El eco de mis muertes 15. Márgara
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15. Márgara

Márgara permanece sentada, estática, con la duda clavada en el pensamiento.

Es incapaz de saber qué la salvó; sin embargo, sabe bien del dolor que nadie ve, pues no sangra y se lava con lágrimas en la intimidad de una regadera.

Esos dolores callados se arrinconan en los nervios y en los músculos, los enredan, los vuelven un tormento físico inmune a los analgésicos.

“No sabes ser esposa, ni hija, ni hermana; menos mal que no fuiste madre”, recuerda, después de sesenta y siete años, las palabras exactas de Gabriel por culpa de una tortilla de papa muy cocida.

Ese tipo de descalificaciones a causa de nimiedades envenenaron a diario su matrimonio y ahuyentaron la posibilidad de un balance positivo en el libro de los días.

La premura por ver llegar a su marido en las noches se convirtió demasiado pronto en miedo.

El gozo de despertar a su lado se volvió incomodidad.

El entusiasmo por preparar nuevos platillos se tornó en extrema prudencia, y la única escapatoria posible se la brindó la imaginación.

Mientras Gabriel desquitaba la ira de su paladar o de cualquier parte del cuerpo, ella se imaginaba un traspié, un golpe amnésico en la cabeza, capaz de volverlo amoroso como el gato que acarició en la luna de miel.