El eco de mis muertes 9. Hortensia
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9. Hortensia

¡Malditas noches! Las horas se dilatan igualito que las de un dolor de muelas. Ni con qué distraerme… para leer a estas horas, hace falta una lámpara. Cómo se le ocurrió al escritor meter a un tarado entre narcotraficantes cabrones. Da risa.

Voy a conseguir clonazepam y así engaño a la eternidad que me van a echar encima por no quebrarle la cabeza a la Márgara y dejar mi desmadre a medias.

Todo lo que se empieza hay que terminarlo , decía el borracho cuando pedía de desayuno los huevos duros que apestaban igual que la coliflor y el brócoli.

Me obligaba a tragármelos. Nunca fue opcional.

Huevos a huevo y sin hacer ni una mueca.

Un trancazo por arcada —una vez hasta se me fueron los ojos para atrás del putazo— y, lo peor, tener que dejar el plato limpio o volverse a encontrar con la clara gelatinosa en la comida.

Prefiero el bolillo tieso con café aguado.

Siempre odié el huevo duro, solo que el borracho pensaba que sus preferencias eran las de todo el mundo, y Patricia y Juliana aprovechaban para burlarse de mi plato sin arroz ni frijoles ni albóndigas, con puro huevo.

—¿Ya estás lista, Tencha?

—Ey. La chicharra del candadazo despierta hasta a las sordas. Además dormí de la chingada.

—Ayer me trajeron Canelitas, ¿quieren?

—Gracias, Rosita. Nada más estiro la cobija, y caliento agua para el café.

Aparte de la lámpara, estaría bueno tener una cafetera en lugar de esta resistencia eléctrica que calienta taza por taza.

También quiero una sarteneta, una almohada pachona y otra manta más gruesa.

Sin baro, me tengo que poner lista para conseguirlas.

El borracho también decía que el que madruga se madruga a los demás , y en eso sí tenía razón.

Cuando salga libre una compa, me aviento por lo que deje.

—Todas con azúcar, ¿verdad?

—Una cucharada para mí, y dos para Cintia y Rosa. ¡Ya apréndetelo, Tencha!

—Queda poquita, miren, como para dos días.

—El domingo me trae mi mamá, ya le pedí azúcar y café.

—Oye, Rosita, ¿nos puede traer también el pan de elote que hace?

—Se lo pido para la otra, sin falta, ¿va?

Estas tres me convidan de todo. A mí nadie me trae ni sobras. Parecemos más hormigas que viejas. Las hormigas sí saben hacer equipo y les vale madres la envidia. ¿Y si empiezo un insectario?

El borracho me tiró a la basura los escarabajos, las moscas enteras y las partidas, las alas, el alacrán con todo y sus bebés, las arañas y las lombrices.

Las lombrices eran mis preferidas; me gustaba verlas moverse con sus anillos llenos de bolas blancas, como ganglios.

Igualitos a los que sacan en las mastectomías, aunque más chicos.

Los veía en el riñón de acero y me daban ganas de agarrarlos y aplastarlos.

Me aguantaba, tenía que llevarlos al laboratorio.

A las lombrices las pueden tachar de feas, pero no de inútiles.

Al borracho le tenía sin cuidado que las gallinas que ponen los huevos también comen lombrices o que los gusanos airean la tierra en la que crecen el brócoli y la coliflor.

Además, a mí su sangre amarilla me servía de tinta, le mandaba mensajes a Juliana y verla correr con cara de asco a acusarme con Patricia era muy divertido.

Mis dos hermanas volaban a lavarse las manos.

Mi muestrario de alas estaba retesurtido .

Si todavía lo tuviera, ¿podría pegar las de mosca con las de mariposa, libélula y abeja para hacer un par gigante y escapar?

Ya sé que no. Las alas son tan perfectas que les dan a las moscas la velocidad que yo hubiera necesitado en casa de la Márgara para pelarme de la policía.

—Enjuago mi taza rápido, se me hace tarde para la cumbia.

—Déjenlas, Rosita, yo las lavo y le doy una barrida a la estancia.

—¡Cómo crees, Tencha! Luego limpio yo. Mejor vete a la cumbia con Rosa.

—No, Cintia; es mucho zangoloteo. Me quedo acá a acabar mis crisantemos y, en un descuido, también termino la novela del escuincle pendejo.

Estas chamacas siguen poniéndome cara de espanto.

Cuando le pregunté a Rosa si su mamá podía traer pan de elote, me miró como si tuviera que cumplirme el antojo.

¿A poco todavía me creen capaz de chingármelas?

Ya vamos para medio año juntas y saben que lo mío son las viejas dramáticas.

Por estar aquí sin dárselas de santas, ellas me caen bien.

Rosa y Cintia la hacían de carnada para levantar viejos libidinosos y luego cobrar el rescate.

¿Qué les iban a ver dos chavitas a unas momias?

Se merecían el levantón por viejos verdes.

Y pensándolo bien, a mí me conviene el papel de hormiga reina, así me comparten lo que les traen.

Pinche Márgara, si iba a venir a alborotar, de perdida hubiera llegado con unas donas para endulzar mis pendejadas.

