10. Márgara
El timbre obstinado hace que Luz le baje el fuego al guiso de lomo mechado con zanahoria, calabaza y papa.
—¡Voy! —grita mientras se encamina a la entrada del departamento.
—¿Quién es? —sale una débil voz de la garganta de Márgara. Carraspea.
—Es la vecina de abajo —responde Luz a lo lejos—. Quiere saber cómo le fue ayer y si necesita algo —dice al asomarse a la habitación en espera de una retahíla de quejas—. La dejé afuera, esperando.
—Es increíble la velocidad a la que circula la información en este edificio.
Seguramente Juan le contó al portero de mi visita a Santa Martha y él se lo contó a esta mujer.
Su nombre no le hace justicia; debería llamarse Imprudencia, en lugar de Virtudes.
—Luz escucha divertida, recargada en el marco de la puerta—. Dile que estoy cansada, por favor.
En tanto Luz va a transmitir la respuesta, Márgara, por reiterarse el agotamiento que pretextó, hace un recuento del día anterior: se levantó antes del amanecer, pasó frío en el penal, salió sin aquello que buscaba, se enfrentó al dolor de los recuerdos y durmió mal.
Opta por permitirse una breve siesta. En cuanto acomoda la cabeza sobre uno de los cojines color oro, un bostezo se apodera de su boca y aleja la posibilidad de que la vecina parlotee a su lado.
Ya cuatro veces la ha oído ensalzar su intervención para librarla de la muerte y en nada está de acuerdo.
Virtudes salvó a futuras víctimas, pero, en su opinión, a ella la dejó vivir Hortensia.
—Casi hizo un puchero igual a los de mis sobrinos cuando los castigan sin salir a jugar —dice Luz al volver.
Márgara da un respingo.
—¡Estaba distraída! Ya me imagino su cara.
Es peor perderse de un chisme que de un juguete.
—Se humedece los labios antes de seguir—.
En este edificio cada vez se necesita más drama y eso es malsano, tan terrible como que un pequeño se recree con una pistola cargada, siempre va a salir alguien perjudicado.
—Hablando de drama —musita Luz—. Duérmase un rato y yo la despierto en cuanto esté lista la carne.
—¿¡Carne!? No me gusta.
—El doctor le mandó proteínas.
Márgara tuerce la boca. Además del desagrado que le provocan las carnes rojas, perdió el deseo de dormir.
—Ponme más verduras que otra cosa, por favor —pide con resignación.
Después de ver a Luz abandonar la recámara, su mirada se posa en el retrato de Gabriel que todavía mantiene sobre la cómoda.
Lo colocó ahí para establecer un ambiente de normalidad tras su muerte.
Se pone de pie con el bastón y camina hasta la cómoda, se detiene frente a la fotografía.
Eligió esa en especial por ser de los tiempos en que se conocieron: la única época con la que puede explicarse once años de matrimonio.
En ese entonces, además de lucir apuesto y formal, Gabriel mostraba su carácter más afable. Fue de aquel hombre del que se enamoró: de su elegancia, de la loción con notas de naranja y cedro, del rictus serio que pronosticaba compromiso y de la voz grave de actor teatral.
Toma el retrato, el rostro varonil y atrayente dificultaba ver más allá del físico. Por ello reza a diario el “Yo confieso” y repite “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.
Posa el marco boca abajo, regresa a la cama, se recuesta y permite que los párpados anulen la luz del mediodía.
Con la intención de sacarse a Gabriel de la cabeza, viaja a la infancia: ve su cara regordeta con un par de trenzas atadas con lazos color granate, el tono exacto del delantal escolar de cuadros bermellón y marino que limpiaba todos sus errores, tanto el agua derramada en la mesa de trabajo mientras pintaba con acuarelas, como las manchas de lodo en sus zapatos cuando salía a buscar saltamontes a los terrenos baldíos de la colonia Lindavista.
Iba con Reina, su vecina. Ambas reían al seguir los saltos de los grillos y después se cuidaban de ocultar las expediciones a sus otras compañeras; daban por hecho que sus gustos poco delicados serían motivo de burla.
En esos primeros recuerdos falta Ignacio; debía ser muy pequeño aún para que su madre lo dejara andar por la calle. Miguel estaría con los amigos, relatando memorias que tomaba prestadas del padre, como las de la caza de tórtolas en Álava.
