El eco de los espíritus del bosque Capítulo 15 La noche más larga
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Capítulo 15 La noche más larga

A l llegar a casa…

Escucharon voces que provenían del cobertizo que Talos había adornado toscamente con las luces de bombillos de colores y algunas guirnaldas de navidad que Edgard le había obsequiado. Se acercaron mientras se anunciaban y lo encontraron conversando con Beltrank.

—Los estábamos esperando —les dijo Talos—. Hola, Edgard. Hoy me esmeré en montar la navidad —dijo al ver que sonreía.

—Gracias, Talos, quedó hermoso —dijo Edgard mientras Pluma y Tolmark aguantaban la risa.

—Hola, Beltrank, qué lo trae por aquí —preguntó extrañada Pluma—. ¿No habló hace poco con Durk y Fulgor? —le preguntó sin rodeos.

—Así es, pero algo terrible está sucediendo en el cementerio familiar, en mi propiedad—.

El rostro del anciano Beltrank mostraba una expresión desencajada—.

Cientos de cuervos llegaron después que Fulgor y Durk se marcharon.

Apagaron las velas, destruyeron las flores y con sus picos están escarbando la tierra en la sepultura de mi hermano.

Es como si desearan desterrarlo de este mundo hacia la oscuridad.

—Pienso que esos cuervos malignos son los que emboscaron a nuestros padres y cuando los rescatamos se fueron a la colina —analizó Tolmark.

—No son solo aves, están vinculados a las sombras. Mamá me reveló telepáticamente que el espanto de mis percepciones puede ser Keltrank, su hermano gemelo —le explicó.

Pluma, Tolmark y Talos escuchaban asombrados la revelación de Edgard.

—¿Qué haremos? —preguntó Talos—. Beltrank y yo tenemos años que no practicamos nuestros poderes, quizás no podamos ser de ayuda entre tantas sombras.

—Debemos encargarnos de esos cuervos. Puedo convertir mi piel pétrea y mandarlos a volar con mis puños — opinó Tolmark, mostrando sus músculos, como haría Durk.

—Nuestros padres volverán mañana —dijo Edgard—. Será mejor esperar.

—No, sería demasiado tarde. Haré lo que sea necesario por la salvación de mi hermano. No permitiré que se lleven sus restos mortales sin luchar —aclaró Beltrank decidido—. Vine en busca de ayuda, pero lamentablemente veo que no pueden hacerlo.

—Entienda que es una situación compleja, al menos se debiera informar a Fulgor —consideró Pluma.

—No lo creo —se opuso Edgard—. Mamá tiene que recuperarse y Durk debe cuidarla.

—Voy contigo —dijo Talos, con tono firme y solidario—. Chicos, entren a la casa con Pluma y sigan sus instrucciones.

—En este caso, creo que es mejor que vayamos todos — intervino Pluma, sacudiendo sus plumas con inquietud—. Sería contraproducente atraerlos hacia el poder de Edgard si estamos solos los tres .

De inmediato, el grupo comenzó a prepararse, mientras del granero se escuchaba el intenso bramido de los renos. Antes de partir, Tolmark se acercó al granero y acarició las orejas de los ciervos con un gesto tranquilizador, como si quisiera transmitirles una calma que él mismo no sentía.

La marcha los llevó en dirección a la colina.

No habían avanzado mucho cuando un llanto tenue comenzó a resonar en el aire.

Con cada paso que daban hacia la casa de Beltrank, el sonido se volvía más intenso y, al llegar, era desgarrador.

Era el lamento de un niño, cargado de una tristeza que parecía aferrarse al corazón de quien lo escuchaba.

—Keltrank, ¿dónde estás? —gritó desesperado Beltrank mientras sus ojos buscaban entre la neblina nocturna.

—No te desesperes, guarda tus fuerzas para potenciar tus poderes —le sugirió Talos.

—Ahora debemos ser más sigilosos para sorprender a esos cuervos de mal augurio —susurró Edgard.

Avanzaron un poco más y pronto vieron aparecer la casa de la colina entre la tenue neblina.

Beltrank les hizo seña para pasar de largo hacia el sendero que los llevaría hacia la sepultura de su hermano.

Apenas habían andado unos pasos, cuando escucharon un chillido ensordecedor que provenía del tejado.

Todos miraron sobre sus cabezas y se encontraron con un par de ojos rojos, brillantes como brasas vivas, fijos en ellos con una intensidad que los inmovilizó.

Pluma retrocedió un paso, sus alas se tensaron y su cuerpo tembló visiblemente, hasta su pico pareció vacilar.

Frente a ella, el cuervo, dueño del desgarrador graznido, extendió sus alas con un movimiento poderoso, su silueta teñida de un resplandor antinatural.

Con un aleteo imponente, se lanzó hacia ellos, cada batida resonando como un eco de amenaza en el aire.

—¡Solsticio transformador! —escucharon su graznido estruendoso y su cuerpo cambió de forma .

Ante ellos apareció de repente una bruja flacucha, tan alta y angulosa que parecía una rama seca arrancada de un árbol maldito.

Su piel pálida tenía el brillo enfermizo de una vela a punto de extinguirse, y su rostro, marcado por arrugas profundas, se torcía en una sonrisa siniestra que casi alcanzaba a sus ojos.

