El eco de los espíritus del bosque Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel! #2
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Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel! #2

El cristal vibró levemente, como si estuviera a punto de romperse. Sin pensarlo, Edgard extendió la mano y lo tocó. En un instante, una ráfaga de aire gélido lo envolvió. Retrocedió rápidamente, pero no antes de que la botella comenzara a temblar, como si intentara liberarse.

—¡No deberías haber hecho eso! —dijo Tolmark desde atrás, con voz grave y seria. Edgard se giró sobresaltado, sintiendo el pulso acelerado en su pecho.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —preguntó, su tono nervioso traicionando su sorpresa.

Tolmark se acercó, su rostro ahora sombrío, y bajó la voz como si estuviera a punto de contar un oscuro secreto.

—Esa botella... —comenzó Tolmark, mirando fijamente el objeto—. No es solo viento lo que contiene. Esa botella encierra el mal, Edgard. Libera almas perdidas... y espíritus de las brujas más oscuras que han sido arrastradas por los vientos. Seres que... que no deberían estar aquí.

Edgard frunció el ceño, confundido, pero Tolmark continuó, su voz cada vez más baja, como si estuviera contando una historia que nunca había querido recordar.

—Hace mucho tiempo, un ser mágico... que nadie sabe con certeza a que raza pertenecía, quiso dominar lo incontrolable.

Algunos dicen que era un elfo, otros una ninfa, tal vez un silfo, o quizás “algo” que flotaba entre las sombras del viento, pero lo que sí se sabe es que pretendió contener las tempestades, hacer suyo el poder de los vientos.

Edgard comenzó a temblar sutilmente.

Pero cuando abrió esa botella, algo se desató.

Liberó a las almas de las brujas que, por siglos, habían sido arrastradas por los vientos del abismo, almas de maldad pura.

Lo que escuchó fue más allá de cualquier tormenta.

Voces... miles de voces, susurrando su nombre, llamándolo, burlándose de él, prometiéndole poder a cambio de su cordura.

Y a medida que esas voces se volvieron más fuertes, él comenzó a perderse.

Se convirtió en un ser loco, incapaz de discernir entre la realidad y la oscuridad que había desatado.

—Claro, todo esto puede ser solo un cuento de fogata para asustar niños, ¿verdad?

—dijo Tolmark, alzando las cejas y sonriendo de manera torcida—.

Pero hay algo en esa botella, Edgard. Algo que no es solo magia...

Algo que sigue esperando. ¿Quién sabe qué podría suceder si decides continuar con tu curiosidad?

Edgard no pudo evitar mirar la botella una vez más, como si pudiera sentir las voces susurrando desde el interior. Pero antes de que pudiera hacer más preguntas, Tolmark estalló en una risa llena de satisfacción.

—¡Tu cara! — dijo Tolmark, dándole una palmada en la espalda con fuerza—. ¡Ja, ja, ja! Eso fue demasiado, Edgard. Deberías verte. Edgard suspiró mientras sus ojos se apartaban de la cara de Tolmark. Luego, siguió mirando la tienda.

En una esquina, cubierto de telarañas, se erguía un viejo faro apagado.

Sus paredes de madera, deslucidas y carcomidas por el tiempo, chocaban con la modernidad del lugar, pero de alguna manera, parecía que el faro era el que realmente pertenecía allí, como si todo lo demás hubiera invadido su espacio.

Edgard lo observó con una mezcla de fascinación y desasosiego, pero se abstuvo de decir una palabra, y continuó avanzando pues tenía que encontrar un obsequio para Aelyn.

Más adelante, Talos estaba maniobrando con su carrito especial para seres mágicos de gran tamaño. A pesar de que los pasillos estaban diseñados para criaturas robustas como él, sus hombros seguían rozando algunas estanterías, haciendo temblar los objetos más delicados.

—Talos, cuidado con esas teteras encantadas —bromeó un orco fornido al verlo esquivar uno de los anaqueles más delicados.

El gigante se sonrió, y continuó decidido hasta encontrar los pendientes perfectos.

En el techo, pequeñas plataformas flotaban en un delicado equilibrio mágico, diseñadas para pixies, ninfas y otras criaturas diminutas.

Estas áreas estaban adornadas con aparadores en miniatura repletos de libros escritos en runas mágicas, y acogedores rincones donde se servía té.

Un suave resplandor mágico envolvía el espacio, creando una atmósfera etérea y encantadora.

Desde una de las plataformas, Miritha avistó a Edgard y, con entusiasmo, agitó la mano para llamar su atención.

—¡Edgard! Qué alegría verte. No olvides pasar por la Morada de la Curandera —le guiñó un ojo—. Un ser especial como tú necesita cuidados de salud adecuados .

Edgard sonrió, asintiendo con cortesía, mientras Miritha volvía a sentarse en su pequeña mesa con una taza que parecía un pétalo curvado.

El ambiente en la tienda era festivo. Los clientes parecían contagiados por la alegría del día, sabiendo que esa noche serían los rituales y ceremonias espirituales. No era como la Navidad humana, reflexionó Edgard, sentía una satisfacción profunda por ser parte de la celebración.

