El eco de los espíritus del bosque Capítulo 17 El reencuentro #3
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Capítulo 17 El reencuentro #3

Los enanos se acercaron con pasos firmes, sus túnicas de lino grueso y su barba tupida llena de adornos de piedras preciosas y metales.

Se saludaban con una inclinación de cabeza y miraban con curiosidad los preparativos.

Entre ellos, un niño de mejillas sonrojadas y ojos chispeantes avanzaba con firmeza, al parecer, tenía un enorme poder mágico, mientras su abuelo le lanzaba una mirada orgullosa.

Los goblins, traviesos y de piel verde, aparecieron en pequeños grupos, a esos, Edgard ya los conocía bien.

Sus ojos brillaban con picardía y uno llevaba un saco de golosinas mágicas, que miraba de reojo mientras mantenía una expresión de absoluta concentración.

Cerca estaba Relámpago, el semi unicornio, se movía con elegancia entre los asistentes.

Su melena plateada, que caía en ondas suaves, y el cuerno resplandeciente que brillaba bajo la luz de las velas, atraía miradas admiradas.

Los centauros avanzaban con una dignidad majestuosa, sus torsos humanos adornados con túnicas que se movían con el viento y sus cuerpos equinos marcados con símbolos tribales que resonaban con la energía de la tierra.

Algunos avanzaban junto a sus hijos, que lucían fuertes, aunque de miradas inocentes.

Los faunos, con sus rostros agraciados y cuernos en espiral, se mezclaban con los elfos, cuyos pasos elegantes y miradas de ojos penetrantes reflejaban un misterio eterno. Ellos, a menudo, se saludaban con un movimiento de la cabeza o un gesto sutil, envueltos en la luz dorada que emitían.

Así continuaron uniéndose los elfos, zaires, unicornios, duendes, enanos, gnomos, trolls, medio humanos, pixies y gigantes entre otras razas de seres mágicos.

Al fondo, Leo, el leñador, se erguía con su hacha en la mano, observando a los asistentes con un brillo de orgullo y determinación en los ojos.

Era un hombre de gran estatura y brazos musculosos, que siempre había sentido una conexión especial con el bosque y sus criaturas.

De pronto, Tolmark dejó caer la mandíbula, literalmente, cuando vio aparecer a una gigante impresionante.

Su figura era un monumento en movimiento, con curvas que parecían desafiar las leyes de la física mientras se acercaba al claro con pasos que hacían crujir suavemente la tierra.

Su cabello, una cascada de hebras castañas con reflejos dorados, brillaba como si capturara cada rayo de luz que emitían las velas.

Un aroma embriagador, a madera fresca y flores silvestres, parecía seguirla, envolviendo a todos en su camino.

—¿Cómo es que Talos conoce ese bombón si siempre está escondido en su cobertizo? —murmuró Tolmark, inclinándose hacia Edgard sin apartar la vista.

Edgard apenas pudo contener la risa.

—Y yo pensando que no dormía porque estaba protegiéndonos.

La gigante se detuvo frente a Talos, mirándolo como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

—Talos, el coloso. Tu fuerza es legendaria... pero es tu mirada la que hace temblar el mundo—. Su voz era un murmullo profundo y seductor que dejó a Talos tambaleándose.

—Ohhhh, ya quiero yo que Bryna me diga algo así —suspiró Tolmark, casi soñador—. “Mi gigante Tolmy”

—¡Ja, ja, ja! Si ella es más alta que tú—. Se burló Edgard, inclinándose de risa.

—Por ahora —aclaró Tolmark, inflando el pecho con una dignidad fingida—. Los chicos crecemos un poco después, es todo—. Frunció el ceño y añadió con un aire de orgullo—. Además, yo puedo estar con una chica que sea más alta que yo. Mi espíritu es de gigantes, ¿entendido?

Talos, que había estado escuchando la conversación mientras ajustaba su postura frente a la gigante, giró lentamente la cabeza hacia los muchachos. Con una sonrisa que mezclaba picardía y complicidad, les lanzó un guiño rápido.

—Ser un gigante también tiene sus ventajas —murmuró, lo suficientemente alto como para que lo oyeran.

El aire estaba impregnado de un aroma cálido y reconfortante: galletas de jengibre con miel, el frescor limpio de la nieve pura, la suavidad de la cera derretida de las velas y un delicado toque de azafrán. Era el olor de la magia, la esperanza y la víspera de Navidad.

—“Ventisca del Olvido, ráfaga de viento celestial purificador e inmaculado, borra cada letra del contenido de este libro de hechizos oscuros y todo rastro de embrujo sobre la realidad en cualquier plano” —recitó Fulgor el ritual ceremonial que diseñó junto a su padre.

Una suave ventisca en forma de remolino descendió entre las nubes y se posó alrededor del altar. Sus giros envolventes hicieron que la semilla talismán, resguardada en su estuche, comenzara a levitar.

Transformándose progresivamente en un árbol incorpóreo, cuyas ramas parecían danzar al compás del canto del viento.

Con raíces, tallos y hojas que fueron creciendo hasta rodear, como largos brazos, el cofre de cristal donde reposaba el libro de hechizos oscuros.

