El eco de los espíritus del bosque Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel! #4
98%

Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel! #4

Se deslizaban por el aire como si fueran parte de él, casi invisibles entre las luces que se filtraban entre las ramas.

A cada giro, sus cantos armoniosos rompían la quietud de la noche, creando un eco suave.

Pluma se sentía satisfecha con la paz, la libertad y la seguridad que la vida humana no podía ofrecerle en su destino como bruja.

Edgard siguió su camino con la intención de encontrar a Aelyn. Finalmente la vio con su familia saliendo del altar de agradecimientos. Ella notó su presencia y lo saludó efusivamente con su mano, antes de acercarse apresurada.

—Hola, Edgard —sonrió mirándolo con intensidad—. Acabamos de realizar un ritual de gratitud en honor a Elrick. Estamos en paz porque sabemos que ayer recibió la misericordia.

—Aelyn —dijo en voz baja al ver su expresión fuerte y luminosa—. Es un gusto verte recuperar tu sonrisa.

—Ven, vamos con nuestras familias —dijo ella, tomándole la mano. Apenas llegaron junto a Tolmark, una carcajada retumbó en el aire, seguida por el sonido de muchos pasos apresurados que parecían vibrar al unísono .

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz Navidad! —. Edgard oyó sorprendido los gritos de su madre.

De inmediato, se encendieron las luces navideñas que habían colgado en todos los árboles del claro del bosque, sobre cuyas raíces había cientos de regalos.

Aún aturdido por las luces, Edgard vio acercarse a cuatro renos y cuatro centauros tirando de un improvisado trineo de madera montado sobre grandes deslizadores de nieve.

—¡No! —gritó Edgard, pálido, al ver los renos acercarse, recordando de inmediato el desastre en el cobertizo.

—Ja, ja, ja, ¿le tienes miedo a unos renos? —se burló Tolmark .

De repente, una risa retumbó en el aire, un “Jou, jou, jou” que los hizo girar hacia el origen del sonido. ¡Papá Noel!

—¡No! —exclamó Tolmark, paralizado de terror al ver al dios de la Navidad humana, con su gran barba blanca y su característico gorro rojo, deslizándose en el trineo mientras los renos trotaban a su ritmo.

—¿No le tendrás miedo a un Papá Noel, o sí...? —dijo Edgard, con una sonrisa traviesa, mirando a Tolmark mientras trataba de disimular el nerviosismo.

El viento sopló con fuerza, moviendo el gorro de Santa, que reveló su verdadera naturaleza.

—¡Un goblin Papá Noel! —gritaron todos al unísono, incrédulos.

—¿No les gusta? —preguntó Aelyn.

—¡Me encanta! —respondió Edgard.

—¡Claro que sí! ¡Es la gran sorpresa! —añadió Tolmark, sonriendo con esfuerzo y tratando de salvar las apariencias.

No habían salido del asombro, cuando comenzaron a escuchar los villancicos que eran interpretados por los pobladores. Después de pasar el susto inicial, el temblor de su cuerpo se transformó en emoción.

Para cuando sonó la última nota del canto noche de paz ya el ambiente en el lugar era de algarabía, activado por el entusiasmo del intercambio de regalos.

Así, todo encajó en la mente de Edgard. ¡Fueron sus padres, amigos y pobladores quienes prepararon esa sorpresa para sus vecinos humanos!

Edgard y Tolmark disfrutaron de ver a Durk disfrazado de Papá Noel, con su traje rojo, barba blanca, el gorro tambaleante entre sus largas orejas y su cuerpo fornido que le sirvió para llenar el traje sin esfuerzo.

A Talos, vestido de duende con una gran bolsa de regalos y, sobre todo, al serio y profesional comisario Brondar, con sus orejas cubiertas graciosamente con trozos de ramas que simulaban grandes astas de renos.

—Aelyn, ¿me acompañas? —le preguntó Edgard tomando su mano lo más sereno que pudo—. Tengo algo para ti en mi mochila y está colgada en la rama de aquel árbol—. Señaló.

—Vamos —le respondió ella, apretando su mano con calidez.

Caminaron muy juntos hasta el árbol, intercambiando miradas. Apenas se separaron para que Edgard bajara el bolso y tomara dos envoltorios de regalos y el pequeño ramo de flores.

—Toma, Aelyn, espero que te gusten —susurró Edgard entregándole los dos envoltorios y aguardó pacientemente que los abriera.

—¡Está hermosa! —dijo ella emocionada cuando vio la bota—. Es un sueño que la Navidad conmoviera de nuevo a mi madre. Lo malo es que Elrick no pueda disfrutarla.

—Lo bueno de la festividad navideña es que te sientes conectado de una manera agridulce con los que ya no están —confesó Edgard en tono melancólico—.

Esta bota la hizo mi abuela para mí y es muy especial porque cada mañana después de Noche Buena buscaba con ansias los dulces que Santa había dejado dentro.

Creo que eso significaba para mí más que los juguetes.

