Capítulo 18 ¡Y llegó Papá Noel!
—E dgard, después del desayuno iremos a comprar obsequios para la celebración del Renacimiento de la Espiritualidad en Ravenpine —comentó Fulgor, mientras su luz titilaba con suavidad, como si anticipara alguna resistencia.
—¡Perfecto! Yo también quiero buscar un regalo —respondió Edgard con entusiasmo, antes de dar un mordisco a su tostada.
Pluma entró al comedor, se posó en un colgante decorativo con forma de rama metálica y, mientras se arreglaba unas plumas desordenadas, fijó su mirada en Edgard, como si intentara descifrar qué había detrás de su inesperada disposición.
Durk, incapaz de contenerse, soltó una carcajada abrupta y terminó escupiendo un poco de agua, tosiendo entre risas.
—¡Ah, lo que puede hacer una chica! —dijo Durk, limpiándose la boca con el dorso de la manga.
Su expresión endurecida se suavizó al recordar—.
A mí me pasó lo mismo la primera vez que vi a tu madre.
Ella brillaba como un faro, y yo pensaba: ¿Qué hace una diosa entre los mortales?
—Rio, colocando su mano en la cintura de Fulgor—.
Ahora tengo la suerte de verla cada día.
—¡Durk! —protestó Fulgor, mientras un leve brillo rosado se filtraba entre su luz. Pluma graznó de risa, y Tolmark miró a su padre como si acabara de escuchar la mayor de las historias de amor.
—Aelyn lo ha pasado muy mal últimamente —dijo Edgard, tragando rápido un pedazo de tostada—. Quiero darle algo que la haga sonreír.
—Ja, ja, ja, seguro que nada la haría más feliz que un beso del galán del pueblo —dijo Tolmark entre risas, golpeando la mesa con la mano.
—¡Tolmark! —Fulgor lo miró con una mezcla de reproche y diversión—. Esa pobre chica acaba de perder a su hermanito.
—Oh, sí, perdón... —se disculpó Tolmark, aunque todavía tenía los ojos húmedos de tanto reír.
—Come rápido, Edgard —intervino Pluma, que parecía disfrutar del momento tanto como todos—. Dormiste hasta tarde pensando en tu musa, ¿no?
Edgard dejó caer la tostada en el plato y le dedicó a Pluma una mirada fulminante, que apenas logró mantener por un segundo. Aún sentado, se alisó el cabello, tratando de parecer indiferente.
—Vaya, vaya —continuó Tolmark, ladeando la cabeza con fingida curiosidad—. Pensé que tendríamos que soportar tu famoso berrinche silfo por no pasar la Nochebuena en casa. ¿Qué cambió? Mira nada más, el guardián de las tradiciones de la abuela detrás de una sonrisa bonita.
Fulgor le lanzó una mirada que habría congelado a cualquiera.
—Tolmark, respeta a tu hermano... y a sus ancestros—. La advertencia en su voz fue clara.
—Ya, mami, solo era una broma —respondió Tolmark, levantando las manos en señal de rendición.
Edgard se rascó la nuca y miró a Fulgor antes de hablar.
—Mamá, necesito saber cómo son las celebraciones en Ravenpine. Nunca he asistido... ¿Qué actividades hacen? ¿Cómo debo vestirme? ¿Qué tipo de regalos se llevan ?
El comedor quedó en un absoluto silencio, como si todos se hubieran quedado sin palabras. Fulgor, Durk, Pluma y Tolmark intercambiaron miradas atónitas, incapaces de ocultar su asombro.
Pluma fue la primera en romper el silencio. Estiró el cuello hacia atrás, graznando con incredulidad y sacudiendo las plumas con exageración.
—¡Ay, Edgard! ¡Qué preguntas tan filosóficas! Pero desde ahora te digo que no hay un manual para conquistar a una chica elfo durante las celebraciones espirituales —graznó Pluma con sarcasmo.
Durk soltó una carcajada ruidosa y, con una mirada de complicidad hacia Tolmark, añadió:
—Ja, ja, ja, muchacho, como bien grazna Pluma, esas son celebraciones espirituales. ¡Purificas tu alma de pensamientos impuros! No es un festival para robar corazones, ¡es para elevar tu espíritu! —se burló, entre risas.
Tolmark no pudo contener la risa. Se levantó de su asiento con exageración y comenzó a hacer una parodia ridículamente solemne, como si fuera el maestro de ceremonias de un ritual de gran importancia.
—¡Oh, sí, Edgard! —dijo, aplaudiendo con entusiasmo—. ¡En la ceremonia sonarán trompetas mientras caminas sobre un tapiz de pétalos rojos! ¿Qué tal si usas un sombrero de estrellas? ¡O puedes tocar el tambor mágico!
Edgard, intentando mantener su compostura, puso los ojos en blanco, exasperado.
—Sí, claro, Tolmark, eso es exactamente lo que quiero saber. Cómo vestirme para que todos me miren raro y luego me den un premio por el look místico, ¿no?
—Vamos, Edgard, no dejes que estos dos tontos te desanimen —dijo Durk, señalando a Tolmark y a sí mismo—.
Seguro que no eres el primero en soñar con un momento romántico en medio de una ceremonia para purificar el alma—.
Después, inclinándose hacia Edgard con aire cómplice, añadió en un susurro—.