Esos pozos vacíos, inhumanos, que pretendían atravesarlos, como si buscaran hurgar en sus almas para elegir el bocado más jugoso.

Tolmark se cruzó de brazos, ladeando la cabeza con descaro.

—¿Seguro que no eres un espantapájaros que se perdió de un sembradío? Porque me parece que olvidaste tu relleno entre las zanahorias .

La sonrisa de la bruja se descompuso en un gruñido furioso, y un tic nervioso retorció su ceja.

—¡TÚ, LENGUA INSOLENTE! —le espetó, señalándolo con un dedo huesudo que temblaba de rabia—. ¡Serás el primero que convierta en sapo y te encierre en una jaula, con tu lengua atada en un nudo! Y quizás… después te la arranque para el caldo de ojos y esbirros.

Tolmark hizo una arcada de nauseas al imaginarse tan grotesca situación.

De inmediato, retrocedió un paso, alzando las manos en un gesto defensivo, pero una risa nerviosa traicionó su intento de disculpa.

Mientras tanto, el rostro de la bruja parecía estirarse en una mueca de furia tan grotesca que solo la hacía parecer más terrorífica... y un poco más ridícula.

—¡NO ME TEMEN! —aulló molesta al verlos aguantar la

sonrisa —. ¡MEJOR LOS VOY A CONVERTIR A TODOS! — chilló finalmente.

Los cinco quedaron atónitos ante esa visión impactante. Sus palabras parecieron inmovilizar sus pensamientos.

—¡Sombras, vengan a mí! —rugió la bruja, su voz desgarrando el aire como un cuchillo oxidado.

De inmediato, los inquietantes ecos del llanto infantil y los graznidos de los cuervos provenientes del cementerio de la familia Mix se apagaron. Un silencio antinatural se desplegó como un velo opresivo, cargado de una amenaza invisible.

Tolmark apretó los puños, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo; Pluma luchaba por mantenerse erguida, sus ojos delatando un terror apenas contenido.

Talos, inmóvil como una estatua, con su mandíbula tensa resistiendo un grito.

Beltrank, incapaz de ocultar su desespero, dejó que las lágrimas rodaran libremente por sus mejillas.

Mientras Edgard era el único que percibía los gritos de Keltrank arrodillado frente a su sepulcro.

Del cielo descendieron cinco cuervos, aterrizando en fila frente a ellos.

Sus ojos eran abismos negros que destellaban un odio incomprensible, y su presencia oscura parecía emanar directamente de la bruja.

Una nube de pura maldad flotaba sobre su cabeza, agitada como un enjambre de insectos invisibles.

La bruja levantó sus manos huesudas, sus dedos retorcidos temblando con anticipación.

Su rostro se retorció en una mueca triunfante mientras murmuraba un conjuro, su voz cargada de una malevolencia goteante.

Estaba a punto de lanzar el hechizo que los transformaría en algo pequeño, viscoso y desesperado.

Pero antes de que pudiera concluir, un grito desgarrador brotó de los pulmones de Edgard.

Fue un alarido primigenio impulsado por el viento, cargado de una furia y un dolor tan profundos que resonó en la colina, arrancando ecos que rebotaron entre los árboles.

El bosque entero pareció estremecerse, y por un instante, hasta las sombras titubearon.

— Luz que purifica, oscuridad que desvanece —se oyó gritar a Edgard.

Su cabello comenzó a brillar, primero con un suave resplandor, luego con un destello dorado que lo envolvió por completo y que creció hasta ocasionar un estallido de luz que inundó cada rincón de la zona con una intensidad cegadora .

La bruja emitió un alarido desgarrador, su rostro retorcido en una mueca de furia y horror mientras su forma comenzaba a desintegrarse.

Con un último chillido aterrador, su cuerpo se deformó, regresando a la figura de un cuervo negro como la noche.

Agitó sus alas con desesperación y se perdió en el aire, uniéndose al frenesí de cientos de cuervos que huían como un río oscuro, en un vuelo desequilibrado, hacia las profundidades del bosque.

Sus graznidos formaron una cacofonía aturdida e inquietante que se apagó gradualmente, dejando tras de sí un silencio pesado y ominoso.

Cuando todo quedó en calma, Edgard cayó de rodillas, su cuerpo agotado y tembloroso. El resplandor en su cabello se desvaneció lentamente hasta desaparecer por completo, dejando la escena iluminada solo por las tenues bombillas del camino hacia la colina.

—¡Edgard! —gritó Tolmark, aterrorizado, acercándose con rapidez—. ¡Vamos, hermano, no puedes convertirte en sapo ahora!

—Tranquilo, Tolmark— graznó Pluma— Tu hermano acaba de liberar un nuevo poder, y su cuerpo está completamente exhausto.

Beltrank, con el rostro pálido, corrió hacia la casa y abrió la puerta de par en par, sus manos temblorosas luchando contra la cerradura.

Talos se inclinó con cuidado para recoger a Edgard entre sus enormes brazos.

Su tamaño descomunal hacía que el cuerpo del joven pareciera un simple bulto frágil protegido por una fortaleza viviente.