Capítulo 16 Almas errantes
—Pluma, ¿qué te pasa—? Edgard la siguió con la mirada, saltando de la cama al percibir que ella parecía asustada.
—Relámpago se acerca a la casa —graznó Pluma, claramente inquieta—. Avisaré a Talos, pero no estoy segura de sí debemos recibirlo. Fulgor y Durk no están...
—Tranquila, Pluma, ahora tenemos un silfo —dijo Tolmark socarrón.
Pluma salió aleteando desde la habitación hasta el cobertizo de Talos y allí le explicó su preocupación. —Lo recibiré aquí— ofreció el gigante—. No tendré que entretenerlo mucho tiempo, porque Durk y Fulgor avisaron que vienen en camino.
Pluma regresó al dormitorio de los chicos explicándoles que Talos atendería a la visita.
—Ja, ja. Te lo dije, Pluma, eres una exagerada —se rio Tolmark al ver cómo se le erizaban las alas—. Elemental, seríamos cuatro contra uno. Nada de qué preocuparse. Iré a meterle algo a este estómago a ver si me deja de gruñir.
—Más respeto, Tolm —le recordó Edgard—. Pluma solo se preocupa por nosotros —dijo, aunque sonrió al verla volar para espiar en el cobertizo—. Voy contigo a la cocina.
Apenas habían terminado de tomar su desayuno, cuando entró Fulgor.
—¿Cómo sigues, mami—? Le brincó Tolmark rodeándola con un abrazo.
—¡Como nueva! Después de extraerme la oscuridad, las pócimas de Mirithra hicieron su efecto y logré dormir casi toda la noche —les explicó Fulgor.
—¡Es una excelente noticia! Nos diste un buen susto —dijo Edgard acercándose a ellos.
—Desayunamos antes de salir de “La morada de la curandera”. Murla preparó unos maíces asados con queso que estaban exquisitos —comentó Fulgor mientras les daba un beso cariñoso—. Durk siguió directo al cobertizo, pero yo quise venir a saludarlos—. De inmediato salió hacia el patio nevado.
—Pluma, muchachos, vengan al cobertizo, necesitamos hablar—llamó Fulgor al rato, mientras miraba con preocupación el viejo libro de hechizos que reposaba dentro de su jaula de cristal.
Durk dejó caer sus enormes pies sobre la mesa. El mueble crujió bajo su peso. Fulgor, al instante, le lanzó una mirada fulminante que hizo que los retirara rápidamente, como si le hubieran quemado con brasas al rojo vivo.
—El padre de Islena nos contó preocupado que, durante la madrugada, una bandada de cuervos estuvo revoloteando sobre su casa. Intentaron entrar por la ventana del cuarto de su hija, pero con su magia de luz, logró ahuyentarlos — explicó Fulgor.
—Las sombras no ceden tan fácilmente. Si huyeron por la magia de Relámpago, es que los cuervos todavía están afectados por la explosión de poder que Edgard desató anoche —graznó Pluma, mirando al muchacho con una mezcla de respeto y curiosidad.
Aun pensativa, se posó sobre la cabeza de Tolmark y, sin intención, le arrancó un mechón de pelo con sus garras afiladas.
—¡Ay! ¡Eso me dolió! —se quejó Tolmark, sobándose la cabeza y mirando a la corneja con cara de pocos amigos—. ¿Qué pasa, Pluma? ¿Te quedaste sin comida?
Pluma solo le respondió con un graznido divertido, mientras se acomodaba nuevamente sobre su cabeza.
—Claro —dijo Fulgor, sonriendo al recordar—. Sentí el poder de Edgard en cuanto me conecté con él. Fue algo intenso, como una revelación. Sabía que estaban en peligro, pero al tocarlo con mi magia, vi su destello y supe que todo estaría bien. Entonces volví a dormir tranquila.
—Sí, Talos me contó que Edgard los noqueó, por eso se fueron —comentó Durk con orgullo, echándose atrás en la silla.
—Los padres de Islena nos confiaron que su hija no recuerda haber realizado el hechizo, por lo que sospechan que fueron las sombras quienes usaron el libro de magia negra —les explicó Talos—.
Creen que pretendían convertirla en sombra y por eso destruyeron el contrahechizo.
No esperaban que, a pesar de eso, algo o alguien pudiese traspasar su esencia de nuevo a este plano. Ahora han vuelto para arrebatársela .
—Tenemos mucho que hacer. Las sombras no descansan — suspiró Fulgor, cerrando el tomo y dejándolo sobre la mesa—. Relámpago decidió traernos el libro por miedo a un nuevo ataque. Al menos nos ahorramos la incomodidad de tener que ir a su casa.
—El medio unicornio nos reafirmó que, aunque los ancestros de la señora Orleida practicaban la hechicería oscura con ese libro, ella nunca lo usó —completó Durk.
—Le creo totalmente —señaló Pluma.
Talos, que hasta entonces había estado en silencio, se estiró y comentó mientras se apoyaba en una pared.
—Cuando despedía a Relámpago, un vecino me comentó algo interesante —dijo—. Anoche, el comisario Brondar y su equipo localizaron a los niños desaparecidos en unas cuevas al fondo del bosque.
—¡Eso es una excelente noticia! —se alegró Edgard—. ¡Al menos tenemos algo positivo!
Mientras hablaban, Tolmark iba de un sofá a otro, hundiéndose en cada uno como si estuviera evaluando cuál era más cómodo. Fulgor, que lo observaba de reojo, suspiró con exasperación.
—Tolmark, ¿te cayeron pulgas o qué? Deja de saltar por todo el espacio, terminarás rompiendo algo de Talos.
