8. Márgara #2
Llena el pecho de aire y de otros juguetes infantiles.
El juego de té con flores rosas la hace sonreír; en una de sus tazas Ignacio bebía el agua de geranios que ella preparaba como un suculento brebaje.
La casa de muñecas con el dormitorio matrimonial y un cuarto acondicionado con una cuna mecen su cuerpo.
Añora la emoción de descubrir todos aquellos regalos bajo el árbol y el entusiasmo por estrenarlos.
Entra Luz con una taza de té, la deposita sobre el buró. Aconseja a Márgara que se recargue en los cojines, se los acomoda tras la espalda y mira el despliegue de fotografías.
—¿Son de cuando era chiquita?
—Algunas son más viejas que yo; de mis papás.
—¡Qué bonitos recuerdos! Esa fue en alguna Navidad, ¿verdad? —Señala la fotografía de los juguetes bajo el árbol.
—Sí, hace una eternidad. Ya no queda nadie, nada más yo.
—Si necesita algo, me llama. Ya casi está listo el caldo —dice Luz y coloca el timbre al lado de la taza del té.
—¿Puede ser café?
—Mejor tome el té.
Márgara asiente. Reconoce que Luz tiene el don de Ignacio para hacer sentir bien a las personas.
Da un sorbo a la tila. Mucho mejor que el agua amargosa de geranios que tomaba Ignacio por seguirme el juego, se dice.
El líquido humeante le recuerda el frío de Santa Martha Acatitla.
Baja la mirada y se topa con el mejor regalo que recibió: una bicicleta.
Tan solo el tamaño le resultó alucinante y, además, le dio una libertad inimaginada: transporte privado para ir a ver a las amigas, a la panadería o de excursión con su pequeñajo , como le llamaban a Ignacio en la familia.
Las casas deshabitadas eran un paraíso, en ellas encontraban materiales suficientes para crear juguetes más divertidos que todas las muñecas del mundo.
Una tabla, que después supieron que era una puerta, les sirvió para fabricar una avalancha gigante en la que se montaban los dos y recorrían las calles poco transitadas.
Ir sentada detrás de su hermano, con el aire alborotándote el pelo, es el mejor recuerdo que tiene de la sensación de estar viva.
Para ella era sentir la velocidad al amparo de otro cuerpo, arriesgar sin miedo y conquistar la alegría de la travesura acompañada.
Admite que los cuidó la corte celestial por inocentes; pudieron haber muerto atropellados, aunque el tráfico de aquel entonces permitía mayores riesgos.
Suspira por esos tiempos idos, por su rostro jovial en las fotografías. La piel flácida consumió a la joven que fue. Ni siquiera sus ojos son los mismos, antes eran grandes y ahora se esconden entre los pliegues de los párpados, brillaban antaño y últimamente le parecen opacos.
Toma un sobre cerrado. Lo sostiene sin abrirlo.
Contiene la historia en imágenes de su vida con Gabriel.
Las visualiza sin necesidad de mirarlas; hay una de la luna de miel en la que caminan tomados de la mano por el callejón del Indio Triste; otra de la boda, en la que se miran con una devoción que hoy le parece estúpida de su parte y fingida por él.
Era experto en simular , dice al acordarse de la mirada que le dedicó el día en que ella perdió el único bebé que habitó su vientre.
Sabe que ante los demás pareció dolido, que nadie descubrió el rencor en los ojos que ella vio aterrada.
Ese mismo día se desvanecieron todos sus posibles hijos, eligió evitarlos para impedir que crecieran al lado de un hombre capaz de tomarse un aborto como un agravio.
Lo volvería a hacer. El cuerpo la obedeció, se secó y nunca respondió a las ansias amatorias de Gabriel. Supone que los baños de vinagre y el té de lengua de vaca hicieron la mitad del trabajo, o menos. El verdadero anticonceptivo debió ser el sobresalto continuo en el que vivía.
Devuelve el sobre a la maleta, lo coloca al fondo y la cierra con la seguridad de que jamás volverá a abrirla. Las imágenes de su matrimonio son una mentira.
Deja fuera de la valija un retrato de Ignacio, el que se tomó para el título de arquitecto.
Era apuesto, el pelo rizado, castaño, y la barba tupida le conferían un aspecto varonil, mientras que los ojos cristalinos lo infantilizaban.
Se pregunta por qué nunca tuvo novia si era un magnífico compañero.
Sabía escuchar y miraba más allá de las acciones.
Él, pese a ser menor, pese a que ella lo defendía de Miguel, nunca la vio como un objeto utilitario, como la pieza de la maquinaria que era para Gabriel.
Sonríe. Le divierte pensar que la pieza salió defectuosa.
Se estira hacia el buró para dar otro sorbo al té.
La taza se desequilibra entre sus dedos y se derrama un poco de líquido sobre las sábanas.
—Luz —llama para devolverle la taza y que la valija vuelva al fondo del armario— llévate el té antes de que haga un desastre y por favor pon la maleta atrás de las cajas de las mantillas de mi mamá.
Un día de estos voy a deshacerme de ella, al menos del sobre cerrado que puse en el fondo.
¿O debería haberlo dejado hasta arriba, a la mano?
No importa, nunca más se va a abrir, lo voy a quemar completo.