El eco de mis muertes 1. Márgara
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El eco de mis muertes

El eco de mis muertes

Por Susana de Murga

© inepub.com

1. Márgara

Antes del amanecer y del llamado del despertador, Márgara abre los ojos.

La inquieta el tiempo que le llevará ponerse de pie, calzarse las pantuflas, desplazarse con ellas a ras del piso desde la cama hasta el baño, asearse y ponerse la ropa.

Todavía acostada, anticipa la reprimenda del doctor por haber suspendido la dosis semanal de metotrexato.

Lo cierto es que, además de su poca efectividad sobre la artrosis, le sería imposible ir al penal de Santa Martha sintiendo que su cabeza flota y ella debe alcanzarla.

Lleva diez días planeando entrevistarse a solas con Hortensia.

Sabe que ese es su verdadero nombre, no Valeria, como le hizo creer cuando la contrató.

También la increpará el abogado por actuar a sus espaldas.

Está aburrida de seguir órdenes: las de los investigadores, las del médico, las del juez que la cita cuando le viene en gana, las del abogado y hasta las de Luz, que antes atiende las indicaciones del doctor que las suyas.

El esfuerzo por incorporarse le entrecierra los ojos y le frunce la nariz. Resopla al quedar sentada. Poco a poco, tocando las teclas de un piano invisible, desentumece los dedos, después flexiona las rodillas tres veces antes de girar el cuerpo e introducir, por fin, los pies en las pantuflas.

Pudo haber pedido a Luz que se presentara temprano.

Se la recomendó la mujer que hace el aseo en el edificio.

Se consideraría una desagradecida si negara que le ha brindado una enorme ayuda, pero ya pasaron seis meses desde el día del arresto de Hortensia y su salud ha mejorado tanto como para convertir esa mañana en una doble oportunidad: de demostrarse que puede valerse por sí misma y la de entrevistarse con Val…

Hortensia. Sigue llamándola “Valeria” pese a que, en su opinión, el nombre verdadero concuerda mejor con el rostro redondo de la homicida, semejante a la esfera de pétalos azules o rosas que conforman una hortensia.

Para su fortuna, las manos, que a media noche se negaron a asir el vaso de agua, la obedecen cuando se apoya en el bastón, se pone de pie y desliza las pantuflas sobre la alfombra hasta llegar al baño.

Si estuviera joven, serían apenas cuatro pasos , piensa mientras se afana en completar doce torpes acarreos de sus pies ancianos.

Se alegra de que al fin le hayan devuelto el bastón.

Si bien lo sustituyó con otro mientras la policía lo retuvo, se convirtió en el símbolo de su principal obsesión: saber por qué sigue viva.

Si ya ochenta y nueve años superan con creces las estadísticas de vida, juzga inconcebible haber sobrevivido al ataque de una asesina serial.

Tiene claro que la empuñadura metálica iba destinada a partirle la cabeza, y lo habría conseguido si algo no hubiera provocado la rectificación en la trayectoria de los golpes.

La cuestión es qué fue ese algo . Se pregunta qué pudo ocasionar que una “profesional” como Hortensia —se ríe al emplear la palabra profesional para calificar las habilidades asesinas— cambiara su sistema homicida y, además, flaqueara en su determinación.

Apenas ve la regadera, equipada con un barandal enclavado en la pared y una silla de plástico, cae en cuenta de que debió llamar a Luz.

Odiaría que por obstinada alguien la descubriera desnuda y tirada en el piso a causa de un traspié o una rotura de cadera.

Optó por arriesgarse porque el más bochornoso de todos los auxilios diarios es el del baño, cuando la desnudez de su piel lánguida la convierte al instante en una cantidad inmensa de masa sin hornear.

Con tiento alcanza la silla, se acomoda y recibe la recompensa de la calidez del agua, ni siquiera intenta enjabonarse los pies, las pantorrillas o la espalda; se contenta con el olor a lavanda que esparce a lo largo de sus brazos, cuello y vientre.

Agradece la inclusión del pelo en la resequedad típica de la edad, gracias a eso lo lava una vez por semana con el auxilio de Luz.

Al salir del baño, siente en la espalda escurrir gotas que le fue imposible secar con la toalla y que absorberá el fondo de satín color crema; ese pedazo de tela evidencia la época de su juventud: los años cincuenta y sesenta.

