Capítulo 17 El reencuentro
F ulgor miraba al horizonte oscuro desde la ventana. Las luces de los faroles en el camino del bosque casi se perdían bajo la nieve que caía en silencio, creando una atmósfera de calma inquietante, sin embargo, podía percibir que las sombras merodeaban.
—Volaré hasta el oráculo. Solo él posee la sabiduría celestial que necesitamos para vencer a las sombras —dijo Fulgor con voz firme—. Iré y regresaré antes del amanecer.
—¿Estás segura de que no hay otra forma? —le preguntó Durk.
—Pluma me aseguró hace pocos momentos que se puede crear un ritual para controlar, anular o desaparecer la magia oscura del libro, cualquier opción sería válida. Pero necesito guía y sabiduría. Solo él puede ofrecérmela.
—Pero sé lo que significaría para ti enfrentar esta situación...
—Han pasado dieciséis años —señaló Fulgor decidida—. Sus consejos, aunque a veces parecen caóticamente irónicos, son la mejor guía si tienes que enfrentar los embates de brujas oscuras.
—Entonces ve tranquila, que Pluma, Talos y yo cuidaremos de los muchachos y mantendremos en pie este fuerte —le aseguró Durk.
Fulgor voló disfrutando del viento hasta llegar a una extensa meseta, situada a gran altitud, desde donde se desprendía la caída de agua más alta del mundo. Un espeso velo de nubes perpetuas y vapor salpicaba el aire con diminutas gotas translúcidas, creando un aura mística.
En el centro del paisaje, un santuario espiritual parecía esculpido por la propia montaña.
La estructura, tallada en antiguas piedras de mármol pulidas, amortiguaba el rugido del viento, que se deslizaba en armonía con el entorno.
Alrededor, un jardín suspendido albergaba plantas mágicas que crecían entre las rocas, mientras el murmullo del agua se entrelazaba con las ventiscas en un delicado equilibrio.
Al entrar al santuario, donde se hallaba el altar de premoniciones, el viento se transformaba en un susurro que recorría la amplia sala circular, girando en espiral hasta envolver el trono de las revelaciones.
Allí, las corrientes de aire trazaban los símbolos, patrones y paisajes que proyectaban las visiones de un futuro que, mediante la meditación trascendental, le eran reveladas al oráculo.
Fulgor cruzó el recinto, evocando recuerdos de su tiempo como ayudante en aquel sagrado lugar.
—Bienvenida seas, hija pródiga —dijo una voz fuerte, pero serena y armoniosa.
—Gracias, padre —respondió Fulgor, dándose vuelta sobresaltada. Estaba sumergida en sus memorias.
Fulgor sonrió al contemplar la figura etérea y translúcida de su padre.
Su largo cabello formado por hebras con resplandor en plata y oro flotando alrededor de su cabeza y cambiando su forma de acuerdo con el ritmo del viento y en un continuo movimiento que parecía no tener fin, como si se pudiese extenderse más allá del horizonte.
Sus ojos hipnóticos de pupilas cambiantes la miraban fijamente, reflejando en el brillo dorado de su iris una serenidad que evocaba vientos de calma, transmitiéndole seguridad.
Pero no podía olvidar esos mismos ojos, enfurecidos, cuando ella desató sus tormentas: un azul oscuro e intenso que contenían rayos y vientos huracanados.
Como Oráculo del Viento le correspondía cumplir con la importante labor de Guardián Celestial del Universo. Un ser sabio y sereno, con una gran conciencia del sacrificio y empatía por el sufrimiento, con la misión espiritual de develar los caminos del futuro para aquellos que buscan su guía.
Su padre tenía un humor enigmático y algo travieso, rara vez ofrecía el camino fácil o directo a quienes buscaban su orientación. Como mentor, prefería cuestionar, impulsando a explorar alternativas, reconocer oportunidades y reflexionar sobre las decisiones que podían moldear el futuro deseado.
Era la primera vez que ella acudía a su padre como oráculo para solicitar su consejo.
Había pasado mucho tiempo de aquella ocasión en que, sin titubear, le enumeró las razones de su rotunda oposición a la unión de un silfo con un ser de otra raza, sus ojos azules brillaban en medio de una gran tormenta.
“Los silfos y sílfides son puros por mandato celestial” — recordó Fulgor la severa y tajante sentencia de dieciséis años atrás. Había escuchado esas palabras y tomado una decisión que marcaría su vida. No se arrepentía. Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en Durk y los muchachos.
—Vengo al recinto del oráculo buscando su guía —dijo Fulgor serenamente e inclinando su cabeza hacia él.
Su padre caminó junto a ella hacia el altar de las premoniciones, para luego dirigirse en calma a su trono, iniciando el recogimiento espiritual que le revelaría los secretos del futuro de Ravenpine.
A pesar de que Fulgor era su hija, el oráculo del viento solo le reveló las diferentes opciones que los guiarían hacia la recuperación de la espiritualidad de su pueblo, dejando en manos de sus habitantes la decisión final.
—Toma estas piedras, formadas en el corazón de mi altar, y estas campanas de viento —dijo, dejando escapar un suspiro al recordar las pruebas que enfrentó para obtenerlas—. Recuerda el talismán, su poder es ancestral, imbuido de una magia que trasciende el tiempo.
Ella hizo una reverencia para agradecerle, mientras colocaba sus manos en palmas para recibir las piedras y las campanas.