—¿Quién, yo? —respondió Tolmark con fingida inocencia, estirándose perezosamente—. Imposible.
Fulgor negó con la cabeza, pero no insistió.
Apenas unos segundos después, un fuerte ruido interrumpió la conversación cuando el sofá donde estaba Tolmark se inclinó peligrosamente y terminó volcando de lado.
El goblin, que había estado sentado de manera poco convencional, cayó rodando al suelo con un estruendo.
Se levantó de un salto, sobándose el trasero y la cabeza. —¡Vaya! Este sí que era cómodo... cuando no intentaba matarme —bromeó, riendo mientras los demás contenían las carcajadas .
Después de la habitual interrupción de Tolmark, Talos respondió a Edgard.
—Es una noticia que tiene un lado positivo, pero también uno inquietante —dijo mientras se rascaba la barbilla, con gesto pensativo—.
Encontraron a Nimbbles, Lyska, Mirdak y a otros niños vivos.
Algunos están heridos o débiles, pero se van a recuperar.
Sin embargo... —hizo una pausa, bajando la voz— también encontraron restos en pequeños en estado de descomposición y osamentas olvidadas.
—¡ESOS MALDITOS CUERVOS! —gritó Tolmark enfadado—. ¡Hay que capturarlos y hacerlos pagar!
—Controla tu lengua, Tolmark —lo reprendió Durk de inmediato—. La energía negativa que lanzas siempre encuentra el camino de regreso. Llámalo karma, destino o como quieras.
—Lo siento —respondió el chico.
—Los cuervos son víctimas de las brujerías oscuras, debemos rescatarlos de las sombras —opinó Edgard, visiblemente incómodo, echando una mirada nerviosa hacia los renos que resoplaban afuera.
Tolmark, que estaba asomado a la ventana, sacó una zanahoria de la cesta y la agitó frente a
uno de los renos.
—¡Tranquilo,
Dulce de Leche!, te ganaste esto— dijo, lanzándola con un gesto exgerado. Talos bufó, cruzándose de brazos .
—Tolmark, ya comieron demasiado. Si siguen así, vas a tener que cargarlos tu cuando no puedan moverse por la gran pansa.
—¡Bah! Estos chicos son fuertes— replicó Tolmark mientras el reno devoraba la zanahoria con entusiasmo.
Talos puso los ojos en blanco y retomó el tema.
—Ese libro de hechizos podría ser de mucha utilidad. Desde la estación de policía reportaron un ataque al amanecer. Tres oficiales fueron convertidos en sapos—comentó, señalando una pequeña radio que descansaba sobre una mesita.
—Eso es una magia oscura muy peligrosa— graznó Pluma—. Cada ser que transforman en sapo se convierte en un mensajero de la muerte o los devoran porque representa para ellas una forma de regeneración.
De pronto, justo en ese momento, un fuerte hedor inundó el cobertizo.
—¡Por los gnomos saltarines! ¿Qué moscas nauseabundas es ese olor? —protestó Fulgor, tapándose la nariz con elegancia mientras lanzaba una mirada fulminante a Tolmark.
—No fui yo, ¡lo juro! —exclamó él, levantando las manos como si estuviera bajo arresto, pero un reno en la ventana levantó la cola y la evidencia fue innegable.
—¡Te lo dije, mucha zanahoria! — declaró Talos.
—Tolmark, limpia eso —ordenó Fulgor, con una mirada que no admitía réplica.
—¿Yo? ¡Pero si el culpable está ahí afuera!
Mientras Tolmark gruñía en voz baja y se dirigía a buscar una pala, Durk se acercó con una sonrisa burlona. —¿Sabes? Esto te pasa por mimar a esos bichos.
Tolmark regresó con los instrumentos, arrastrando los pies. Al salir, se tapó la nariz con una mano, mientras hacía muecas de asco.
—¡Esto huele fatal! —exclamó, mirando a los animales, que seguían comiendo tranquilamente lo que Talos ya les había dado de comer—. ¿Qué festín de la putrefacción comen estos renos? ¡Esto no puede ser solo por las zanahorias!
Al parecer, algo había estado funcionando mal en su estómago. Tolmark tosió, incapaz de soportar el olor.
—¡Con ayuda de estos renos podemos mandar un mensaje muy fuerte y, definitivamente, oloroso a esas brujas!
Mientras Tolmark seguía quejándose, Talos, que había estado intentando contener la risa, no pudo más y soltó una carcajada.
—Esos renos tienen una combustión olorosa… ya lo sé—comentó, entre risas—. Yo también estuve cerca de desmayarme la primera vez que los olí.
—¡No puedo más! Con esto podremos contraatacar cualquier maleficio oscuro— continuó quejándose el goblin.
—Date prisa— le regañó Fulgor—. Esto me recuerda aquella vez que, recién llegados a este lugar, tu padre decidió “alimentar” a unos cuervos y mirlos con migajas mágicas.
Durk arqueó una ceja, desconfiando ¿—Qué tiene que ver esto conmigo?
Tolmark dejó escapar una carcajada mientras se enderezaba, apoyándose en la pala.
—Durk terminó con media bandada siguiéndolo hasta casa y no lo dejaban tranquilo ni para ir al baño—. Se sonrió Fulgor al recordarlo, entendiendo de dónde venía la personalidad de su hijo—. ¿Sabían que casi se mete en un armario para esconderse—? Se inclinó hacia Durk para besar su mejilla.
—¡Eso fue diferente! Yo no sabía que olían el azúcar desde kilómetros de distancia.
—Ajá, claro—. Tolmark hizo un gesto de “te tengo” con los dedos, antes de levantar el balde y caminar hacia la puerta.