Capítulo 16 Almas errantes #2
—Volviendo al tema del libro, podríamos revisarlo antes de destruirlo —sugirió Talos—. Si hay algún contrahechizo tendremos oportunidad de salvar a los oficiales.
—El libro no debe ser leído. Contiene hechicería basada en espíritus oscuros, encantamientos, cultos malignos y poderes sobrenaturales con propósitos siniestros— graznó Pluma—.
Relámpago hizo bien en traerlo para evitar que Islena sea convertida en una bruja oscura como sus ancestros.
Eso es justo lo que las sombras buscan, perpetuar su herencia ancestral.
—¿Y cómo sabes todo eso? — inquirió Edgard.
—¿Cómo puedes estar tan segura de que mamá no puede leerlo? —protestó Tolmark—. Es una sílfide muy poderosa— añadió, mientras entraba al cobertizo tras lavarse las manos en el grifo de afuera.
—Eso no bastaría. Y lo sé, como lo sabe cualquiera que haya crecido bajo la sombra de una bruja, una muy oscura —dijo Pluma, con la mirada clavada en las llamas de la chimenea, como si buscara en ellas la clave de la verdad—. Ese cuervo...
la bruja de la colina... es mi madre.
—¿QUÉ? —preguntó Tolmark asombrado.
En ese momento, Pluma agitó su ala con elegancia, murmurando un hechizo bajo su aliento. Las llamas de la chimenea comenzaron a danzar, retorciéndose como si cobrasen vida propia, adquiriendo la forma de la bruja y las escenas que ella relataba.
El silencio que siguió, cuando las imágenes desaparecieron y las llamas se calmaron, fue más frío que el viento que aullaba afuera cuando nevaba .
—¿Sabías que sus sombras nos acechaban? —siguió Tolmark exaltado—. ¿Y no dijiste nada?
—Tranquilo, hijo, yo confío en Pluma —dijo Fulgor con serenidad—. Todos tenemos nuestros secretos… Dejemos que ella nos explique.
—Es una historia como tantas otras, que no tratan de heroísmo, sino de discrepancias familiares —graznó Pluma—. Desde niña sufrí la rigurosidad despiadada de mi madre cuando ella me preparaba para seguir sus pasos como bruja oscura.
—Lo siento, Pluma, eso debió ser terrible y triste para ti — comentó Edgard conmovido.
—La mayor parte de mi niñez la pasé encerrada dentro de una bombilla protectora, mientras ella se transformaba en cuervo y me llevaba entre sus garras —graznó Pluma—.
Yo solo salía para aprender y practicar hechizos malignos, aunque felizmente no eran potentes porque apenas estaba iniciándome en esas faenas.
—Debió ser muy divertido estar dentro de esa bombilla — se emocionó Tolmark, pero de inmediato se calló—. Perdón, Pluma, a veces digo cosas que en realidad son inadecuadas — dijo, mientras jugaba apenado con sus propios dedos—. ¿Recibiste muchos maltratos de tu madre?
—Así fue, pero tuve suerte y un día llegó mi libertad en las garras de un águila—.
Pluma sonrió suavemente—. El ave tenía hambre y tomó la bombilla pensando que sería su alimento.
Voló hacia un paraje solitario cerca de una montaña.
Estuvo tratando de abrir “ese huevo” por un largo rato y como no pudo romperla, la dejó abandonada sin sospechar que yo estaba dentro y se marchó en busca de otra presa.
—Es impactante que tu propia madre te tratara así y que tu destino dependiera de un águila —comentó admirado Edgard—. Sin duda la luz fue quien te salvó.
—¡Un águila! ¿Te asustaste? ¿Y qué hiciste? —sin escuchar a Edgard, ya Tolmark había disparado sus preguntas.
—Tranquilo, hijo, pareces una metralleta de preguntas —dijo jocoso Durk para calmar a Tolmark.
—¡Pluma, cuenta conmigo! —exclamó Tolmark—. Pero claro, si el plan implica limpiar más caca de reno, ¡me retiro de inmediato!
Todos soltaron una risa, bajando la presión del momento.
—¿Y cómo lograste salir sola de la bombilla? ¿Con tu magia? —le preguntó Durk intrigado.
—Mamá es astuta y sabía que yo nunca me atrevería a escaparme, porque se aseguró de que yo no conociera nada fuera de ese nido donde me dejaba tanto tiempo sola.
