3. Hortensia
—¡Tú! Tienes visita.
—¿Yo? Imposible. ¿Quién es?
—Tencha, no soy tu corre ve; dile; averígualo sola.
—Nunca viene nadie. Me niego a que se seque el migajón de mis margaritas por culpa de una broma pesada.
—Te apuras o se te va a ir tu veintiúnica visitante.
—Está bien, jefa Vanesa. Nada más le pongo más agua al migajón y lo guardo. Qué tal si se le antoja a alguna muerta de hambre…
¿Quién será? Menos mal que la Lupe me regaló un tóper para guardar mis flores.
Cuando estén listas las voy a poner en un vaso y así coopero con la decoración de la estancia.
¡Ja! ¿A quién se le habrá ocurrido el nombrecito?
Ni que viviéramos en una mansión. De seguro al mismo que le puso cafetería a la sala grande.
Podríamos decirle “alberca” a los charcos y “asoleadero”, al patio.
Voy a esconder mis margaritas debajo de la cobija.
Me falta conseguir alambre para los tallos.
¡Va a estar cabrón! Me conformaré con unas ramitas de la yerba que crece en la reja.
Podrían poner unas jardineras, tanto concreto parece lápida. Sin las pinturas del caracol y las bardas, ya nos hubiera tragado tanto gris. ¿Quién chingados habrá venido a verme? Como la Petra se besuquee un segundo más con el novio, lo desaparece.
—Te estás comiendo a ese güey, pinche Petra. ¿No te da pena andar fajando enfrente de los chamacos?
—Pura envidia. No estés chingando, Tencha.
O están echando novio o juegan a las escondidillas con los mocosos.
Prefiero quedarme arriba y hacerle al migajón o leer El amante de Janis Joplin , los dos son calladitos y menos embusteros que la gente.
Lo único bueno de los días de visita es que luego me regalan pan y junto la miga, o la Güera me presta un libro de los que le trae su comadre.
¿Será que vino una de mis hermanas? No creo, a esas dos cabronas se les olvidó que existo.
De seguro se persignan a cada rato por tener la misma sangre que yo.
Salieron bien remilgadas, Patricia me tuvo celos desde que nací y Juliana, la chica, dizque me tenía miedo y se amigó con la otra en contra de mí.
¿Alguien de Tepalcates? La comadre de mi mamá me pedía que le inyectara al esposo para la ciática, se quedaba tieso a cada rato, y los de junto se ahorraban la insulina cada que yo me la chingaba del hospital o de la casa de una de mis muertas.
Ni preguntaban de dónde salía y ahora les da vergüenza conocerme.
—Tencha, ¿ya te dijeron que tienes visita?
—A eso voy, Lupe. Seguro es mentira.
—¡Córrele! Es en serio.
Aquí todas salen echas la madre a ver qué llega, como si las visitas y lo que traen nos volvieran locas. Y ahí voy yo, igualita, a averiguar quién viene a verme, eso sí, con la cabeza en alto, hasta un favor les hice a mis muertas aliviándoles el sufrimiento.
—¡Ay, escuincle, fíjate! Hazte para allá, que casi me tiras por andar brincando.
Hoy ni zumba ni taichí ni cerámica ni nada.
A las mamás les encanta la costura, se sienten mejores haciendo ropa para sus mocosos.
Las del taichí parecen zombis. La cerámica me tienta; me gusta pintar.
También me interesa el grupito que lee abajo del caracol, aunque está de hueva que una lea en voz alta.
Prefiero que me presten El conde de Montecristo cuando lo acaben. ¡Si lo terminan algún día!
¡Uta! A esto le dicen cafetería por las mesas, pero ni galletas dan.
¿Quién será? Tanta visita parece confeti, en cambio nosotras apenas llegamos a lápiz bicolor: andamos de beige y las veteranas, de azul.
¡Ja! Las caras más espantadas son las de los de afuera.
Deberían planear un paseo escolar para chamacos.
Ustedes tienen que ser buenos y obedientes, miren lo que les pasa a los mal portados, les podían decir en el recorrido carcelario.
¡Ah, cabrón! Ahí está la Márgara. Mejor me regreso.
De seguro tiene ganas de restregarme que valí madres por su culpa.
Debería estar enterrada. Era apretar el cogote como siempre.
¿Por qué me dio por entrarle a los garrotazos?
La tengo enfrente, a cinco pasos de mí, con el jodido bastón en las manos.
Nunca se me va a olvidar esa cabeza dorada, fue como si el pato hubiera cobrado vida y me dijera “órale, éntrale”; después se negó a partirle el cráneo y me refundió aquí sin entender qué chingados me volvió una blandengue.
—Aquí estoy. ¿Qué quiere?
—Tú. No seas grosera. Siéntate del otro lado, sin tocar a la señora, o te mando de vuelta a tu estancia.
—No pues qué miedo. Como si me muriera de ganas de ver a esta momia.
—¿Te sientas o no?
—Ey.