El eco de los espíritus del bosque Capítulo 14 Posesión maléfica
59%

Capítulo 14 Posesión maléfica

—R elámpago prometió resguardar el libro… — comentó Durk, inclinando su silla hacia atrás mientras soplaba la taza humeante que contenía un Hot Toddy , una combinación de whisky, agua caliente, miel, y especias como canela y clavo.

—Es demasiado peligroso… —aclaró Fulgor—. Visitaremos a Islena. Mientras tú y Pluma distraen a los padres, Edgard y Tolmark compartirán con la niña. Mi misión es clara, entraré a su biblioteca, encontraré el libro de magia negra y después averiguaremos cómo destruirlo.

—¿Y cómo lo sacarás de allí—? Pluma inquieta, se movió de un lado a otro del barandal.

Tolmark ajustaba su postura, concentrado en otro lanzamiento.

Frente a él, en la pared del porche, colgaba un objetivo improvisado: un viejo disco de madera con círculos concéntricos marcados con carbón.

En el centro, la figura tallada de un corazón, apenas visible bajo la tenue luz que reflejaba la nieve, parecía desafiarlo con su diminuto tamaño. Antes de arrojar el dardo, comentó:

—Puedo encargarme con mi habilidad de “sobregiro”. A esa velocidad, ningún ojo podrá detectarme. Solo tienes que sacarlo por la ventana, lo tomo al vuelo y desaparezco. Antes de que te des cuenta, ya estaré lejos.

—Excelente idea. Lo planearemos con calma en la noche —aceptó Fulgor—. Por ahora, debo visitar a Beltrank .

Edgard, quién pulsaba frenético los botones de su consola portátil, sin apartar la vista de la pantalla, la apagó un momento.

—Mamá, no vayas a la colina, por favor —rogó preocupado—. Dicen que esa casa está bajo la mira de las sombras. ¿Y si el señor Beltrank es peligroso?

—Ese anciano no tiene nada que ver con magia oscura — respondió con voz firme, aunque suave—. Estoy segura de que lo atormenta algo de su pasado, pero no es la muerte de Elrick.

—¿Y las sombras? —intervino Tolmark—. Déjanos acompañarte.

—Fulgor, ¿recuerdas que fecha es hoy? Día 21 de diciembre, noche del solsticio de invierno. Los cuervos oscuros se apropian del bosque y ocurren eventos extraños —le recordó Pluma con voz temblorosa—. Mejor nos resguardamos y visitas a Beltrank mañana.

Fulgor mordió una frambuesa, el jugo rojo tiñó sus labios mientras observaba el paisaje nevado.

—Pluma, me sorprendes. Las memorias de Ravenpine están ligadas a los cuervos ¿Dónde más podrían estar?

— dijo Fulgor—. Relacionar a los cuervos con la fatalidad es una concepción equivocada.

¿Qué pasa con el viejo mito del gato negro o tus plumas de corneja, tan brillantes como el ébano?

¿eso los convierte en heraldos de la oscuridad? No, por supuesto que no.

—No hablo del color y lo sabes —dijo Pluma, con voz firme—.

Los humanos que buscan el bien celebran hoy el día de la espiritualidad, un momento para renovar sus energías positivas y abrir la ventana del alma a la luz —señaló con expresión seria —.

Las brujas humanas, en cambio, aprovechan la noche más larga y oscura del año, cuando la tierra está más lejos del sol, para llevar a cabo hechizos oscuros.

Invocan entidades malignas con el fin de transformar energías y cerrar esas mismas ventanas de luz.

—Disculpa, Pluma. Pero recuerda que soy una sílfide, “ la luz que brilla y vence a las tinieblas ” —insistió Fulgor—. Para la tranquilidad de todos, llevaré mi rifle.

Pluma agitó sus alas, inquieta.

—Pero sería conveniente que Durk o Talos te acompañen durante el trayecto y te esperen para volver juntos.

Durk dejó su vaso de licor en la mesa y se frotó las manos, disfrutando del calor en sus dedos.

—Es una buena idea, cariño. Seré tu fuerte guardaespaldas —comentó mostrando sus músculos en forma divertida.

—De acuerdo —bufó Fulgor—, pero hablaré con Beltrank a solas para ganarme su confianza.

—Lo entiendo. Sabes cómo usar las palabras, eres persuasiva y paciente —respondió Pluma—. Espero que valga la pena.

Beltrank escuchó el sonido seco del aro del llamador de la puerta chocando con la madera, lo que lo hizo levantarse para abrirla. Al hacerlo, se encontró con Fulgor y Durk. Los observó con desconfianza, pero finalmente los invitó a pasar.

—Los recibiré, porque gracias a ustedes sigo con vida, pero no les responderé preguntas —dijo enfático Beltrank—.

Ya estoy harto de que todos me vean como un sospechoso y se crean con el derecho de averiguar mi vida solo porque hago galletas de jengibre para los niños en navidad.

Han llegado al colmo de investigar hasta los detalles sobre las sepulturas de mis muertos.

—No haré preguntas. Solo tendremos una conversación respetuosa e informal, usted y yo —dijo Fulgor, mientras entraba al pequeño espacio que servía como sala.

La estancia estaba decorada con una vieja butaca y un estrecho sofá, ambos dispuestos alrededor de una mesa de centro de madera con un tope de vidrio, sobre la cual reposaba una humeante taza de chocolate y un platito con galletas—.