De pronto, se escuchó el crujir de los vidrios al romperse y, ante la vista de todos, las ramas abrieron ese recetario de embrujos y fueron borrando con savia el contenido de sus páginas, una a una, antes de destruirlas.

—Pedimos que todos los embrujos y energías negativas que contenían este libro queden desintegradas para siempre y que las entidades oscuras que lo manipulaban se alejen de Ravenpine para siempre —recitó Edgard, quien no permitió que la sorpresa lo apartara de su misión—. Repitan conmigo:

—“ Que la poderosa luz celestial aleje a las sombras hacia su lugar de origen y que allí permanezcan” . —recitaron a continuación todos los seres presentes.

Entonces, las llamas de las velas en los candelabros del altar se elevaron poderosamente y comenzaron a brillar con un color anaranjado intenso: “la petición estaba siendo escuchada” .

Las brujas oscuras, que descansaban ocultas en el interior de los cuervos, al percibir la intensa energía celestial como un ataque a la hechicería oscura, se vieron obligadas a defenderse.

Su única alternativa era combatir con un golpe de energía negativa para evitar la destrucción de los embrujos malignos que alimentaban sus sombras.

Es así como aparecieron volando, divididas en bandadas. Unas, intentaban sin éxito atravesar el remolino de viento con la intención de detener el ritual, pero eran repelidas por su fuerza. Otras, bajaban en picada con la misión de destruir la barrera celestial, pero eran enceguecidas por su luz.

Era un hecho que los lugareños se mantenían unidos y organizados, cada uno en su lugar, resistiendo juntos, proyectando a plenitud su esencia espiritual de manera inquebrantable.

Estaban concentrados en librar esa batalla a fuerza de fe, voluntad y esperanza para desterrar a las sombras y recobrar su libertad.

Al observarlos, los cuervos decidieron también unirse y efectuar en conjunto un ritual oscuro.

Así en una sola bandada, comenzaron a volar en forma concéntrica, juntando alas con alas, en varias capas circulares, hasta posicionarse sobre los seres de luz, cubriendo con torrentes de energía negativa, el ambiente estelar sobre el bosque de Ravenpine.

En respuesta, la ventisca hizo sonar estrepitosamente las campanas de viento, creando una red de sonido etéreo que hizo vibrar a la antigua moneda del amuleto, elevándose y levitando hasta donde se encontraba Edgard, posándose sorpresivamente sobre su cabeza.

El pelo de Edgard comenzó a brillar con intensidad cegadora y su destello en forma de espiral envolvió su cuerpo elevándolo algunos metros, desde donde lanzó nuevamente el grito que quedaría sellado como su mantra:

“Luz que purifica, oscuridad que desvanece”

Un rugido que liberó con fuerza inusitada el aire contenido en sus pulmones, generando un huracán de energía celestial que llegó directamente a las brujas oscuras, desvinculándolas de las sombras y expulsándolas del interior de los cuervos.

—¡El espantapájaros sin relleno! —gritó Tolmark, señalando a la bruja primigenia que emergía del cuervo más grande. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se clavaron en él con un brillo terrorífico.

—Volveré, lengua insolenteee —rugió ella, su voz aguda resonando en el aire y haciendo que todas las aves graznaran al unísono.

Edgard se adelantó, protegiendo a su hermano, mientras observaba cómo la figura de la bruja se desvanecía, transformándose en una nube de esencia oscura que se perdía entre las sombras.

Las aves, al recuperar su libertad y su esencia, emprendieron el vuelo hacia las copas de los árboles, resguardándose bajo la cúpula de protección celestial emanado por los pueblerinos.

En tanto, las brujas, apuradas y nerviosas, hicieron uso de sus habilidades de hechicería oscura, logrando crear una nube espectral envuelta en penumbras y, de pronto, desaparecer.

—Damos gracias a las fuerzas celestiales y a los oráculos de sabiduría que nos han guiado exitosamente en esta batalla energética celestial, permitiéndonos recuperar la divina libertad de Ravenpine —declaró Fulgor emocionada.

—Solo nos queda por atender las necesidades de los inocentes que acaban de ser liberados de las sombras, a fin de que puedan recuperar su espiritualidad divina —graznó Pluma, emergiendo de la bombilla—.

Para los espectros, significará su reencuentro con la magia celestial.

Para los espantos, una despedida antes del ascenso de sus almas en busca de la luz y la paz que tanto anhelan.

— ¡BOMBILLA! —graznó Pluma elevándola con sus alas sobre su cabeza—. Irradia tu “ luz de la llama eterna ”.

Al instante las campanas de viento acompasaron su ritmo al de una melodía arrulladora, como preludio armonioso al canto de Pluma:

Disfruta de la paz donde el miedo naufraga, que la luz que te llama, tu alma embriaga

Atrás queda el dolor, la tormenta se apaga, ven a la calma, donde tu destello se propaga.

Eleva tu estela hacia el manto estrellado niño perdido, el tiempo ha pasado.

Deja tu sueño en el polvo olvidado, eleva tu canto de anhelo sagrado.