—Fulgor, ¿recuerdas el primer día que te traje a mi santuario? — preguntó y sus ojos destellaron de blanco, sintiendo una gran paz— Fue un gran día.
—Sí. Lo fue.
El oráculo soltó una risita— No olvides, a menudo, es en la profunda oscuridad donde se oculta la llave que despierta nuestra luz interior.
Ella lo contempló, entendiendo que dejaba uno de sus enigmas en el aire. Se acercó y besó la frente de su padre.
—Tu familia también es bienvenida, Fulgor. Deseo abrazar a mis nietos.
—Así será, nos veremos pronto —le prometió antes de iniciar el vuelo.
El 23 de diciembre, a primeras horas del amanecer, ya de regreso al hogar y con su familia…
—Justo a medianoche destruiremos el libro —dijo Fulgor.
—¿Qué? Pero Pluma dejó claro que no podemos —protestó Edgard.
—Escuchen a su madre. Ella acaba de consultar al Oráculo del Viento, el más sabio y poderoso —dijo Durk con solemnidad.
—¿Y qué es un oráculo? —preguntó Tolmark, con una expresión dudosa mientras rascaba su cabeza como si esperara encontrar la respuesta allí.
—Un guía espiritual de sabiduría celestial —respondió Pluma, girando elegantemente su cabeza hacia el muchacho.
Tolmark frunció el ceño y levantó una ceja.
—¿Guía espiritual? ¿Tipo un maestro de yoga, pero con viento? ¿Hace poses también o solo murmura cosas profundas?
Edgard soltó una carcajada tan repentina que casi se atraganta con su propia risa, y Fulgor suspiró profundamente, intentando contener su frustración.
—Así es —continuó Fulgor, haciendo un esfuerzo por ignorar la interrupción—. Lo primero que el oráculo me reveló es que el libro de hechicería oscura es un peligro para la comunidad de Ravenpine, no solo para nosotros.
Tolmark ladeó la cabeza, sus ojos brillando divertidos.
—El libro que según Pluma grita “¡No lo leas!...
Durk le lanzó una mirada severa, pero Tolmark sonrió inocentemente, encogiéndose de hombros.
—El oráculo me orientó en la elaboración de una ceremonia con varios rituales donde debemos participar unidos en familia y en comunidad—. Prosiguió Fulgor, ignorando el comentario.
—Pero ¿es seguro? —insistió Tolmark.
—Sí, y funcionará siempre y cuando todos sigamos rigurosamente una serie de pasos y procedimientos durante la ceremonia —explicó Fulgor, enfatizando la palabra “rigurosamente”.
Tolmark levantó la mano como si estuviera en clase.
—¿Y qué pasa si alguien se equivoca? ¿Es como cuando Pluma me regañó porque pisé sus plumas? Porque les digo de una vez, soy bueno improvisando, pero siguiendo pasos, no tanto.
—¡Porque no miras donde pisas, niño testarudo! —graznó Pluma.
—Bueno, pero fue un accidente. Pero ya, perdón, prometo no arruinar la ceremonia… o intentarlo.
Edgard, incapaz de contenerse, soltó otra carcajada que resonó por toda la sala. Durk masajeó sus sienes, y Fulgor simplemente cerró los ojos, contando hasta diez.
—Tolmark —dijo Durk finalmente, con la paciencia de quien está acostumbrado a estas escenas—. Te juro que, si saboteas esta ceremonia, además del buen picotazo que te dará Pluma, tendrás que limpiar el granero de todos los renos del pueblo.
—¡Oigan, relájense! ¡Estoy aquí para animar el ambiente! ¡Siempre es mejor un Tolmark que un silencio incómodo! —replicó el muchacho, guiñándole un ojo a Edgard, quien no podía dejar de reír.
Fulgor suspiró profundamente, mientras Pluma murmuraba algo entre graznidos. Pero, a pesar del caos, una pequeña sonrisa asomó en el rostro de Durk al ver cómo la risa aliviaba, aunque fuera un poco, la tensión del momento.
—Su madre y yo saldremos a reunirnos con el comisario Brondar —señaló Durk—. La idea es dar instrucciones precisas a los habitantes de Ravenpine.
—¿Irán todos a la ceremonia? —preguntó Edgard.
—Sí, pero solamente quienes lo deseen y no corran peligro.
—¿Yo puedo participar? —graznó Pluma.
—Claro, eres parte de la comunidad, pero por tu seguridad debes permanecer durante un tiempo dentro de tu bombilla protectora —le aclaró Fulgor.
—Entonces debo prepararme.
—Todos debemos hacerlo —reafirmó Fulgor—. Iniciaremos en unas horas.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Tolmark, moviéndose de un lado a otro con inquietud.
—Por ahora, tranquilizarnos —respondió Fulgor, mirándolo de reojo con una mezcla de paciencia y resignación—. Necesitamos mucha paz y serenidad este día... aunque contigo aquí eso suena más como un reto que como una posibilidad.
Tolmark llevó una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendido.
—¡Oye, mamá! Yo soy el epítome de la calma. Mírame. Serenidad pura—. Hizo una pose exagerada, cruzando las piernas y juntando las manos como si estuviera meditando, aunque el constante movimiento de sus pies lo delataba—. ¿Me parezco al oráculo de yoga?
—Más bien un “locuráculo”, porque traes más caos que respuestas —respondió Edgard.