¡Pues de qué es el labial de Rosa que ni tallando recio se quita de la taza!

Me cae que está peor que la sangre de cada mes en las sábanas, esa es más jodida que los meados por los que me trompeaba el borracho.

Entre otras cosas por eso arruinó mi insectario, se encabronó y arrasó con todos los bichos.

Tengo mala suerte o en serio no acabo lo que empiezo.

La Márgara dejó incompleta mi caja de tarjetas, nunca pude terminar el cartón con su nombre; tenía la dirección, sus enfermedades, los detalles de su virgen con la corona elegantiosa.

Hasta ganas me daban de tomarle una foto y engraparla.

Escribí también lo que me contaba del esposo, que para no variar se portaba igual que el borracho.

Todo encajaba con mis otras muertas. ¡Todo!

Este recogedor deja la basura en el piso.

Son mejores los de metal, pero seguro aquí les ven potencial de guillotina.

Yo creo que ni afilándolos cortan un cogote, pero podría ser.

Mi mero pendiente aquí es que encuentren mi caja.

Es difícil que la hallen, desde chiquilla aprendí a buscar escondites para los mayates y las gallinas ciegas.

Los metía en los dobladillos de los vestidos; después hice un hoyo en la pared, atrás del sofá de la televisión, ahí cabían siete cajas de cerillos llenas de insectos.

Estuvieron cabrones los cinturonazos que me cayeron encima cuando encontraron el agujero.

“¡Eres una puerca, igual que tus moscas!”, gritaba el borracho y ¡madres!

, otro trancazo. No son sucias. Todo el día se frotan los ojos, así se los limpian, y son listas, qué difícil es atraparlas, rápido ven venir el trapazo o el periódico.

No sé por qué en mi casa le tenían tanta tirria a mi colección.

Yo todavía prefiero tener varios mayates en la bolsa que morder un solo huevo duro.

Si por lo menos el borracho me hubiera dejado comer nada más la yema…

Ya quedaron lavados los trastes y trapeado el piso, lástima que el Pinol huele a lavanda; prefiero el original con olor a desinfectante de verdad.

Lavanda entre puro concreto parece mal chiste.

Me voy a pasar por el taller de cerámica, quiero pintar mis crisantemos de amarillo.

Puedo hacer un florero en lugar de usar un vaso de plástico y se lo regalo a Lupe; ya después hago otros para Cintia y Rosa.

También quiero pegamento blanco para barnizar las flores, y un palillo, así va a ser más fácil darle forma a los pétalos.

Este trapo huele a humedad, de una vez lo lavo.

“Para qué dejar nada para después”, decía el borracho cuando estaba sobrio, y lo aplicaba a la botella que se empinaba desde temprano.

Capaz fue esa idea la que se me metió en la sangre en casa de la Márgara.

La jefa de enfermeras del hospital nos pasó sus datos al grupo de cuidadoras.

Me latió cuando dijo que estaba sola. De todas formas primero rondé el departamento para echar ojo y ya luego me animé a llamar.

Hice mal mi trabajo; se me pasó que el puesto de quesadillas me iba a joder la vida.

Me pareció buena señal que ella ni se preocupó por hacer varias entrevistas.

¡Cómo hay viejas que salen con que “tengo otras candidatas” y “luego le aviso”!

La Márgara dijo en chinga “ven mañana, lista para quedarte”.

Luego pasó de inútil a poner ojos de araña brincona.

Me apendejó. Mis mujeres siempre se encogen, en nada se parecen a las arañas que se comen al macho.

Por eso mi insectario era lo más digno de mi casa.

Nunca vi que a un insecto se le deformara la cara buscando aire adentro de los frascos, a las mujeres sí se les alarga y se vuelven calacas.

Tampoco vi a ninguno rogar después de un putazo.

Esconder los frascos era complicado, los ponía entre las macetas del balcón o atrás del papel de baño en la despensa.

Si a una de mis hermanas se le ocurría ir de chismosa, me caía encima la hebilla del cinturón.

Eran peores los madrazos que una mordida de araña.

Además, en la escuela nadie se espantaba por la mordida; en cambio la maestra de deportes sí le contaba a la supervisora que yo tenía moretones.

De por sí eso de correr y pararse y agacharse me daba hueva, y me emputaba que los niños se secreteaban de las nalgas de una y de las de otra cuando andábamos en shorts .

Prefería el salón al patio y pensar que correr.

Me impresionó que la espiral de la concha del caracol pueda partirse en triángulos para medirla.

Debería haber estudiado más de eso, algo de distancias y perspectiva.

A lo mejor así no se me habría pasado el puesto de quesadillas.

A ver si me convidan pintura. Siempre andan buscando alumnas, les digo que me quedo y ya mañana será otro día.

Jamás pensé que la Márgara iba a venir. Calculé mal que aquí adentro el tiempo se estira y se estira.

¿Qué tal si pido hablar con ella? Van a creer que me la quiero despachar.

Ganas sí me dan. Debí haberla oído. No aprendo.

Tenía razón el borracho: no acabo lo que empiezo, aunque él hablaba de los huevos duros y de sus botellas.