El eco de los espíritus del bosque Epílogo
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Epílogo

—E scúchenme bien, porque esta es una historia que no contaría si no fuera absolutamente cierto todo lo que voy a decir —comenzó Tolmark, su voz baja y grave, iluminado solo por el resplandor parpadeante de la hoguera.

Sus ojos brillaban con esa chispa traviesa que podía significar tanto una advertencia como una broma.

—¿Recuerdan la tienda de artilugios, esa donde a Edgard le dio por entrar como si no hubiera aprendido nada de mis sabias enseñanzas? Pues bien, hay algo que no les conté… porque no quería asustarlos. O bueno, tal vez porque no quería que me quitaran el turno para la próxima ceremonia.

Tolmark hizo una pausa dramática, mirando alrededor como si esperara que algo o alguien estuviera espiándolos.

—Dicen que cuando el lugar está vacío, cuando no hay ojos mortales para vigilarlo, comienzan a escucharse susurros.

Voces. No de ancestros amables como los míos, no, sino de algo más antiguo, más oscuro.

Una vez escuchamos el arpa sonar, suave, hipnótica, pero cuando entramos…

no había nadie. Solo el eco, como si el aire mismo estuviera tocándola.

Un crujido rompió el silencio a sus espaldas, y Tolmark dio un salto, dejando escapar un gritito que claramente trató de disimular con una tos forzada.

—¡Cálmense! Es el viento. O tal vez esa bruja malvada que sigue insistiendo en usar mi lengua en su caldo de ancas de rana. Porque claro, ¿quién no quiere un poco de mi elocuencia en su receta secreta?

Un murmullo de risas se extendió entre los presentes, aunque no del todo tranquilas .

—Pero lo más extraño de todo —continuó, inclinándose hacia adelante como si fuera a compartir el secreto más grande del mundo— es que uno de mis ancestros aparecerá en la próxima ceremonia.

Y déjenme decirles, si creen que yo soy dramático, no han conocido a mi tatarabuelo Norbin, quien inventó el arte de asustar solo para pasar el rato.

Su especialidad era usar espantapájaros…

que no eran precisamente inanimados, si entienden a lo que me refiero.

Tolmark dejó que el silencio llenara el espacio, alimentando la tensión.

—Pero, tranquilos, eso no tiene nada que ver con la búsqueda del espantapájaros que nos encargaron… ¿o sí? —. Bajó el tono de voz—. Je je je, bueno, supongo que a las brujas flacuchentas como ramas no les agrada que las llame así.

El brillo en sus ojos se intensificó mientras recostaba los brazos detrás de la cabeza, como si acabara de relatar una simple anécdota.

—Y Bryna, bueno… —añadió, sonriendo de manera casi tímida—. Es posible que le haya prometido que no le contaría ninguna historia aterradora esta noche. Así que, naturalmente, esto se queda entre nosotros, ¿verdad?

La hoguera chisporroteó, arrojando sombras danzantes sobre los rostros expectantes. Tolmark se levantó, alisándose la túnica con una exagerada calma.

—Ah, y sobre la tienda de artilugios, no se preocupen demasiado por los susurros… o las luces… o las sombras que parecen moverse solas. Seguramente son solo leyendas. ¿O no?

Se dio la vuelta con un giro teatral, dejando a los presentes entre risas nerviosas y miradas inquietas. Desde la oscuridad, su voz resonó una vez más, como una carcajada que flotaba en el aire:

—Dulces sueños… si es que logran dormir.