—¡Gracias! Aprecio muchísimo el gesto, pero solo aceptaré las golosinas que me obsequias —le dijo impresionada—. Si lo deseas, esta noche la colgaré en mi chimenea, pero te la devolveré después de las fiestas.

—No, mi deseo es que la tengas tú, porque crees en la Navidad con el mismo fervor que yo lo hago —le dijo enfático, señalándole el otro envoltorio—. ¡Te falta algo!

—Gracias por este honor —susurró conmovida, mientras desataba el moño del otro envoltorio ¡—Es la inicial de mi nombre! —lanzó un gritillo entrecortado.

—¿Me concederías el honor de ponerlo alrededor de tu cuello? —susurró Edgard.

—Nada me agradaría más —dijo Aelyn girándose de espaldas.

Edgard le colocó el colgante, sintiendo como el contacto con su piel, aunque fugaz, lo hizo estremecer. Aelyn se dio vuelta, lo tomó de la mano, y con una sonrisa llena de promesas, lo guio hacia uno de los muérdagos colgados entre los árboles.

El frío de la madrugada se hizo apenas perceptible cuando ella lo abrazó, rodeando su cuello con sus brazos, atrayéndolo hacia sí con una delicadeza que hizo que Edgard contuviera la respiración.

Y entonces, con una ternura que lo desarmó, Aelyn lo besó.

Lento, como si ambos estuvieran descubriéndose, probando la suavidad de un momento que no podía durar más que un suspiro, pero que parecía eterno.

El contacto de sus labios le hizo sentir algo que no había experimentado, una mezcla de mariposas en el estómago y un calor inesperado que se extendió por todo su cuerpo.

Cuando se separaron, Edgard se quedó allí, todavía inmóvil, como si el tiempo hubiera decidido detenerse.

La celebración se desvaneció a su alrededor mientras los primeros rayos del alba comenzaban a despejar el cielo. Los pobladores empezaron a marcharse, pero Edgard apenas pudo apartar los ojos de Aelyn. Ambos se despidieron con la promesa de que se verían pronto.

—Vamos a casa —les dijo Durk que venía con Talos a reunirse con su familia.

Al llegar a casa Durk y Talos fueron directo al cobertizo, mientras Fulgor y los chicos buscaban las botas, el chocolate y las galletas. Al entrar, Edgard no pudo evitar sonreír por el ambiente navideño que proporcionaba toda la decoración y la chimenea recién encendida.

—¿En qué podemos ayudar? —preguntó Pluma entrando seguida de Zorzal.

—Ayuden a Edgard con las botas que son muchas y están bien cargadas —dijo Tolmark emocionado —Esto de la navidad humana ya me está gustando. Creo que hasta podría tolerar que papá se vista de Papá Noel.

Mientras Edgard agarraba las botas navideñas, notó que habían agregado una nueva con el nombre de Zorzal. Era admirable la bondad con que su madre y Durk abrían las puertas de su casa y de su corazón a los que amaban.

—¡Gracias, mamá! —dijo Edgard mirándola a los ojos, mientras sujetaba tres de las botas navideñas para llevarlas a casa de Talos.

Aunque ya todos estaban agotados, tomaron el chocolate, comieron galletas y escucharon villancicos en el radio de Talos.

Antes de retirarse a descansar, intercambiaron los obsequios y se dedicaron a hurgar dentro de sus botas navideñas, develando las sorpresas que contenían. Al despuntar del nuevo día, se retiraron a descansar.

Edgard, exhausto por una celebración llena de aventuras, se preparó para dormir y se acurrucó bajo su manta.

—Edgard, mira. Es un turrón que me obsequió Bryna —le dijo Tolmark emocionado—. Un día le comenté de pasada que para mí eso es lo más sabroso de la navidad humana. ¡Y se acordó!

—Es un detalle muy importante —celebró Edgard de inmediato.

—Menos mal que el hermano mayor de Zruk sabe de chicas. Por eso le compré la pulsera—. Le confesó—. Se la di y me pidió que se la pusiera. Luego me besó en la mejilla, muy cerquita de la boca.

—Me alegro de que te haya ido bien con ella —susurró soñoliento Edgard.

—Más que eso. Pero Zruk me dice que tú debes tener cuidado, porque las elfas son seres de viento que embrujan —dijo Tolmark divertido—. Primero me preocupé, pero luego me di cuenta de que ¡papá se enamoró de una sílfide!

—Cierto —dijo Edgard sonriendo al recordar su propia historia y guardarla para sí. Este es el momento de Tolmark —pensó .

Por la ventana, aún se colaban los cánticos de algunos vecinos que permanecían despiertos haciendo resonar villancicos, llenando el aire con un destello mágico de alegría, mientras otros, ya con sus luces apagadas, disfrutaban del necesario descanso, quizás en el mismo lugar de inconsciencia donde acababa de llegar Edgard en medio de sus sueños. Y una percepción lo envolvió.