También muestra su apego a las viejas costumbres, salvo al liguero sustituido hace al menos de dos décadas con las pantimedias hace al menos dos décadas.

Ya tampoco las usa, los dedos rígidos le impiden subirlas hasta la cintura o calzarse zapatos duros.

Saldrá con sus zapatillas lisas, azul celeste, sin importar si combinan con el traje lila que eligió por cumplir con los requisitos de acceso a la prisión.

Sube el cierre de la falda sobre el vientre y después gira la prenda, de ese modo se evita el dolor de echar los hombros hacia atrás.

La blusa es del mismo violáceo. Abotonarla deviene un verdadero reto.

El paso de cada botón a través del ojal precisa de diversos y exasperantes intentos que le cubren la frente con diminutas gotas de sudor; las limpia con el dorso de la mano derecha, sin anticipar que el rostro volverá a humedecérsele al meter los brazos en el saco y al pretender oprimir en vano el atomizador de su perfume Roses de Chloé, un lujo al cual se niega a renunciar.

Descansa unos minutos en el sillón amarillo oro, complemento de la colcha y los cojines de la cama.

Le da pena dejarla destendida. Con la respiración normalizada, saca un pañuelo del bolso y se limpia la frente y las ojeras antes de volver a ponerse de pie.

Aún debe recorrer el pasillo que atraviesa la sala comedor hasta el sillón que colocó al lado de la puerta principal hace diez meses, cuando, para convertir ese espacio en estación de reposo, mandó sacarlo de su cuarto sin importarle si el par quedaba incompleto.

Sofocada se deja caer en él, el color oro de la tela en los descansabrazos contrasta con el tapiz azul cerúleo de los sofás y las sillas del comedor. Encoje los hombros, con el bolso sobre las piernas aguarda el arribo del taxi que solicitó por la noche, antes de dormir.

Juan, el chofer, sube hasta el quinto piso, timbra una sola vez, espera a que le abran y saluda a Márgara por su nombre.

La conoce bien. En la central lo mandan solo a él a esa dirección, pues la anciana siempre aclara que de ningún modo desea otro conductor.

El hombre busca la silla de ruedas a un costado del trastero, ayuda a su clienta a sentarse, cierra por ella la puerta con llave y la empuja al ascensor.

A Márgara le parece increíble bajar cinco pisos en menos tiempo del que le lleva ir de su cuarto a la entrada del departamento.

Da gracias a la corte celestial por el zaguán a nivel de calle.

Ignora si algún día volverá a bajar una escalera y eso la aflige tanto que, al entrar al auto, piensa que un muñeco de hojalata es más flexible que su cuerpo.

Juan guarda la silla de ruedas en la cajuela y, una vez sentado frente al volante, pregunta a dónde se dirigen.

Divertida, ella nota el gesto de pesar del hombre cuando responde que van al penal de Santa Martha.

—Ya se terminaron sus careos, ¿no?

—Despreocúpese, esta vez va a esperarme menos.

—¿Para qué quiere ir? ¿A poco tiene ganas de volver a ver a esa asesina?

—Me va a hacer bien.

—No creo.

Juan deja de mirar por el espejo retrovisor, gira y busca los ojos de Márgara.

—Quiero saber por qué sigo en este mundo —dice ella.

—Porque Dios quiso —responde él con resignación, y se pregunta si la mujer es una de esas personas masoquistas que disfrutan el maltrato.

Cuando el taxi arranca, Márgara se reprocha el olvido de dejar una nota para Luz.

Se asegura a sí misma que David le informará de su salida con Juan.

Si bien aborrecería volver cansada y encontrase sola, lo último que quiere es llegar tarde a la hora de visita.

Lleva demasiado tiempo esperando una respuesta.

Recarga la cabeza en el respaldo, el movimiento del auto la adormece.

Durante la noche, cada vez que cerraba los ojos recordaba los brazos de Hortensia en alto sujetando el bastón, dispuestos a asestar los golpes que terminaron en la cabecera.

Pasó las horas sopesando distintas razones para el cambio abrupto de objetivo.

Estimó posible un ruido que ella no oyó, pero que acobardó a Hortensia.

Pensó en la presencia protectora de la Virgen de Covadonga o en la intervención de su difunto hermano, Ignacio.

El último motivo que se le ocurrió fue la negativa de Dios a concederle la muerte antes de abonar suficientes achaques en la cuenta de su vida.