Solo me enseñaba lo que ella consideraba necesario, por lo que me hizo aprender a salir y resguardarme dentro la bombilla para que pudiera alimentarme —graznó Pluma.
—Bravo, Pluma. Tú eres más inteligente porque lograste escapar—. Celebró Tolmark.
—Aunque demoré un poco, lo logré. Después que el águila me abandonó, pasé mucho tiempo asustada en aquella montaña, comiendo hojas y algunos frutos —confesó el ave—.
Hasta que comprendí que mi forma humana no me ayudaría a sobrevivir, así que decidí ensayar uno de los hechizos que ella me había estado enseñando, el de transformación.
Así que practiqué y practiqué hasta convertir mi forma humana en la de una corneja.
—¿UNA CORNEJA? —preguntó Tolmark con una sonrisa irónica—. Pero, pudiste ser un cóndor, un albatros... o algo más, no sé, impactante.
—Ja ja ja, bueno, la forma de corneja fue, ejem, una pequeña desviación. En mi defensa, estaba intentando convertirme en un halcón, fuerte, majestuoso, el rey del cielo... ¡y mira! Terminé como... una corneja.
Tolmark apenas contuvo una carcajada, pero Pluma continuó con dignidad, inflando el pecho.
—¡Pero llevo mi forma con orgullo! Porque, seamos sinceros, nunca volveré a ser humana, y prefiero esto a que ella me encuentre y me convierta en sombra. Aunque admito que un halcón habría sido más intimidante... o menos propenso a que me ofrezcan migas de pan.
—Al menos de que te encuentres a Durk, él le daría migas hasta a un Grifo — dijo con gracia Fulgor.
—Bahh— se quejó Durk, tomándose un buche de cerveza que le ofreció Talos.
—Tu madre… ¿por qué se transformó en cuervo? — quiso saber Edgard—. Estuve leyendo el libro histórico de Ravenpine, y muchas criaturas mágicas que habitaron este pueblo consideran a los cuervos aves sagradas, llenas de virtudes espirituales.
—Eso es cierto —admitió Pluma con un graznido bajo—.
Pero fuera de estas tierras, la mayoría de las criaturas asocian a los cuervos negros con la muerte, la oscuridad y los malos presagios.
Esa dualidad espiritual, paradójicamente, los vuelve vulnerables, atraen energías negativas y se convierten en presas perfectas para las brujas sombras.
—Entiendo, las brujas sombras utilizan la energía negativa para sus fines nefastos —dijo Durk—. Entonces es bueno ser tan joviales y divertidos como la raza goblin.
Hijo, nosotros estamos fuera de su radar.
—Algo bueno tenían que poseer los atolondrados — comentó Fulgor, ya exasperada por sus interrupciones—. Continúa, Pluma.
—Las sombras primigenias, o sombras propias, poseen un poder inimaginable y representan a las brujas oscuras más poderosas.
Son la esencia misma de la oscuridad ancestral, asociadas a las primeras brujas y al legado de sus descendientes.
Por eso, las sombras primigenias son tan temibles: encarnan el poder oscuro más antiguo y puro —graznó Pluma.
—Entonces, debemos enfrentarnos a las sombras primigenias… — repitió Edgard, tomando un sorbo de agua.
Pluma afirmó con la cabeza.
—Las brujas suelen transformarse en cuervos como un camuflaje y por la facilidad de desplazamiento.
—Bueno, son horrendas, pero tienen astucia —dijo Tolmark.
—Las sombras zombis, o sombras proyectadas, son la extensión de la oscuridad que controla y domina a otros seres, especialmente a los niños con poderes en desarrollo. Estas sombras los convierten en sus títeres, atándolos a ellas para fortalecer su propio poder de augurio.
—¡Es espeluznante! Han secuestrado a esos niños y robado sus poderes para incrementar su propia oscuridad —bufó Durk—. Esto es un ataque bien planeado y a gran escala contra Ravenpine. No quiero ni pensar cuánto tiempo han estado preparándose, y nosotros no lo vimos venir.
—Sentía que algo oscuro acechaba el pueblo, pero nunca imaginé que fueran sombras atacando a los niños y convirtiéndolos en espectros, ni que se lanzaran también contra los espantos —explicó Pluma, con un graznido tenso—.
Lo supe al sentir la conexión de Keltrank con el cuervo poseído por mi madre.
Ella se alimenta del dolor y la desesperación de su alma errante.
—Fuiste valiente al enfrentarla en la colina —reconoció Durk—.
Pudiste haber huido.