11. Hortensia
Me atrapó el chamaco pendejo de El amante de Janis Joplin y ya se me hace tarde para ir por la pintura al taller de cerámica.
Voy a bajar corriendo y si otra vez me entra el desvelo, aunque sea pinto con la luz de la luna.
Me caga andar dando vueltas pendejas en la cabeza.
De plano prefiero el día a la noche. De día es raro que alguien se meta conmigo, en cambio a los fantasmas les encanta joder en la oscuridad.
A cada rato tengo que sacarme a la Márgara de la cabeza.
Ni para qué hurgar en lo que pasó con ella: que si los ojos de chicle bola, que los labios sin muecas, que si el ruido de los bastonazos. ¡La jodí! Y llorar no me sirve de nada.
Eso sí lo aprendí desde chiquita. Me escondía entre el buró y la pared, me tapaba las orejas y oía menos los lloridos de mi mamá o las mentadas del borracho.
Busco días tranquilos en mi memoria y nada, que si faltaba Coca-Cola para la cuba, que quién se bebió el Bacardí y las chelas, que quería brindar con mi Don Ramón y valió madres.
Esa güera me recuerda a mi mamá. Dicen que se llama Blanca, de seguro sus papás adivinaron que iba a querer ser transparente.
Camina encogida, parece que les pide permiso a las paredes.
La voy a saludar y va a brincar del susto.
Se espanta de todo y sigue sin prestarme El conde de Montecristo que le pedí.
—¡Qué pasó, Güera! ¿Por qué tan solita?
—Aquí, nada más.
—¿Mi libro?
—Todavía nos falta la mitad.
Ni se atrevió a verme y apenas le oí la voz.
Me divierte asustarla y así vigilo si tiene cara de muertita.
Lo malo es que está joven; lo bueno, que vive mocosa de tanto chillar.
Es de las que nunca aprenden que las lágrimas son agua y sal.
¿Qué pueden ser además de agua salada? Son pura impotencia por aguantarse las ganas de partirle la madre al que chinga recio o quedito.
Mis muertas convirtieron las ansias de desquite en victimismo, según porque la Virgen les dijo que los sacrificios son buenos y los reclamos, de ingratas.
Esas dos tilicas parecen palillos de dientes, hasta el color beige les queda pintado.
Creo que son del edificio C. ¿Serán así de esqueléticas o les dará por comer poco?
Una pensaría que, recluidas, lo que sea es bueno, pero resulta que unas le piden a sus familias tópers de lechuga en lugar de tacos de carnitas.
Hasta las he oído decir que se van a operar las tetas cuando salgan.
Lo que está cabrón entender es por qué si culpan a las modelos flacas de las revistas de que las chamacas se mueran de anorexia, no le achacan a la virgen las putizas en las casas.
Al fin y al cabo las dos son ejemplos, unas de lo físico y la virgencita de lo aguantadoras que dizque deberíamos ser las mujeres.
Sí, resulta que sufrir es bueno por el bien de la familia.
Y comiendo poco porque a los hombres les gustan huesudas.
¡Pues que se jodan! A ningún hijo le gusta que su jefa llore y viva muerta de miedo.
Una siente que no sirve para nada. “Obedece a tu papá siempre, es tu padre”, nos gritaba mi mamá.
Le faltaba completar con “no importa que me grite ‘pendeja’ y me deje tarada de un empujón”. Lindo, lindísimo.
Este ha de ser el taller de cerámica.
—Buenas. Oiga, maestra, ¿me puede convidar pintura amarilla?
—Siéntate. Sobre la mesa hay platos con varios colores, también amarillo.
—Quiero pintar luego.
—Quédate. Mira los platos que están haciendo tus compañeras.
—Yo solo le hago al migajón.
—Aquí puedes combinar más colores, pero si quieres puedo darte pintura en un papel, aunque se te va a secar.
Esta vieja ya me ensartó. Pues me quedo a pintar mis pétalos. Al fin parece que nadie se mete con nadie; peor era mi casa cuando jugaba el Cruz Azul.
A medio partido con los Pumas, el Kalimán falla un pase y mi papá se levanta como si el balón le hubiera dado en la cabeza.
Su vaso se cae y ¡madres!, la tercera cuba del día se desparrama por el mantel de cuadros blancos y rojos.
Y ahí va mi mamá a quejarse: “Mauro, de tanto lavarlo se va a gastar”.
La cuba se estrella en la mesa, un plato contra la pared, otro en el piso.
“¡¿Y qué?! En mi casa ensucio lo que me da la gana, que para eso estás, vieja pendeja, más pendeja que el Kalimán”.
Y todos callados, limpiando con pan los platos ya limpios y rezando para que el marcador, por lo menos, se iguale y se le pase la furia al borracho.
Un domingo como cualquier otro, lo bueno fue que el partido acabó en empate y al borracho se le antojó una siesta.
