El eco de mis muertes 8. Márgara
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8. Márgara

Juan sube las ventanas y enciende el aire acondicionado, revisa la medianía del ventilador y de la temperatura; se sentiría culpable si la anciana se resfriara.

Desea que se relaje con el nue-vo aromatizante de rosas; se lo recomendaron para los nervios de los pasajeros y para su protección.

Intenta conversar, siente curiosidad por lo ocurrido dentro del penal.

—No pasó nada, ese es el problema —Márgara da por zanjada la conversación.

Él opta por concederle descanso. Sintoniza La Ke Buena en la radio; K-Paz de la Sierra canta “Mi credo”, con su clásico prefiero morir junto a ti, a no verte . En el rostro de Márgara aparece un gesto de desagrado y su mente enseguida lo refuerza con un como si fuera tan fácil morirse .

Por donde vayas, iré;

con una venda en los ojos,

lo que decidas, haré…

—Qué tontería —dice ella en voz baja.

—¿Perdón? —Juan pone la mirada en el retrovisor.

—Nada —responde Márgara, evita incomodar al taxista y dar explicaciones.

Cierra los párpados y pretende olvidarse de la música ranchera o de banda. Le cuesta distinguirlas y lo único importante es que esa letra promueve seguir el amor con los ojos cerrados. Ella sabe lo peligroso que eso puede resultar.

En el edificio, Luz, con el celular entre las manos, sonríe y niega con la cabeza mientras mira la pantalla.

Recarga el cuerpo en la reja del garaje, desde ahí desoye los persistentes llamados de Juan debido a los auriculares insertos en las orejas.

Lo obliga a aproximarse y a tocarle el hombro antes de solicitar su ayuda.

Ella guarda el par de auriculares junto con el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, se acerca al taxi, abre la puerta y extiende ambas manos para que Márgara se aferre a sus palmas.

—Me asustó. Estuve toque y toque; pensé que le había pasado algo. Ya casi me iba, de suerte me encontré con David en la portería y me dijo que usted había salido temprano.

—Fui a hacer una visita. —Márgara confía en que Luz sabe asistirla sin causarle dolor.

No es enfermera, como lo era Hortensia, pero trabajó con una persona discapacitada y pronto aprendió, gracias a su espíritu de progreso y a su carácter empático; sin embargo, ni con toda su amabilidad ha conseguido que ella deje de sentirse una mona de trapo cuando necesita ayuda.

Recuerda la muñeca con la que llegó a México: dormía a su lado en el barco.

La llevaba consigo al comedor y a los juegos, pero después debía dejarla en casa mientras asistía al colegio y sentía que la desamparaba.

Era gratificante tenerla siempre aseada, con las trenzas sujetas con dos lazos azul turquesa y las calcetas subidas hasta las rodillas.

En cambio, asume que nada agradable debe ser atenderla a ella: tiene todas las necesidades fisiológicas de las que la muñeca carecía, es imposible sostenerle los calcetines con puntadas.

En definitiva es, más que un entretenimiento, un trabajo pesado.

Al evocar aquella muñeca vestida con un peto aturquesado, se agolpan los recuerdos en su cabeza, entre ellos la maleta de fotografías que guarda en el armario.

Sopesa la posibilidad de aprovechar la presencia de Luz para bajarla.

En el elevador se cuestiona la pertinencia de enfrentarse a las imágenes que suelen inundarle los ojos con lágrimas, unas nostálgicas y otras rencorosas.

Al llegar al quinto piso decide dejar la maleta en paz; sin embargo, como le es imposible quitársela de la cabeza, frente a la puerta del departamento opta por sacarla del clóset.

Luz abre las puertas del armario, se para sobre las puntas de los pies, alcanza el asa de la valija de color bermellón, la jala y la deposita encima de las sábanas revueltas.

—¡Gracias!

—¿Le tiendo la cama de una vez?

—Mejor al rato. ¿Me preparas un caldo con verduras para la comida? —pide Márgara, reservándose la amplitud del colchón para descorrer el cierre del pasado y extender su vida frente a ella.

Se pone las gafas y mira el broche plateado con óxido en los bordes.

A sus dedos, faltos de fuerza, les cuesta liberarlo.

La resistencia de la maleta hace vacilar su determinación.

Se recuerda que los fantasmas viven fuera de los cajones y las valijas, y al cuarto intento consigue soltar el herraje.

La primera fotografía es de sus padres, la toma con nostalgia.

Hace mucho tiempo que murieron. Primero se fue él.

Un hombre de espaldas anchas, piernas largas, pelo prematuramente cano y frente sesuda al que venció la tristeza de no tener un lugar en su tierra natal; ni el clima benévolo de Ciudad de México logró templarle el ánimo que el destierro congeló, hasta que un día una de sus venas cristalizadas se fracturó como tubería en invierno.

