El eco de mis muertes 2. Márgara y Hortensia
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2. Márgara y Hortensia

La impaciencia de Márgara se acrecienta al atravesar los procesos de seguridad, infinitamente más estrictos que los que debió pasar cuando asistió a los careos en los juzgados.

Echa de menos los detectores de metales y las bandas de rayos X en espacios abiertos.

Se encuentra en un cuarto reducido, con poca luz, entre dos custodios que la hacen descalzarse; le palpan las piernas hasta la ingle, los brazos, la espalda, las nalgas, el vientre y el contorno de los senos.

Enseguida le informan que por último debe esperar la inspección de la silla de ruedas y la llegada de otra celadora que la empujará hasta la sala grande.

—¿Hasta dónde? —pregunta.

—Al lugar de visita —aclara la custodio con las manos en las agarraderas de la silla de ruedas.

Con otros visitantes, cruza un hueco enorme, enteramente de concreto.

Una mujer, vestida de rojo de pies a cabeza, nota su mirada puesta en el socavado y le explica que en ese espacio se revisan los vehículos antes de ingresar al penal.

Sigue por un pasaje estrecho, a ella le parece periférico y la hace pensar en el foso circundante de las fortalezas medievales.

Entra por una puerta que le recuerda a las de su escuela, blancas con demasiadas capas de pintura; avanza por un corredor que también la remite a los de su colegio, en especial al que la llevaba al salón de mecanografía, donde escribía bajo un paño blanco para memorizar un teclado que jamás volvió a tocar.

Por otro patio accede a un recinto sin muros, cubierto con un techo alto sostenido por columnas de color azul añil.

—Ya llegamos. —La custodio la acerca a una mesa desocupada.

Sin su reloj de pulsera desconoce la hora, le parece que los minutos corren con la característica lentitud de la espera y, a la vez, lamenta el tiempo ya consumido, desaprovechado.

El cotilleo multitudinario, opuesto a su soledad, le vaticina que sus esfuerzos serán infructuosos.

Cruza los brazos y roza los puños del saco malva con las yemas de los dedos.

Centra su atención en las dos mujeres de la mesa contigua e imagina la historia de las lágrimas que derraman; convierte a las protagonistas en hermanas, a una le asigna el papel de víctima encerrada por una equivocación, a la otra le concede el de la solidaridad.

Decide que la reclusa fue acusada de un robo a mano armada porque si se tratara de un asunto menor estaría encarcelada en otro sitio.

Se pregunta si, con la expresión indefensa de su cara, sería capaz de empuñar un arma o de fraguar un fraude millonario.

Desearía escuchar. Se conforma con ver cómo la hermana mayor ofrece un pañuelo desechable.