Se estremece. Aunque siente frío, evita llamar a Luz.
Dobla las piernas y pega los brazos al pecho en busca de su propio calor.
Las manos manchadas y huesudas en nada se parecen a las de la joven que recuerda con una falda de pretina ancha y amplio vuelo en color negro, con un jersey de punto ajustado al talle, con el collar de perlas de su madre y la melena a la altura de los hombros.
Vestida de ese modo solía ir a trabajar sobre sus tacones de aguja a la agencia de viajes de los Araujo; en ese entonces caminaba hasta las oficinas sin dolores y con presunción, orgullosa del vaivén de la falda tipo Audrey Hepburn que su madre copió de un folletín de moda.
Sin moverse, se pregunta dónde habrán quedado la falda y la máquina de coser.
Cree que se deshizo de ellas al mudarse.
Se recrimina, debió conservar al menos la Singer.
Con ella, las manos de su madre producían prodigios a los que más tarde añadía detalles bordados a mano, en especial el bordado deshilado en la orilla de las sábanas que hacía para vender.
Esa máquina cosió su vestido de novia, un cuerpo de encaje ceñido, una falda voluminosa de raso y un velo corto sujeto por las peinetas florales que guarda en el alhajero.
Quería verse natural y se peinó con un semirecogido.
Así posó al lado de sus padres y de Ignacio, también con sus damas de honor, Gloria y Ali, las únicas dos amigas con las que se reunía a escuchar música de Agustín Lara, aunque su canción preferida era “La gloria eres tú”, de José Antonio Méndez.
Cuando entró a la iglesia, las vio en la segunda fila, prestas para acomodarle la falda o ponerle el lazo de azares que la unió a Gabriel frente al altar.
Dos escalofríos seguidos la convencen de llamar a Luz y olvidarse de dormir.
—¿Me puedes tapar un poco con mi chal, por favor? —pide en cuanto la ve aparecer.
—¡Claro! ¿Come aquí o en el comedor?
—Allá —responde por temor a ensuciar la colcha.
—En un ratito vengo por usted.
Vuelve a sumirse en el día de su boda. Después de setenta años apenas se acuerda de la recepción.
No probó los bocadillos; la espera de la luna de miel le quitó el apetito.
Las flores eran gladiolas blancas y nardos, llenaban unos jarrones y también pequeños floreros sobre las mesas de coctel.
Durante el baile, apoyó la cabeza en el pecho del novio y se meció al ritmo de …
dime al oído de quién es tu corazón ... Con Ignacio bailó la pieza que él eligió:
Cuando me miras, morena,
de adentro del alma un grito me escapa,
para decirte muy fuerte,
guapa, guapa, guapa.
Se cubre la nariz, se toca las mejillas, las siente heladas. Nunca ha sido amante del frío, posiblemente porque en una habitación congelada se rasgó su felicidad.
Aquel cuarto de hotel nunca tuvo ventanales con cortinas vaporosas que refrescaran el sudor de una pareja recién casada.
Sin sacar las manos del chal y respirando bajo él, se pregunta cómo se le ocurrió imaginarlo si en Zacatecas siempre hace frío.
De cualquier forma ni un dedo le recorrió el vientre con la adoración de un explorador ante su mapa del tesoro.
Las caricias las recibió un gatito de pelaje suave que apareció a la mañana siguiente para consolarla.
Ni un instante se concedieron las bocas ávidas.
Gabriel le indicó que se desvistiera. Sus dedos se olvidaron de desabotonarle el vestido, se ocuparon de sí mismo, del pantalón.
Tras un “acuéstate”, que frente a una virilidad nunca antes contemplada se asemejó a la orden del dentista de abrir la boca, le separó las piernas y se montó sobre ella.
Las primeras embestidas fueron un peso en el pecho y un aliento demasiado cercano; las siguientes le provocaron un dolor localizado, una necesidad de apartar el cuerpo que la aprisionaba.
Se quejó, movió la cadera, hizo desatinar el embate.
Él volvió a acomodarle las piernas, se sumió entre ellas con mayor violencia, sin siquiera mirarla, perdido en la cabecera de tablones verticales.
Se remueve en la cama, el recuerdo todavía vive en su cuerpo.
Incluso vuelve a clavarse las uñas en las palmas del mismo modo que en aquella primera ocasión.
