Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel! #3
Aun estando cansadas por haber pasado todo el día construyendo nuevos nidos, estas aves daban una muestra de agradecimiento y reconocimiento a los pobladores, que, unidos con tenacidad, demostraron su fe y derrotando la energía negativa que las pretende ligar con la oscuridad y la muerte.
—Iré al altar de conexión con los ancestros a intentarlo de nuevo —dijo Tolmark apresurado—. Siempre manifiesto cuando estoy rodeado de gente y este año probaré sin tanta interferencia espiritual.
Tolmark, primero debes manifestar tus promesas y agradecimientos —le dijo Fulgor condescendiente—. No se trata solo de pedir.
—Sí, sí, madre. Lo haré después —contestó mientras hacía un gesto distraído con la mano—. Estoy cambiando el procedimiento. Quizás no me toman en cuenta porque mis ancestros piensan que no los necesito.
Su madre rodó los ojos y se alejó, mientras Durk, su padre, se acercaba con una sonrisa cómplice.
—Bien hecho, Tolmark, hay que intentarlo todo —dijo en voz baja, poniéndole una mano en el hombro—. Pero algo que aprendí de tu madre es que escuchan más si agradeces por lo que tienes y has alcanzado. Enséñales algo que hayas logrado y que te haga sentir orgulloso.
—¿Cómo qué? —se preguntó Tolmark preocupado.
—Los poderes que estás desarrollando y tu colaboración con la libertad espiritual de este pueblo o el cambio en el trato hacia tu hermano —le sugirió Durk mirándolo al rostro con afecto.
—Edgard hizo más que yo y lo trato cómo se merece —dijo Tolmark encogiéndose de hombros.
—Piénsalo bien, Tolmark. Todos aportamos para lograr los resultados en la batalla —dijo su padre con calma—. Y aunque te fascine bromear con tu hermano, sé que te importa su bienestar. Eso, hijo, ya es un gran logro.
—Gracias, papá —dijo el chico alejándose con los hombros erguidos .
Poco después, se encontraba en el altar de las conexiones con ancestros. Se concentró intensamente y manifestó su deseo: que un antepasado se presentara ante él.
Y así, en un instante, como si se rasgara el espacio, apareció ante él un halo ondulante en una mezcla de tonos esmeraldas y plateados que se convirtió en un goblin. Llegó moviendo la cabeza en todas direcciones, como buscando a alguien.
Su rostro, ancho pero estilizado, destacaba por unos grandes ojos de un amarillo brillante e intenso. La frente amplia y despejada contrastaba con el cabello, formado por filamentos verdes que emergían detrás de sus orejas y se extendían en una melena ondulante.
De estatura media, su figura era delgada, aunque desproporcionada por una panza prominente. Sus extremidades, largas y esqueléticas, terminaban en dedos que asemejaban ramas. Llevaba únicamente una capa larga, sujeta al cuello, que le confería un aire mágico y misterioso.
—¿Quién me llama? Han interrumpido mi descanso —preguntó molesto e impaciente el ancestro goblin, moviéndose constantemente con inquietud, reflejando una energía inagotable.
—Yo, Tolmark. Necesito tu guía y sabiduría —dijo rápidamente con firmeza, aunque realmente solo quería
verificar si la presencia era real o tan solo su imaginación desbordada.
—¿Cómo para qué? Yo a tu edad ya sabía que quería, parece que tú, ni eso —preguntó el ancestro con su voz profunda y resonante.
—Dime cómo mejorar mis poderes. Ya los he usado en batallas para desterrar sombras —respondió Tolmark, inflando el pecho con orgullo.
—Ah, Tolmark, ya recuerdo, eres aquel chico tonto que casi destruye el laboratorio de química mezclando sustancias como si fueran ingredientes para un pastel —dijo el ancestro, tras un breve silencio, soltando una risa profunda.
—¡Eso fue un accidente! —protestó de inmediato Tolmark.
—Lo sé, Tolmark. Solo quería corroborar tu nivel de conciencia actual—. Sonrió dudoso—. Ya aceptas que lo hiciste, lo que me demuestra que sin dudas has mejorado. Ahora, lo siguiente es que reconozcas tus errores.
—Bien. Acepto que fue una travesura —dijo Tolmark de inmediato.
—Respuesta ágil e imaginativa, pero falta de sinceridad — advirtió de manera firme su ancestro, pero en tono amigable—. Como buen goblin eres alegre, impulsivo, ocurrente, y eso está bien, pero siempre que sea dentro de un proceder adecuado .
—De acuerdo, lo planifiqué para que suspendieran la clase —confesó Tolmark.
—Así está mejor —dijo el ancestro, señalando con un gesto. —Para guiarte en el desarrollo de tus poderes, necesito ver que eres capaz de autorregularte, de decidir qué hacer y qué no hacer.
—¿Cómo puedo lograrlo? —se preguntó Tolmark.
—Manifestando agradecimiento por tus progresos y buenos propósitos de superación —le dijo el ancestro, mirándolo con diversión—.
Vas por buen camino. Aunque sé que es difícil, si sigues dejando de lado tu autoindulgencia, pereza y egoísmo, pronto llevarás tus poderes a otro nivel—.
Lo alentó—. Cuando alcances tus propósitos, nos vemos en un nuevo ritual.