Tolmark puso los ojos en blanco al ver que Edgard se limitaba a llenar la bota con chocolates y golosinas para Aelyn. Con un gesto dramático, lo jaló por el brazo.

—¿Eso es todo? ¿En serio? —se burló, alzando una ceja—.

Te lo digo, no tienes ni idea de lo que haces.

—¿Por qué no? A todos les gustan los dulces —protestó Edgard, encogiéndose de hombros.

—Ah, novato... —Tolmark dejó escapar un suspiro teatral mientras sacaba varios paquetitos de su bolsa—. Después de lo de Bryna en el cole, me convertí en un experto. Te digo, las flores son infalibles.

Edgard arqueó una ceja, escéptico.

—¿Flores? Pero si hay muchas en el bosque. ¿Qué tiene de especial?

Sin decir nada, Tolmark le dio un leve golpecito en la cabeza con uno de los paquetitos.

—Eso es justo lo que te falta, hermano: sentido común.

Además, no solo flores. Mira, busca algo como una pulsera o un colgante—.

Señaló hacia el mostrador, donde brillaban docenas de opciones.

Luego, con una sonrisa de autosuficiencia, añadió—.

Bryna va a recibir el regalo perfecto. Ya elegí uno para ella, y un perfume, porque claro, soy un genio.

Edgard bufó, pero, admitiendo para sí mismo que su hermano tenía un punto, comenzó a buscar algo más significativo. Al cabo de unos minutos, encontró un colgante fino de color dorado, adornado con pequeños destellos que formaban una elegante “A”.

—¿Ves? Ahora sí empiezas a parecer alguien con cerebro —dijo Tolmark, inspeccionando la elección de Edgard.

—¿Y tú qué tienes? ¿Otro manual de cómo ser insoportable? —bromeó Edgard.

Entre risas y comentarios, terminaron en la floristería, escogiendo ramilletes de flores invernales. Después, cada uno se separó para buscar los regalos familiares, con Tolmark todavía lanzando consejos innecesarios mientras Edgard lo ignoraba con una sonrisa.

Una vez completadas las compras, pagaron en la caja y regresaron a casa para prepararse para la ceremonia.

Apenas cruzó la puerta, Edgard subió corriendo a su habitación, sin detenerse a observar nada más.

Allí, guardó con cuidado los regalos en su bolso.

A partir de hoy, el 24 de diciembre será un día doblemente especial para mí —pensó…

—¡Listo, chicos! —anunció Fulgor mientras encendía las luces navideñas.

El brillo iluminó el jardín y se extendió hacia el interior de la casa, haciendo que todo pareciera mágico.

Pero lo que realmente atrapó a Edgard fue la chimenea.

Allí estaban colgadas seis botas, una para cada miembro de la familia: Pluma, Talos, Edgard, Tolmark, Durk y Fulgor.

Se acercó sin pensarlo, sus dedos rozando con cuidado la que llevaba su nombre.

Su pecho se llenó de algo indescriptible, una mezcla de alegría y asombro.

—¿Vas a llorar o qué? —interrumpió Tolmark con una risa burlona, dándole un codazo ligero—. Me debes una, ¿eh? Fui tu “tente allá” mientras compraban todo esto. Pero no vuelvo a acompañarte mientras buscas un obsequio para tu novia. ¡Qué tortura! Eres el rey de los indecisos.

—¡No es mi novia! —protestó Edgard, sintiendo cómo las orejas se le encendían de calor.

—Ah, claro, seguro. Pero serías muy afortunado si lo fueras ¿no? —replicó Tolmark, alzando las cejas con un gesto exagerado.

Edgard apenas le escuchaba. Su mirada seguía fija en las botas, y aunque intentaba no sonreír, el brillo en sus ojos lo delataba.

—Andando, chicos. Ya es hora —los interrumpió Durk, poniéndose el abrigo con prisa.

Talos y Pluma se les unieron al salir y partieron juntos hacia el lugar de la celebración.  El claro del bosque estaba bellamente adornado y los cuatro altares transmitían una energía celestial que brindaba un ambiente místico donde la magia se entrelazaba con la naturaleza de manera tangible.

—¡Qué hermoso! —susurró Edgard admirado de encontrar un ambiente que no tenía nada que envidiar a la navidad humana.

El cielo estaba cubierto de estrellas, pero con pequeñas motas de nieve descendiendo como esferas flotantes que brillaban suavemente, como si palpitaran con vida propia. Quizás estaban relacionadas con las almas luminosas de los niños.

El aire estaba impregnado de una mezcla de agradables fragancias de incienso, tierra húmeda, flores, frutos y un toque de salvia quemada, cuyo humo subía en espirales hacia la copa de los árboles, mezclándose con los murmullos de los asistentes.

El lago cercano reflejaba las luces de los faroles cercanos, creando un doble espectáculo de resplandores que daban la ilusión óptica de extenderse hacia el infinito.

La pequeña cascada que se desprendía por una ladera de la montaña emitiendo destellos efímeros de un blanco plateado, no solo era un murmullo constante, sino que parecía vibrar al ritmo de los cánticos.

Los cuervos, grandes guardianes y símbolos de reflexión y de las memorias ancestrales de Ravenpine, celebraban su libertad. Volaban dando vueltas en la cima de la montaña y sobre las copas de los árboles.