.

Pinche Márgara sin espanto ni ruego. Eso no me quita lo pendeja.

Se me olvidó cuánto me gusta sentir el pulso en la yugular.

Se acelera, después se hace lento, desaparece.

Ahí vienen corriendo Cintia y Rosa.

—Ándenle, chamacas, esta vez se les estaba haciendo tarde a ustedes.

—Tencha, salió tu jeta en la televisión.

—Sí, Rosita, ya me dijeron.

—¡Hazte de fama y échate a dormir!

—Pues eso sí, más vale que la tilden a una de cabrona que de pendeja. Oigan, agarré dos rebanadas de pan Bimbo, me cae que les voy a pagar en cuanto genere mi baro.

Aquí a nadie se le hace chistoso tener que compartir. Luego se les ven las caras de “ni remedio”. Mañana me doy una vuelta a ver si alguien necesita un favor que quiera pagar. También me voy a apurar para vender los alcatraces el próximo domingo.

Ya me estoy aclimatando, hasta ganas de acostarme tengo, como si el concreto fuera una cama con colchón. Bien dicen que una se acostumbra a todo, menos a no comer.

—¡Puta! Mis tenis huelen a muerto. Eso de tener un par está muy jodido.

—Si llegan los sacos de ropa, ponte viva, Tencha.

—Lo malo es que soy de pie grande, Rosita.

—A veces llegan puros grandes, ya ves que son sobras.

“Sobras”, eso somos nosotras, sobramos igual que las regadas de Dios, desde siempre ha mandado cojos, ciegos, tarados, como el de El Amante de Janis Joplin .

Además de idiota, lo hizo pobre y lo dejó entre narcos.

Al menos debería asegurarse de que cada una de sus regadas tuviera un par de muletas para defenderse.

Aunque luego una se defiende y acaba peor que sobra humana.