Durk puede esperar en su cobertizo, si no le molesta.

—Entonces pasemos a la cocina, allí tengo una mesa y sillas cómodas —respondió Beltrank, mientras tomaba su taza de chocolate y un par de galletas—. Durk, si no le importa, puede esperar aquí en la sala.

Afuera hace mucho frío. —Gracias, me parece bien —respondió Durk.

—Genial, te traigo unas galletas para la espera —dijo Beltrank, señalando sus manos ocupadas.

Fulgor y Beltrank hablaron durante más de una hora. La

charla se fue tornando cálida hasta que el anciano, abriendo su corazón, comenzó a compartir el dolor que lo consumía.

—Keltrank fue mi hermano gemelo durante nueve divertidos e inolvidables años. Éramos inseparables y bastante traviesos

—le confesó de pronto Beltrank—.

Nos parecíamos tanto que nuestros padres solo podían diferenciarnos por el tono verde de nuestros ojos. Los de él eran un poco más claros que los míos.

—Debió ser muy especial crecer con un hermano de la misma edad y siendo tan unidos —susurró Fulgor, dejando fluir la conversación.

—Todo terminó la tarde de Navidad de 1960 —susurró, su voz teñida de nostalgia—.

Teníamos 9 años y pasamos la mañana horneando galletas de jengibre con nuestra abuela.

Mientras ella las empaquetaba para regalar, nosotros nos escapamos al lago congelado para patinar, a pesar de que sabíamos que no debíamos acercarnos sin un adulto.

Su voz tembló al revivir el doloroso recuerdo de esa travesura.

—No sé qué tiene ese lago que atrae tanto a los niños. No hay nada que los cautive más que sus aguas para chapotear durante el verano y el patinaje sobre su hielo invernal —comentó Fulgor.

—Yo sí sé: las sombras —respondió con un cambio brusco de tono, pasando de la tristeza a la indignación—. A Keltrank se lo llevó una de ellas, aunque nadie me creyó entonces, ni me creen ahora —cada palabra reflejaba su amargura.

—Siempre he pensado que la sombra primigenia es el origen de las pequeñas sombras que intentan extender la oscuridad en el universo—. Fulgor compartió con él parte de sus creencias.

—¿Has sido atacada por las sombras? —preguntó Beltrank, mostrando interés.

—Muchísimo tiempo atrás, pero no en Ravenpine, quizás porque es un pueblo espiritual —respondió Fulgor, negando con la cabeza—.

Durk y yo nos mudamos aquí por ser un lugar tranquilo donde nuestros hijos pudiesen crecer rodeados de paisajes hermosos y naturaleza.

Quería alejarme de la magia por un tiempo y dedicarme completamente a mi familia.

—La tranquilidad aquí, desde hace décadas, es solo una fachada —sentenció Beltrank—. Ha habido ataques aislados de sombras en los últimos años, pero las autoridades prefieren ignorarlos, no sé si por miedo o para no alarmar a la gente.

—El de tu hermano fue uno de esos casos —comentó Fulgor, señalando con gravedad.

—Sí, quizás de los primeros, no lo sé. Estábamos patinando juntos, haciendo piruetas cerca del centro del lago.

Dábamos vueltas y luego volvíamos a la orilla.

Todo estaba bien hasta que el hielo crujió...

—la voz de Beltrank se quebró al recordar, y unas lágrimas amargas rodaron por su rostro arrugado.

—Tranquilo, Beltrank —dijo Fulgor, abrazándolo y palmeándole suavemente la espalda, dándole tiempo para calmarse.

—Gracias, eres buena escuchando — susurró él, agradecido, antes de continuar con su relato—.

Keltrank cayó al agua. Rápidamente busqué una rama fuerte, me acosté boca abajo sobre el hielo firme y me acerqué todo lo que pude al borde del agujero para ayudarlo.

Él logró sujetarse de la rama y yo lo tiré con fuerza hasta que sacó la cabeza y todo su torso.

Pero de repente, el agua que aún lo rodeaba se oscureció como el petróleo, y una sombra lo tomó por las piernas, hundiéndolo de nuevo. Así lo perdí de vista para siempre…

—Imagino que su cuerpo fue recuperado, porque vimos su sepultura —susurró Fulgor.

—Sí, aunque no me dejaron verlo, porque era solo un niño. Escuché, de gente morbosa, que no tenía ojos cuando lo sacaron y que su cuerpo estaba cubierto por una sustancia negra y viscosa —dijo Beltrank .

—Lo siento mucho —susurró Fulgor, lleno de tristeza.

—He dedicado toda mi vida y todos los poderes que he podido usar, propios y ajenos, para tratar de devolverle su luz y llevar su alma al lugar donde pertenece, como la de un niño inocente —confesó el anciano—.

—¿Quién no haría lo mismo por un hermano? — respondió Fulgor.

—Solo recuerdo que una vez cuando la luz espiritual de Keltrank apareció junto a mi cama dijo: solo podrás ayudarme si consigues “ la luz de la llama eterna ”. Pero nunca he sabido dónde encontrarla —dijo con un gesto de derrota.

—Si unimos las fuerzas de la luz, eso podríamos intentarlo. Ya veremos cómo —dijo Fulgor con fuerza.