5. Hortensia
Dan ganas de darle en la madre con el bastón. La muy cabrona viene a preguntarme lo que ni yo sé. “¿Por qué?”, me suelta tan tranquila. Por doble cara, primero parecía cualquiera de mis muertas y a la mera hora se envalentonó.
Ya me jodió el día. Mejor me regreso a la estancia a darle al migajón.
—¿Qué pasó, Tencha? ¿Quién era?
—Nadie, Lupe, te dije que era mentira. Cada vez me cagan más los días de visita. Es puro alboroto.
—¿Y quién fue la chistosa?
—Una vieja pendeja que no sabe con quién se mete.
—¿Ya vas a subirte otra vez a esconderte entre tus margaritas o en el libro ese, el de la hoja de mariguana?
—Prefiero dejar de pensar, y el migajón sirve para eso. Además hay demasiado ruido con tanto escuincle y con la música de banda. Luego nos vemos.
¿Qué quería que le dijera esa vieja? El bastón con la agarradera de pato estaba retecerquita , ahí, en la cabecera de la cama; me llamaba como puta de esquina y me despertó una urgencia cabrona.
Muy rara, si lo pienso bien, nunca me ha gustado perderme la cara de espanto de mis muertas ni andar salpicando sangre.
La Márgara peló los ojos, le quedaron como chicles de bola, grandes, sin miedo, diferentes a los ojos de almeja a medio abrir que ponía mi mamá después de los arranques furibundos del borracho.
Nos dejaba verla con el rímel corrido de tanta lágrima y al rato ya andaba plática y plática con él, como si nada.
Sería bueno que la estancia estuviera en el primer piso.
Las escaleras son una chinga; los elevadores no se hicieron para las bestias humanas, como nosotras, tampoco las lavadoras ni nada que ayude a descansar la espalda.
Aquí todo se hace a puro lomo. Bajé a perder el tiempo.
La Márgara me debe, aparte de estar encerrada, la subida y la lavada de la camisa que sudé por su culpa.
Quiero tirarme en la litera y despertar cuando se hayan largado todas las visitas.
A ver, mis margaritas. ¡¿Margaritas?! El nombre de la Márgara.
Las voy a deshacer. ¡Qué pendeja, me la jugó el inconsciente!
Mejor crisantemos amarillos. Lo último que necesito es acordarme de esa vieja; en lugar de adorno, cada que las viera iban a ser azotes para mi cabeza, y desde la primaria dejé de creer en que la llave del cielo está hecha de sufrimiento.
Todavía hay muchas viejas que ofrecen sacrificios.
¡Se pasan! Hasta guardan estampas de la Virgen de Guadalupe y de no sé qué santos debajo de las colchonetas y luego ahí mero se dan fajes sin acordarse de las dichosas estampas.
En el fondo saben que los santitos no oyen ni entienden y menos ayudan.
La miga ya está tiesa, se va a la basura. Otra cosa que me va a deber la Márgara.