Se incorpora. Acepta que le habría gustado cambiar los papeles y acercarse al cuerpo masculino como si fuera un basurero para verter sobras, nunca cariño.
Con nadie compartió aquel episodio en Zacatecas. Era imposible ventilar ese tema ni con Ali ni con Gloria, menos aun con un hermano o una madre. Sentía vergüenza. A sus diecinueve años desconocía qué tan común o inapropiado era eso que la atormentaba.
En el velorio de Gabriel también tuvo frío.
Su madre ya había muerto y esa tarde volvió a sentir su partida, la extrañó a ella en lugar de al cuerpo en el ataúd.
Como nueve años antes había dejado de ver a Ali y a Gloria, se sintió poco acompañada.
Además de la animadversión que Gabriel les tenía, ambas mantenían su trabajo en la central telefónica de una empresa de cosméticos mientras su tiempo se dividía entre el desayuno, la comida y la cena.
Su único apoyo fue Ignacio, él la tomaba de la mano en cuanto alguien se acercaba a darle el pésame.
Las gladiolas blancas de las coronas mortuorias cobran vida en su mente; se confunden con las rosas de las peinetas del ajuar, con las del ramo de novia, con las bordadas por su madre en el tul del velo, blancas, todas níveas como la bruma en la que flotan sus silencios.
Remueve el chal, baja las piernas de la cama.
El recuerdo, por mucho tiempo arrinconado, le estanca la saliva en la boca.
Se estira cuanto puede hasta el buró, toma un pañuelo para expulsar la espesura de cuanto calló y debió enunciar.
Alcanza el timbre, llama a Luz. Siente el impulso de lanzar el aparato contra la ventana, de aventar con él cada letra y cada emoción disimulada.
—Dígame —entra Luz.
—¿Ya está la comida?
—Durmió poquito.
—Hasta tuve pesadillas. —Márgara se presiona las sienes—. Te alcanzo en el comedor —asegura para volver a estar sola—. ¡Ah! ¿Me acercas las pantuflas, por favor? No sé a qué hora quedaron tan lejos de la cama.
Luz se agacha, le ayuda a calzarse y a cubrirse la espalda con el chal; después le tiende las manos, la toma por los codos y en un santiamén la deja de pie antes de volver a la cocina.
Márgara camina a la cómoda, toma la caja de madera y acaricia el vestido de tela almidonada de la virgen.
En el joyero guarda las peinetas de rosas blancas, el par de argollas de matrimonio, una más pequeña que otra; las observa, lee su nombre inscrito en la de mayor diámetro, antes de volverlas a su sitio sobre un acta de defunción doblada en cuatro con los bordes amarillentos.
Se cuestiona si es mayor el deterioro del acta o el de su piel.
El espejo le responde que su rostro tiene más líneas que la hoja y que en sus últimas fotografías ella será una loa a la decrepitud, si es que alguien le hace una.
Lo duda, si acaso para alguna identificación, porque nadie se interesa en conservar su recuerdo ni en saber de las turbaciones que Gabriel le causó en vida y también después de muerto.
Levanta los hombros, poco le preocupa el aspecto físico más allá de la movilidad y la independencia.
Toma el retrato. Vuelve a dejar la fotografía boca abajo con la seguridad de que es un engaño.
Aún puede oír a su madre decir: Ojos vemos, corazones no sabemos .
Es verdad, ante el semblante suspendido en el tiempo de Gabriel, nadie sospecharía que su noche de bodas no fue un encuentro de cuerpos, menos de almas; fue, y apenas se atreve a decírselo, algo muy parecido a una violación.
Ella jamás enunció un “no” ni tampoco un “sí”.
Cumplió con un deber. Cierra la caja y, antes de colocar a la virgen sobre la tapa, le dice, sigo necesitando tu indulgencia .
Pasa frente al sillón color oro, se detiene, supone que cuando Hortensia se sentaba ahí a modelar flores de migajón o a empezar Cartucho de nuevo, la observaba hecha un despojo entre las sábanas.
Sus ronquidos sofocados, las repugnantes flemas, la fealdad de su cara enferma, su cuerpo pesado y gris, como el de un muerto, debieron avivar el instinto asesino de Hortensia.
Se lo confirma el recuerdo de los gestos de desagrado.
Sale de la habitación rumbo al comedor apoyándose en la cabeza del bastón que debió fulminarla.