Capítulo 15 La noche más larga #2
Avanzó hacia la casa, pero la entrada era claramente insuficiente para su envergadura.
Bajó la cabeza para pasar, aunque su coronilla golpeó una lámpara, haciéndola tambalear antes de caer al suelo con un ruido sordo.
Mientras cruzaba el estrecho umbral, sus anchos hombros rozaron las paredes, descolgando algunos cuadros que se precipitaron al suelo.
A pesar de los tropiezos, Talos mantuvo su concentración, cada movimiento medido y delicado, como si el bienestar de Edgard fuera lo único importante.
Finalmente, logró recostarlo con suavidad en el pequeño sofá, que parecía minúsculo en comparación con el titán que lo había llevado hasta allí.
Talos se hincó con dificultad, llenando la habitación con su presencia, mientras la casa crujía ligeramente bajo su peso.
Con un suspiro grave, observó al joven, asegurándose de que estuviera cómodo y fuera de peligro.
Pluma se posó en el brazo del sofá, vigilante junto al muchacho. Edgard, con los párpados pesados como plomo, cedió al cansancio. Al despertar, encontró a Tolmark a su lado, observándolo con desconcierto.
—Edgard ¿Desde cuándo haces que las brujas huyan a gritos? —bromeó Tolmark.
—¿Qué esperaban? —dijo Pluma con una gran sonrisa—. Es hijo de una sílfide…
De inmediato, Beltrank salió, seguido por Talos, a ver en qué situación estaba el sepulcro de Keltrank.
Mientras tanto en el bosque…
El comisario Brondar, un centauro de imponentes poderes mágicos, encabezaba el rastrillaje en la búsqueda de los niños desaparecidos.
No permitiría que la noche del solsticio, cargada de energía espiritual única, se desperdiciara.
Con la luz de la luna irradiando desde el ecuador celestial, amplificando las fuerzas místicas durante la noche más larga del año, Brondar sabía que este momento era crucial para influir positivamente en sus esfuerzos.
Con precisión y determinación, organizó a más de un centenar de voluntarios del pueblo en grupos de diez, cada uno liderado por un oficial de su comando.
Mientras ellos avanzaban en formación metódica, Brondar lideraba su propio grupo de rastreo, moviéndose con cautela entre los árboles.
Sorprendía verlo caminar sobre sus patas traseras, con su poderosa figura adaptándose a los desafíos del bosque tupido.
De pronto, algo capturó su atención: un destello débil relucía sobre el guante de una de sus patas delanteras. Había apartado una rama atravesada en su camino y, al hacerlo, desvió la mirada hacia aquel brillo en la maleza, una señal que parecía cargar un misterio oculto.
¿Qué es esto? —pensó, mientras detallaba la mancha irregular, que parecía estar compuesta por pequeñas partículas que habían sido atrapadas por la nieve. ¡Polvo de estrellas! —le reveló su mente como un estallido.
Brondar encendió su linterna y proyectó su luz en un arco amplio, revisando cada rincón del entorno con movimientos lentos y meticulosos.
Su mirada, entrenada por años de rastreo, captó una serie de manchas brillantes en el paisaje: partículas de polvo de estrellas esparcidas entre las ramas de los árboles y el hielo, formando un rastro que parecía tener un propósito claro.
El centauro supo de inmediato que era una señal de auxilio de uno de los desaparecidos, posiblemente del hada, una guía hacia el lugar donde había sido llevada.
Sin perder tiempo, activó su radio y compartió las coordenadas exactas, emitiendo instrucciones precisas para reorganizar a los rescatistas y optimizar sus movimientos. El avance fue lento, cargado de tensión, pero la ruta revelada comenzó a dar resultados.
Las marcas los condujeron a un cráter oculto entre las raíces retorcidas de un denso grupo de árboles.
Brondar se inclinó sobre la abertura, observando con cautela. Su linterna iluminó un hoyo profundo que se extendía en una red de galerías oscuras.
Decidido, el grupo inició el descenso, enfrentándose a condiciones inhóspitas.
Los túneles eran angostos, con paredes de piedra áspera que arañaban al menor contacto y techos sostenidos por madera carcomida, que crujían ruidosamente con cada paso.
La atmósfera era opresiva, y el aire frío se volvía cada vez más denso, calando en los huesos de los rescatistas .
Justo cuando la desesperación comenzaba a mermar su determinación, desembocaron en una enorme caverna.
El espacio abierto, amplificado por la penumbra, parecía interminable.
Sus linternas revelaron un escenario aterrador: sombras desfiguradas bailaban en las paredes mientras el eco de gotas caía como un susurro fúnebre.
La visión que los esperaba al centro de la caverna congeló a todos en su lugar, dejando un nudo de horror en sus gargantas.
—Hemos encontrado a Mirdak, Lyska y Nimbbles, pero no están solos —informó el comisario a los oficiales Brondar por su radio—.
Hay decenas de niños allá abajo, algunos conscientes y quejándose de dolor, otros al borde del colapso, y varios más...
transformados en zombis. —Su voz grave se tensó al agregar—: También hallamos esqueletos y cuerpos en avanzado estado de descomposición.
La escena, apenas iluminada por lámparas de batería y faroles de queroseno, se volvió frenética.
Entre la penumbra del solsticio, los rescatistas se movilizaron con rapidez para extraer y trasladar a los sobrevivientes.
Los niños más graves recibieron atención prioritaria, mientras el resto era llevado cuidadosamente a la seguridad del campamento.
Cerca del amanecer, los últimos pequeños fueron puestos a salvo, sus rostros pálidos finalmente expuestos a la luz del día.