El eco de mis muertes 6. Márgara
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6. Márgara

Al recorrer el camino de vuelta a la entrada del penal, Márgara descubre una colcha en el piso bajo el rellano de una rampa en forma de caracol, la ve ondular; le toma tres pestañeos comprender que bajo la manta hay una pareja teniendo relaciones sexuales.

A un lado, un pequeño de un año chupa la oreja rosa de un conejo de peluche.

Nadie parece escandalizarse, ni siquiera notarlo.

Se cuestiona por qué Hortensia compartiría con ella la urgencia por descifrar lo ocurrido en su departamento, si en la prisión las necesidades son más vitales.

La busca entre las mujeres que van y vienen.

Mira en dirección a los edificios, la vista apenas le alcanza para verlos sobresalir como volúmenes borrosos.

Demasiado pronto vuelve al lugar de acceso. Después del minucioso cateo para ingresar, la salida le resulta ágil. Le devuelven la identificación que le habían retenido e incluso se despiden de ella con amabilidad. “Que esté bien, doñita”, le dice la oficial al extenderle su credencial de elector.

—Tenía razón —dice al taxista en cuanto se encuentra en su compañía—. No fue una buena idea venir.

—¡Ay, señora, le dije! Descanse mientras la llevo a su casa —sugiere Juan, en tanto la ayuda a subir al auto.

Ella apoya la sien en la ventanilla. A cambio de sus esfuerzos estériles la aguardan el tráfico y, ya se imagina, un persistente dolor de espalda en castigo por su imprudencia.

Ruega para que Luz la haya esperado, anhela sentarse en su sillón con un café caliente; el penal le heló los pies y congeló sus expectativas.

Mi intuición nació dañada , piensa al recapitular que se equivocó con su esposo y que ni por un segundo notó las intenciones asesinas de Hortensia. Se justifica con la idea de que los dos eran expertos del engaño y le ocultaron su verdadera personalidad.