Capítulo 13 Los centinelas del alma durmiente #4
La camilla, cuidadosamente dispuesta en el centro de la habitación, estaba rodeada de espejos altos que apenas reflejaban más que el cuerpo de Islena, quien yacía en ella con una serenidad que contrastaba con la gravedad del momento.
Los espejos, dispuestos de manera precisa, creaban un espacio que parecía suspender a la niña en un mundo aparte.
Su cabello azul caía suave sobre la almohada, y el cuerno en su frente, finamente esculpido, brillaba débilmente bajo la luz tenue de la habitación.
A pesar de su apariencia tranquila, sus labios palidecían y sus manos, frías como el hielo, permanecían inmóviles a los lados de su cuerpo.
Murla se acercó con paso firme.
—Lo que verán a continuación es un procedimiento delicado. Los espejos estas dispuestos a una altura que
solo reflejan el cuerpo de Islena, sin distorsiones ni interferencias. Para evitar que cualquier otra energía influya, cubriremos todo el entorno con telas oscuras que absorberán la luz.
—Cuidaremos su cuerpo, su mente, sus emociones y su esencia, creando un ambiente propicio para su reencuentro holístico —aclaró Mirithra, mirando a los padres con una intensidad que les transmitió calma—.
Durante el proceso, se oirán ciertos ruidos.
Al final, el rompimiento de los espejos marcará el cierre. No interrumpan.
—¿Dónde está Ártico? —preguntó Leo, con un tono preocupado.
—Ayer se fue al bosque, y no lo encontramos —graznó Pluma.
Leo salió del consultorio con decisión, tomando una ocarina tallada en madera antigua. Sopló el instrumento suavemente, produciendo una melodía tranquila, y se quedó esperando.
—Edgard, tan pronto lleguen, te conectarás mentalmente con Islena y le pedirás que confíe en nosotros —indicó Fulgor.
—Una vez que la esencia de Islena llegue, todos saldrán de la habitación y esperaran afuera —ordenó la curandera.
Tolmark y Duck se prepararon, invocando su poder de camuflaje en las sombras y haciéndose invisibles a la oscuridad que los rodeaba como protección a Leo que seguía esperando afuera.
En cuanto el lobo de invierno apareció, Leo salió a su encuentro y lo condujo al cuarto de emergencias. Relámpago les siguió, y antes de que comenzara el ritual, besó las manos de su hija con una ternura profunda.
—Es el momento —indicó Mirithra.
De inmediato, Edgard se conectó con la esencia de Islena y le pidió salir del cuerpo protector del lobo. Todos tuvieron que cubrir sus ojos ante la centellante e impetuosa luz violeta que finalmente, entro al cuarto de emergencias.
Todos los demás salieron, tal como había indicado la curandera. Pasaron varias horas, durante las cuales el sonido de la energía esencial de la niña resonó en la habitación, viajando a toda velocidad, chocando con
las paredes, el techo y algunos objetos. Finalmente, el estallido de los espejos rompiéndose cortó el aire.
—¿Y mi mamá? —preguntó una voz infantil, dulce y clara.
Afuera, todos se unieron en un abrazo entre lágrimas y celebración. El círculo solo se rompió cuando se abrió la cortina y apareció Murla para invitarlos a pasar.
—Nos demoramos porque, aunque el portal se abrió perfectamente y la esencia de Islena cruzó a esta dimensión, su energía estaba débil y dificultó su conexión con el cuerpo — explicó Mirithra, sudorosa, pero con una sonrisa de satisfacción.
—Tuvimos que recurrir a la acupuntura —intervino Murla—.
Colocamos agujas en puntos estratégicos de su cuerpo para atraer la energía de su espíritu y guiarla hacia su materia.
Tras el primer contacto, esencia y cuerpo se reconocieron, iniciando el proceso de integración.
De esa forma, ambas partes se fusionaron, devolviendo a Islena a su vida plena.
De repente, Ártico saltó con energía encima de Islena, llenándola de caricias con su hocico, y tras recibir su afecto, se dirigió a Leo, quien lo abrazó profundamente emocionado.
—Mi valiente Ártico, no sabes cuánto me preocupaste —dijo Leo, apretándolo con fuerza.
— Fue aterrador estar bajo el control de una sombra, pero sabía que resistiría —respondió el lobo con un aullido grave, que solo Leo y Edgard comprendieron.
Relámpago cargó a su hija y Orleida se unió en un abrazo.
El resto de los presentes, conmovidos por el reencuentro entre el lobo y el leñador, formaron un círculo en torno a ellos, y rompieron en un aplauso unánime.
Ártico y Leo, leales guardianes de Islena, habían protegido su esencia de las garras de las sombras, demostrando mucha valentía.
Eran más que protectores: eran los centinelas del alma de la pequeña, ahora restaurada.
—Pluma, necesito hablar contigo, porque tú eres quien me refirió el caso —le dijo Miritrha discretamente cuando se marchaban.
—¿Tan mal estuvo? —graznó inquieta.
—Digamos que preocupante. La hoja del hechizo pertenece, sin ninguna duda, a un libro de magia negra —le reveló enfática—. No dije nada a los padres, porque no sé hasta qué punto podemos confiar en su versión. Allá, dentro del cuarto de curación, tuvimos que batallar con las sombras.
—¿CÓMO? —se asombró Pluma.