“¡Vieja, ven a acostarte un rato conmigo!”, gritó como si nada hubiera pasado.
De seguro ese día la jefa se secó las lágrimas con la tela de su falda mientras se la levantaba para contentar al borracho.
Después, los ronquidos de máquina oxidada se mezclaron con la música de Heidi .
La huérfana de caricatura iba de una montaña a otra al mismo tiempo que nosotros descansábamos con los ronquidos.
Definitivamente aprendí más que mi mamá.
Aprendí a jamás velarle la siesta a ningún cabrón ni a entrarle a las reconciliaciones.
—¿Me acercas el blanco?
—Ten.
Se van a ver chidas las orillas de los pétalos más claras.
Espero no regarla. Bueno, está más fácil repintar que arreglar el desmadre que hice con la Márgara.
Nadie quiso fingir que todo estaba bien, como hacían en mi casa después de los arranques de furia del borracho.
Puede que la virgen de la doña fuera menos sacrificada que la Guadalupana de mi mamá.
La suya estaba vestida de blanco y tenía una corona de reina.
La nuestra era humilde, con las manos juntas.
“Para que recemos como ella”, de-cía mi mamá.
A lo mejor por ahí tenía otra santita, con el dedo índice puesto en los labios, aconsejándole silencio como las maestras de la primaria.
Cada una de mis muertas tenía alguna virgen cerca de su cama, y cada una rogaba para que le doliera menos el cuerpo, para que los hijos se acordaran de visitarla, para que se reconciliaran entre ellos, para que el perro sanara o para que el gato del vecino se muriera de una vez y dejara de maullar en las noches.
La Márgara rezaba igual, bueno, igual, igual, no; ella agarraba la figura y le hablaba de cerca, aunque sí le pedía perdón a cada rato.
—¿Me pasas el café, porfa?
—¿Este?
—Ey.
Ha de haber pedido perdón por respirar, como la que vivía en un cuarto piso sin elevador y con tres muebles cascados; la única vez que la llamó su hijo, se pasó todo el tiempo disculpándose por darle molestias.
No sé cuáles si yo me ocupaba de ella, incluso me mandaba a casa de la vecina por azúcar para su té.
Me hacía pendeja, qué iba yo a andar intimando con los de alrededor.
Que se diera de santos con que le comprara la verdura y el pollo para su caldo.
No me importaba ir al mercado, de paso me agenciaba unas galletas Emperador o un chocolate Abuelita.
Esa vieja le lloraba a su virgencita sin atreverse a tocarla más que para limpiarla con un pañuelo bordado en punto de cruz.
Me acuerdo que se llamaba Sol y, cuando escribí su nombre en mi tarjeta, me gustó por cortito; si tuviera una tarántula le pondría así.
Ni me costó trabajo despachármela, estaba más flaca que las modelos de las revistas y las tilicas del edificio C.
Me acuerdo de sus cachetes escurridos, ha de haber sido gordita y se le colgaron cuando se quedó sin dientes.
A la mera hora peló los ojos, le pedía ayuda a su virgen, pero se chingó y se fue viéndome a mí que soy más cumplidora que cualquier santo.
En segundos se le acabaron las lágrimas, los dolores y hasta el andar contando centavos.
Se quejan de que no les alcanza el gasto y compran veladoras todos los días.
¿Cuántas horas he visto bailar una llama mientras me figuraba que crecía, llegaba a la virgen, después a las cortinas y encendía hasta el colchón de la cama?
Me gusta el fuego; me pasma cabrón, pero nunca me dio por provocarlo. ¡Me habría perdido los finales!
—Se ven lindos los crisantemos con el color café del centro. ¿Por qué no lo difuminas más?
—¿Cree?
—Ve perdiéndolo con el pincel.
Espero que la maestra no me esté cabuleando como la pinche Márgara.
Me creí su teatro completo. Que si la virgen elegante, que si el joyero y las alianzas de matrimonio guardadas como tesoros, que si rezos y perdón por aquí y por allá.
¿Será que le sirvió hablar con su coronada?
A mi mamá nunca le hizo el milagro de que su marido fuera dulcecito.
Tenía que haber hecho las maletas en lugar de suplicar perdón por la sopa tibia o por la falta de hielos para la cuba.
Piden perdón por lo más idiota: por los niños ruidosos, por abrir la boca a medio partido, porque ya no tienen fuerza para hacer el mole.
¡Viejas pendejas! Nadie tiene que pedir perdón por vivir y arrugarse.
¿Por qué dudé si además la Márgara se empeñaba en ver el retrato de su difunto?
A las sufridas les encanta llorar por los maridos maltratadores.
Se quedan igual que perro sin dueño y con el mecate amarrado al cuello.
Ya acostumbradas a las patadas, las extrañan.
Pinches viejas, son unas escobas que sirven para barrer la porquería de los demás y, cuando ya se gastaron, se vuelven inútiles.