—Espero que sí. Pero debo decirte que deseo ser un goblin como mi padre, y no madurar tanto que me pudra —le aclaró Tolmark de inmediato—. Porque tampoco es que quiera convertirme en un gurú espiritual o algo así.
—Sí, también conozco a Durk—. Y su ancestro soltó la carcajada antes de desaparecer como una nube verde que pronto se diluyó en el ambiente.
Entonces Tolmark, un poco perturbado salió del altar y caminó hacia donde estaba su mamá.
—¿Contento? —le preguntó Fulgor—. Solo percibí su presencia, las revelaciones son totalmente privadas —lo tranquilizó.
—Sí. No logré lo que esperaba, pero ¡cuenta igual!
— respondió eufórico mientras se dirigía a los altares de agradecimiento y de buenos propósitos.
En ese momento, se cruzó con Edgard, quien iba rumbo al altar de conexiones con ancestros.
Ambos se saludaron con entusiasmo, sabiendo que cada ceremonia traía consigo un desafío único.
Edgard llegó al lugar de la ceremonia y, para su sorpresa, conectó con su abuela con una rapidez inesperada.
Sin embargo, aunque esperaba verla, no fue posible.
Como humana, su esencia no pudo materializarse.
Aun así, logró escuchar su voz y sentir sus suaves caricias a través del viento, cuyas corrientes parecían danzar a su alrededor, como un susurro familiar.
—Hola, mi querido encanto, me siento agradecida de que me hayas invocado. Solo me concedieron unos segundos y no quiero partir de nuevo sin despedirme —le dijo amorosa—. Te arropé con mi amor y me preocupaba mucho no haberte preparado para mi ausencia, pero el ver tu rostro radiante me tranquiliza.
—Abuela, gracias por tanto amor —susurró Edgard con lágrimas en los ojos—. No ha sido fácil encajar en una familia tan peculiar, pero todos nos hemos esforzado y lo estamos logrando.
—Eso me alegra tanto. Pero debo pedirte que te acerques a tu padre, él tuvo que alejarse de ti porque te ama. Nunca lo olvides, ustedes se necesitan —le pidió ella con fervor.
Los ojos de Edgard se abrieron sorprendidos. Siempre había sentido una curiosidad insaciable por su padre, pero la mayoría evitaba hablar de él.
—Lo haré, Abu Tavi —respondió, un poco pensativo—. Y antes de que te vayas, hay algo que quiero contarte... He conocido a una chica, y quiero regalarle la bota de Navidad que me hiciste.
—¿Por qué no hacerlo? Esa bota es tuya y solo tú puedes decidir qué hacer con ella —le respondió su abuela suavemente, como una brisa cantarina—. Edgard, celebra tu vida como si todos los días fuesen Navidad y sé feliz donde quiera que vayas —. Hizo una pausa—. Ya es tiempo de marcharme.
—Ve tranquila que yo estoy bien —susurró Edgard con lágrimas que rodaban por sus mejillas.
—¡Dios te bendiga, Edgard! —le envió un beso y desapareció.
Edgard permaneció allí unos instantes, temblando de emoción. Respiró hondo, tratando de calmarse, y luego, con paso firme, se adentró en el claro del bosque, decidido a buscar a Aelyn.
—Edgard, ven, deseo que conozcas a alguien —escuchó graznar a Pluma que venía volando hacia él con aires de felicidad.
—Hola, Pluma —la saludó—. Creí que te vería transformada en humana.
—¿De dónde sacaste eso? Soy un ave encantadora — respondió, mientras sus ojos guardaban el brillo de lo sobrenatural—. Ven, quiero presentarte a alguien...
Antes de que Edgard pudiera decirle que iba apurado en busca de Aelyn, Pluma voló hacia un gran árbol y él tuvo que ir tras ella. El ave emitió un suave graznido y, tan solo unos segundos después, apareció un joven petirrojo.
Era una criatura majestuosa, con plumas de un azul profundo que resplandecían bajo la luz. Su cresta y su pecho, desde el pico hasta las garras, brillaban en tonos naranja rojizo-vibrantes, un contraste llamativo contra el cielo invernal que se extendía sobre ellos.
—Hola, mi nombre es Zorzal —graznó el ave inclinando su cresta en un jovial saludo.
—Hola, el mío es Edgard —se presentó—. Si eres amigo de Pluma, lo eres para mí también—. Dijo ya acostumbrado a los momentos mágicos.
—¿Amigo? ¡Por favor! ¡Es mi novio! Te lo conté en el sótano, Edgard —dijo, levantando una pluma con sorpresa por la falta de memoria del joven—. Bueno, ya casi es medianoche, nosotros nos vamos al nido.
—¡Oh, mi encantadora mandona! — graznó el petirrojo—. Edgard, si algún día me ves volando con Pluma, no te sorprendas si me quedo atrás. A veces, me pregunto si es más rápida o si tiene alguna poción de vuelo secreto. —Zorzal soltó una risita traviesa—. ¡Lo peor es que ni siquiera me deja competir!
Edgard no pudo evitar sonreír ante el humor de Zorzal. Sin duda, era el único que se atrevía a hablar del temperamento de Pluma sin terminar convertido en cenizas.
Pluma rodó los ojos. — Adiós, Edgard, me voy con mi terroncito.
Pluma y Zorzal elevaron su vuelo, trazando círculos sobre el bosque con una gracia casi etérea. Sus pequeños cuerpos moviéndose con elegancia sobre la neblina que cubría las copas de los árboles.