Yo lo intenté una vez, pero me puse tan nervioso que terminé derramando el agua ceremonial... sobre mí mismo—.
Se llevó la mano a la frente—. Pero, oye, yo quizás hubiese necesitado ese tambor mágico, pero tú tienes ventaja, esa sonrisa encantadora podría derretir hasta a los espíritus ancestrales.
Edgard frunció el ceño, confundido, aunque una pequeña parte de él sospechaba que Durk trataba, a su manera torpe, de decirle que no se rindiera.
Fulgor interrumpió el momento con una voz seria y cargada de significado:
—Lo que preguntas no es trivial, Edgard.
Debes entender que lo que celebramos no es solo un evento.
Es una parte esencial de quienes somos—.
Hizo una pausa, como si las palabras mismas estuvieran llenas de peso—.
El 24 de diciembre es el Renacimiento de la Espiritualidad aquí en Ravenpine.
Ayer, el alcalde lo declaró un día de unión comunitaria para reflexionar, renovar nuestras creencias y reafirmar nuestra conexión cada año.
La habitual chispa de humor de Durk se apagó por completo mientras añadía con voz firme:
—No será una celebración más. Es un día de profunda conexión con nuestros orígenes, con lo que nos define y con nuestra comunidad. Para nosotros, estas ceremonias son más que tradiciones, son un vínculo directo con la magia misma que corre por nuestras venas.
Pluma, extendió sus alas y voló en círculos alrededor de Edgard.
—Celebramos el misticismo de nuestra tierra y de los seres celestiales.
Cada uno de nosotros cultiva su espiritualidad con rituales que pueden ser personales o en familia.
Acudimos a los altares para rendir homenaje y ofrecer regalos a los seres que nos guían, buscando protección, luz y sabiduría —graznó Pluma.
Durk asintió, y su tono se tornó aún más solemne:
—Realizamos los rituales en cuatro altares: agradecimiento, promesas, peticiones y conexiones con nuestros ancestros —le explicó—.
En cada uno de los cuatro altares están presentes los elementos de la naturaleza: fuego, tierra, agua y aire.
De esta forma, todos los seres mágicos podemos identificarnos con nuestros orígenes.
—¿Puedo conectarme con mi abuela? —preguntó Edgard.
—Por supuesto, hijo. No existe un manual para los rituales —le explicó Fulgor con calma—.
Cuando sientas el llamado, simplemente acércate, concéntrate, y deja que la conexión fluya.
Manifiesta desde el corazón—. Hizo una pausa, regalándole una mirada tranquilizadora—.
Y si no sucede al primer intento, no te preocupes.
Lo esencial es permitirte conectar tu alma y tus sentidos a lo trascendental.
—Yo siempre me atrevo, pero parece que los dioses no me escuchan y mis ancestros no desean que los conozca — expresó Tolmark con desenfado.
—Eso es porque no te lo tomas en serio —dijo Durk riendo—. Eres igual a mí, lo intenté muchas veces sin resultado, solo pude obtener respuestas cuando tu madre me enderezó por el carril.
—Así es —dijo Fulgor, esbozando una sonrisa indulgente ante las ocurrencias de sus queridos goblins—. Tendrás muchas oportunidades, porque los altares estarán ahí para ti toda la noche. En Ravenpine, siempre honramos con rituales.
—¡Es hora de salir de compras! —graznó Pluma, mirando por la ventana de la cocina—. Talos está cansado de esperarnos.
Poco tiempo después se encontraban en una de las tiendas más peculiares y surtidas del pueblo.
Edgard cruzó el umbral de la entrada y abrió la boca de la impresión.
No había visitado ningún sitio así. La luz mágica que emanaba de los candelabros flotantes teñía el ambiente con colores cálidos y cambiantes, dándole un aire casi onírico.
Alrededor de él, estanterías y vitrinas mostraban un sinfín de objetos curiosos que parecían susurrar secretos solo para los más atentos.
Desde pequeños frascos que contenían pétalos mágicos hasta relojes de arena que fluían hacia arriba.
—Para ahorrar tiempo, podemos separarnos y nos encontramos aquí en una hora ¿les parece? —propuso Pluma.
—En compras, tú eres la experta —se burló Durk, dándose cuenta de que ella necesitaba privacidad.
Edgard avanzó lentamente por el área central de la tienda.
Le llamó la atención una plataforma elevada de madera oscura donde permanecía un arpa.
Las cuerdas del instrumento brillaban como si estuvieran forjadas de plata líquida, reflejando los destellos de las luces de su alrededor, como si estuvieran en constante movimiento.
El marco, tallado en un material tan oscuro que casi se fusionaba con la plataforma, estaba cubierto de intrincadas inscripciones en un idioma que Edgard no lograba descifrar. La fascinación lo impulsó a dar un paso hacia adelante, pero la voz de su madre lo detuvo de inmediato.
—Bien, muchachos, mejor vayan juntos. Pero no toquen nada —aclaró Fulgor a sus dos hijos .
Edgard siguió su camino hasta una estantería cerrada con cristal opaco. Dentro, entre otras piezas, había una botella que, a simple vista, parecía completamente normal. Pero al mirar más de cerca, notó que el viento estaba contenido en su interior.
—Es impresionante, pero ¿cómo es posible? —preguntó en un susurro para sí mismo.