El eco de los espíritus del bosque Capítulo 17 El reencuentro #4
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Capítulo 17 El reencuentro #4

—Ha llegado la hora de la misericordia para los niños injustamente convertidos en sombras, para ayudarlos a alcanzar el perdón, la reconciliación y la paz —elevó su petición Talos.

Cientos de pequeñas almas color grisáceo aparecieron suspendidas sobre el altar y fueron cambiando su color hasta convertirse en halos de luz tornasol.

—Las almas de inmortales o seres convertidos a espectros deben seguirme para fusionarse con sus cuerpos dormidos que se encuentran en el hospital de campaña —pidió Brondar.

Una nube de resplandor tornasol lo siguió hasta desaparecer entre los frondosos árboles.

—Las almas mortales o que se han convertido en espantos podrán acercarse a sus familiares para despedirse. Por unos instantes de compasión celestial, se les permitirá poseer voz para despedirse de sus seres queridos —dijo Beltrank abriendo sus brazos.

Beltrank dio un paso al frente, cuando el ánima de Keltrank levitó frente a él.

—Te amo y te reconozco, Beltrank. Hermano, lamento que mi confusión te haya causado tanto sufrimiento —dijo con una voz angelical—.

Gracias por ayudarme a alcanzar la luz y haber cuidado mi sepultura.

Ah, y por tantas galletas de jengibre que tomé de tu cocina para dárselas a otros niños que también conocieron el sufrimiento.

—Te amo, Keltrank.

Siento no haberte podido salvar de las sombras en el lago—sollozó Beltrank—. Hermano, hubiese dado mi vida por evitarte todo el dolor que te causaron.

—No estaba en tus manos, como tampoco en las mías. Quiero que recuperes la paz y la tranquilidad, tal como yo la acabo de recibir con alegría —susurró Keltrank.

Una suave brisa sopló, moviendo las nubes lentamente para dejar ver el brillo de un cielo estrellado, al tiempo que comenzaban a caer minúsculos copos de nieve

—Adiós, mi tiempo ha terminado, nos reencontraremos algún día —se despidió Keltrank antes de ascender y perderse tras una estrella fugaz.

—Adiós hermano, así será…

Beltrank lloraba emocionado, acababa de presenciar el ritual perfecto. ¡habían encontrado la luz que tanto le pidió Keltrank! Le habían devuelto no solo su brillo, sino también su paz, libertar y tranquilidad.

—¡Vuela alto hermanito! —susurró conmovido—. Nos reencontraremos algún día…

Cuando desaparecieron las almas de luz en el cielo estrellado, todos los presentes estallaron de alegría.

Una explosión espiritual que llegó a todos los rincones del universo.

Tanto así, que, si hubieses buscado en ese instante Ravenpine en Google Maps, podrías haberlo confundido con el más grande faro de luz del planeta.

La gran celebración duró hasta el amanecer. Lo habían logrado juntos y su triunfo sería celebrado por siempre, la madrugada del 24 de diciembre quedaría registrado en los anales históricos de Ravenpine.

—Hola, Edgard —la voz de Aelyn rompió el silencio, suave y cargada de emociones, mientras su mano se posaba ligeramente sobre su hombro.

El corazón de Edgard se disparó, golpeando su pecho como si fuera un tambor enloquecido por un hechizo ancestral que encendía su ser en llamas.

Se giró para verla, y en ese instante, el brillo de sus ojos le resultó lo más hipnótico que había visto, convencido de que si estaba bajo un encantamiento.

—Hoola, Aelyn —respondió, su voz temblando apenas lo suficiente para que ella lo notara.

Aelyn le sonrió con la tristeza de quien ha sido herido y con la calidez de quien ha encontrado algo digno de ser protegido. Su madre, a su lado, tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no de dolor, eran de gratitud y alivio.

—Gracias, Edgard, por devolver la espiritualidad a nuestro pequeño —dijo la mujer con un hilo de voz.

—Lamento lo que ocurrió... en nuestro último encuentro —dijo Aelyn, su mirada bajando por un instante, como si temiera que sus palabras fueran demasiado pesadas.

La madre de Aelyn se adelantó, sus labios temblando al hablar.

—El sargento Brondar nos informó que Elrick fue acosado y atrapado por las sombras... las brujas hicieron demasiado daño para que pudiéramos recuperarlo. Pero gracias a ti, y a tu familia, pudimos despedirlo y verlo en paz.

—Libramos una batalla conjunta —dijo, y la verdad de sus palabras se coló en la atmósfera como un juramento—. Por ustedes, por él... por ti — contempló a Aelyn .

—Estoy agradecida. Aunque nada podrá llenar el vacío que dejó la presencia traviesa de mi hermanito, al menos dejó de sufrir y por fin está en paz —dijo Aelyn.

Edgard la miró, absorbiendo cada palabra, sin poder evitar que su corazón latiera con más fuerza. Era la primera vez que la escuchaba hablar de Elrick con tanto amor y serenidad.

—¿Y tú otra hermana? —preguntó él, tratando de mantener la conversación ligera.

—Vendrá de visita al pueblo. Quiere vernos —respondió Aelyn, y una chispa de alegría iluminó su expresión—. Lo maravilloso, Edgard, es que has heredado los poderes de tu madre.

Aelyn levantó la vista, y por un breve momento, sus miradas se encontraron, iluminando la oscuridad que los había separado.

El aire se llenó de una electricidad que solo él y ella parecían compartir.

No importaba que su amor fuera reciente, ni que apenas se hubieran visto en el último mes; el sentimiento que brotaba en su pecho era innegable.

Era su primer amor, ese que hace que todo se sienta más grande, más importante.

Y por primera vez, Edgard se dio cuenta de que lo que sentía era más que un simple afecto, era la chispa que iluminaba su mundo.

—Es tarde, el amanecer está cerca. Debemos irnos. Hasta luego, Edgard —dijo la señora.

—Hasta luego —respondió él, la voz un poco más baja, casi un susurro. Luego, volvió su atención a Aelyn, cuyo rostro ahora estaba bañado por la tenue luz de las primeras estrellas.

—¿Podríamos vernos mañana? —preguntó ella, la esperanza y la ansiedad mezclándose en su voz.

—Claaro, te llamaré en la tarde para ponernos de acuerdo —respondió él, sus mejillas ardiendo y las palabras tambaleándose entre sus labios.

Ese día mágico, durante 24 horas, los habitantes de Ravenpine habían confluido en un mismo espacio: recuperar la espiritualidad, la paz y la fraternidad como comunidad. Pero muchos como Edgard, también habían logrado el reencuentro con algo que creían perdido…