¡Pobre papá! Se pasó la vida detestando que hubieran matado a García Lorca mientras sus asesinos recibían condecoraciones militares , piensa con la imagen del libro blanco y gastado que su padre leía cada noche sin notar los esfuerzos de su esposa que cosía a su lado para ayudarlo con los gastos.

Toma una fotografía en blanco y negro: una joven de cejas espesas y labios finos, vestida con un traje sastre acinturado y una camisa de volantes de gasa.

Busca otra en la que ella, recién nacida, con un faldón de plumeti duerme en los brazos de la misma joven, su madre, que la mira como si en aquella habitación nada más hubiera existido.

Se endereza, ya se había encorvado y el cuello se lo reclama, lo flexiona a un lado y a otro, al frente y hacia atrás.

Regresa a la fotografía, el rictus de dolor se transforma en sonrisa al decirse a sí misma que nadie la ha querido como su madre.

Recuerda con claridad la tarde en que, con los lentes a media nariz y la aguja de coser entre los dedos índice y pulgar, le confesó que su primer hijo, Miguel, fue un niño rígido, reacio a acoplarse a sus brazos; que ella, por el contrario, nació tan plácida que fue gozoso alimentarla, acunarla y protegerla.

Acaricia el rostro blanco en la fotografía.

Lamenta haber perdido el contacto con su hermano mayor. Él se creó la vida que pensó que le correspondía y ella lo llamó traidor. Después, el tiempo se tragó la cotidianidad de cada uno y se volvieron extraños.

Un retrato de un muchacho con saco y corbata le corrobora el distanciamiento.

Así lucía la última vez que estuvieron juntos, era apenas un jovencito y jamás lo vio encanecer, jorobarse ni necesitar lentes para la vista cansada.

Ni siquiera supo con exactitud la fecha de su muerte.

Un día recibió una carta de un vecino notificándole que el testamento lo nombraba heredero del piso en Las Arenas, pero que había una caja con fotografías y correspondencia que le pertenecían a ella.

Nunca la recibió. Imagina que aquel joven se ahorró el pago del envío y quemó la poca historia mexicana de Miguel.

Elige una imagen de su familia frente al barco que los sacó de España.

Ella era apenas una niña, se escabullía a los botes salvavidas, jugaba al escondite y, después de catorce días de viaje, quería correr e inspeccionar el suelo firme y abarrotado de gente que había divisado desde la baranda del buque.

Su hermano menor era un bebé y dormía en una maleta no mucho mayor que la que contiene sus memorias; en lugar de roja, era gris.

En ese entonces, las cunas de viaje y las sillas para autos eran inexistentes, los niños crecían más en el regazo que entre dispositivos de seguridad, y se convertían en adultos sin más moretones o desgracias que las sufridas por las nuevas generaciones.

A falta de una foto de la cuna improvisada, ella la evoca: el forro era gris claro y las tapas, color rata con dos herrajes plateados al frente.

Aún puede verla al pie de la litera de su madre en el camarote compartido por los cinco.

Tenía un abrigo que hacía las veces de colchón y las sabanitas eran de hilo fino con el embozo bordado.

Con qué claridad recuerda a su hermano bebé dentro de la maleta, dormido, con su manita en la boca, arropado por las sábanas que todavía guarda entre las mantillas y los pañuelos que heredó de su madre.

Está convencida de que desde entonces los ojos de Ignacio eran transparentes y calmos como el agua de un cenote.

De pronto, le cuesta tragar. Tose, se golpea el pecho, toma un pañuelo y entre tosidos consigue expulsar la saliva traicionera. Teme que el ahogamiento venga de su mente obstinada en compararla con Miguel y su búsqueda de la felicidad fuera de sí mismo.

Con claridad recuerda que él ya se había ido cuando Ignacio se tituló.

Ella entró corriendo al festejo con un vestido de tul negro, iba tarde y, en cuanto su hermano pequeño la vio llegar sola, negó.

El gesto, que cualquiera hubiera considerado un reproche por el retraso, censuraba el único posible motivo de la demora: una rabieta más de Gabriel.

Con el pretexto de una junta inesperada, ella encubrió la negativa de su marido a acompañarla porque nadie le había recordado la dichosa titulación.

Toma el pañuelo, se suena la nariz y se limpia los ojos acuosos. Desea ahuyentar a Gabriel y quedarse con las ocurrencias de su hermano, capaz de convertirse en escudero con un colador en la cabeza o en el gato con botas al meter cada pie en una cubeta.

Encuentra imágenes de múltiples navidades: árboles luminosos rodeados de juguetes en los días de reyes.

En una aparece el coche de lámina con pedales que Miguel nunca quiso prestarle; en otra, la muñeca de porcelana con el vestido crema atado con lazos rosados que sustituyó a la de trapo; la pobre pasó de la cama a habitar un rincón en el canasto de juguetes.

En esa misma imagen sale el caballo de madera, pintada en colores marrón, que recibió Ignacio.

Cómo se balanceaba sobre él mientras gritaba “arre, caballo, arre, que nos alcanzan”.