El eco de mis muertes 13. Márgara
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13. Márgara

El sonido de campanas encuentra a Márgara en su sillón dorado con un vaso de agua entre las manos, prescrito contra la deshidratación.

Ella se guardó de decir que bebe pocos líquidos porque desconfía de su vejiga vencida.

Reniega cuando el timbre suena de nuevo.

Para su mala suerte Luz salió a buscar unas manzanas que preparará en almíbar.

El campaneo incesante apremia los pasos cortos de Márgara y su semblante trasluce exasperación cuando ve la cara de Virtudes; sin embargo, el gesto, lejos de desalentar a la visita, hace brotar palabras atropelladas que se adentran hasta su recámara.

Márgara sigue con dificultad el andar apresurado.

No da crédito al descaro de la mujer. Cuando por fin la alcanza, Virtudes ya ha encendido el televisor y ha encontrado el canal deseado.

—Mire, están hablando de la enfermera que quiso matarla, ya me perdí una parte por venir a avisarle. —Se sienta al pie de la cama.

A Márgara le toma unos segundos seguir la línea del remolino que entró en su casa. Apenas comprende, se acomoda al lado de Virtudes, dispuesta a oír cada detalle capaz de arrojar luz sobre lo ocurrido. Recarga el bastón en el borde de la cama.

Los especialistas inician con el concepto de eutanasia.

Según ellos, es el primer móvil de quienes deciden matar a personas mayores o enfermas, aluden al conocido Doctor Muerte, Jack Kevorkian, para después establecer que ni Juana Barraza ni Hortensia actuaron movidas por un sentimiento de conmiseración.

Se centran en el caso que a las televidentes menos les interesa.

Consideran a la asesina inicial como la primera pieza que sale del molde maestro, en tanto que las copias poseen menos valor.

El criminólogo llega al extremo de asegurar que la “Nueva Mataviejitas”, como ya es conocida, actuó movida por una necesidad de protagonismo y usó la imitación para conseguirlo, tal como sucede con los famosos copycats .

Es él quien domina las intervenciones y desespera a Márgara.

Ella desea oír un análisis centrado en el estudio psicológico de cada una de las asesinas.

—Deberían entrevistar a Hortensia. —Estira las piernas y el bastón resbala hasta el piso—. Déjelo, así no vuelve a caerse —dice a Virtudes al notar que intenta levantarlo.

—A nosotros también tendrían que preguntarnos, por lo menos a mí; les diría que nuestra asesina tiene más cara de enojo que de compasión y no creo que quisiera salir en el periódico —contesta Virtudes con la vista en el bastón.

Márgara se limita a asentir. Esta vez coincide con la vecina, meses de gloria no valen una vida encarcelada y, en efecto, Hortensia buscaba desquitarse. Ella vio en su cara rencor, incluso asco.

—Además, ¿a poco hay gente tan desequilibrada como para matar nada más por remedar? —Virtudes encuentra en el rostro de la anciana una negativa y se siente satisfecha.

La emisión regresa tras otra ronda de anuncios comerciales y analiza el modo de operar de las homicidas.

De acuerdo con el psicólogo, Juana Barraza fue más sanguinaria: les cobraba a sus víctimas el abandono de una madre alcohólica, capaz de venderla a cambio de tres cervezas, y también el maltrato sistemático del hombre que la adquirió como una mercancía sexual o una simple cocinera.

Debido a su historia personal, esta primera asesina carecía de rituales y planeación, ella actuaba al ritmo que le exigía su pulsión destructiva: dañar de la misma forma en que fue lastimada.

—¿Por qué no mató a su mamá y ya? ¿Para qué tenía que cargarse a tanta viejita? —pregunta Virtudes, tras oír que Juana Barraza acabó con la vida de al menos dieciséis mujeres desvalidas con diversos objetos, desde un estetoscopio hasta un puñal.

—Entonces, ¿por qué Hortensia siempre ahorcó? Si lo único que quería era darse a notar, también pudo haber apuñalado —cuestiona Márgara con una pregunta más dirigida a ella misma que a Virtudes.

—Es lo mismo, las mató.

Márgara asiente de nuevo, pero piensa que ella preferiría morir ahorcada que con el cuerpo ensangrentado por culpa de diversas cuchilladas.

El psicólogo rebate la posición del especialista en criminología.

Para él, la clave de la metodología radica en las heridas interiores.

Establece que son invisibles e individuales y que, en la profundidad de los traumas, hay dos factores determinantes: la contundencia y la frecuencia.

Para aclarar al público su punto de vista, hace una comparación entre la herida de un cuchillo y las ocasionadas por un picahielo; mientras que el cuchillo hace un corte mayor, el picahielo puede tornarse más peligroso si se clava repetidas veces; es decir, los daños infligidos cotidianamente suelen derivar en traumas más severos que la existencia de un único y aislado golpe en la vida.

—Si entendí bien, los trancazos duelen por la fuerza y por lo tupido —comenta Virtudes—. ¡Eso no es novedad!

—No, así es desde los chinos, el goteo constante sobre la cabeza era una forma de tortura.

—Entonces para Juana Barraza fue una cuchillada que su mamá la vendiera; y a Hortensia no sabemos si le tocaron muchos picahielazos.

Márgara está a punto de responder cuando la incordia una tos. Virtudes le acerca el vaso de agua sin saber si debe golpearle la espalda, levantarle los brazos o esperar. Para su tranquilidad, después de dos sorbos, la anciana respira con serenidad.

—Se me secan la boca y la garganta, ya el doctor me mandó beber más agua —continúa después de una breve pausa—: Yo pienso lo mismo: a Hortensia debieron tocarle varios golpes en la vida.

—Como le pasa a la señora del 202, siempre se queja de que los niños molestan a su hijo y nadie le hace caso; a ver si un día les cobra de una sola vez tres años de burlas. —Anima a Márgara a tomar otro trago de agua.

—Fue suficiente, gracias —rechaza el vaso—. Pues no me extrañaría. Cuando era joven aprendí que el maltrato acaba con la paciencia, con la educación y hasta con el miedo.

—¡No me diga! —responde Virtudes con un dejo irónico. Dado que su vecina es descortés, apenas el día anterior volvió a desairarla, le cuesta trabajo creer que la mujer altanera que tiene al lado haya enfrentado el maltrato en algún momento de su vida.

Cuando el programa concluye, la conductora extiende una nueva invitación a los expertos.

El tiempo resultó insuficiente para agotar el tema y responder a las llamadas telefónicas y los tuits.

Los invitados se comprometen a volver. Ambas mujeres esperan oír la fecha en la que les dirán qué fue eso que hartó a Hortensia.

Dos semanas es lo que deben aguardar. Aunque Virtudes desea quedarse para sumergirse en la obsesión que la ha tenido atrapada desde el intento de asesinato, decide irse antes de enfrentar otra grosería.

—Pensé que esto sí le iba a importar —dice al ponerse de pie.

—Gracias. Podemos ver juntas la siguiente emisión, le agradeceré que me la recuerde. ¿Me perdona que no la acompañe? —Márgara esboza una sonrisa como bandera de paz—. ¿Puedo pedirle otro favor? ¿Me acerca el bastón?

—Aquí está. Buenas noches —se despide Virtudes, satisfecha por haber descubierto el programa y, sobre todo, porque cree haberle dado una lección de cordialidad a la vecina.