El eco de los espíritus del bosque Capítulo 13 Los centinelas del alma durmiente #2
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Capítulo 13 Los centinelas del alma durmiente #2

Edgard, algo confundido y aún atónito, terminó de abrir la puerta con cuidado, pidiendo en su interior que se hubiese marchado. Apenas puso un pie fuera, dio un paso atrás, encontrando frente a él al imponente lobo de invierno. Sus ojos, dos lunas heladas, brillaban en la oscuridad, observándolo.

Antes de que pudiera reaccionar, uno de los renos, claramente enloquecido por la presencia del lobo, se lanzó hacia Edgard con un rugido y lo empujó contra un montón de paja... y otras cosas menos agradables.

—¡No, no, no! —gritó Edgard mientras caía— ¡Por todos los dioses del viento! —protestó mientras se incorporó y se sacudía con torpeza—. Genial, una niña espíritu amenazándome con un lobo y ahora me atacan los renos.

De inmediato, el otro reno se acercó al caos. Tolmark, corriendo hacia ellos, comenzó a gritarle a los animales como si pudiera controlarlos con solo la fuerza de su voz.

—¡Quietos! ¡Basta! Dulce de leche, Chispa, ¡no hagan esto! —gritaba, mientras uno de los renos le lanzaba una mirada furtiva de reojo antes de seguir corriendo en círculos alrededor de Edgard.

Durk se carcajeó:

—Creo que al lobo de invierno le caes mejor que a los renos.

Tolmark se apresuró a calmar a los animales, colocando una mano firme en el hocico de cada uno.

—¡Hasta los renos se alteran con tus rarezas

fantasmagóricas! — dijo, defendiendo a sus nuevos amigos con una sonrisa.

—No es fantasmagórico, es percepción… —aclaró Pluma enigmática—. Pura y auténtica telepatía. Creo que esos renos se alteraron por la frecuencia energética del espectro.

Durk se rascó pensativo la barbilla: —Vaya, Edgard, parece que esos astados te estaban protegiendo. Menos mal que Tolmark los calmó o te hubiesen arrastrado para alejarte del “peligro”.

—¿Estás bien, hijo? —preguntó Fulgor al acercarse, con un leve resplandor iluminando su rostro—. Aunque… creo que esa niña está impaciente. Deberías cambiarte esa sudadera.

—Ja, ja, ja... ¡es estiércol de reno! —se burló Tolmark, riendo a carcajadas.

Fulgor apretó los labios para no reírse, pero su mirada traicionaba la diversión.

—Es increíble lo que te pasa, Edgard —dijo mientras flotaba hacia la casa—. Déjame buscarte algo limpio.

Durk, por su parte, se limitó a suspirar profundamente para no estallar en carcajadas.

—¡VENDRÁS CON NOSOTROS! —declaró la niña espectro antes de desaparecer dentro de las fauces del lobo.

Edgard, con el ceño fruncido y las fosas nasales visiblemente ensanchadas por su evidente irritación miró al lobo de invierno que evidentemente esperaba por él.

—¡Genial! Solo falta que el lobo decida que soy su nuevo juguete —murmuró entre dientes, no muy contento con el panorama.

Cuando su madre regresó, lo miró con sus ojos brillando en un destello de orgullo.

—Estás mejorando tus habilidades, hijo. Pero dime, ¿cuándo planeabas compartir tus avances de tu sexto sentido?  —dijo entregándole la sudadera limpia.

—Lo siento, no estaba seguro… ya estaba por hacerlo —explicó.

Talos regresó al granero con los renos, mientras el resto del grupo, ahora en alerta, acompañaba a Edgard. Avanzaron hacia el bosque siguiendo al lobo de invierno por uno de los senderos. Fulgor flotaba junto a Pluma, quienes también lograban percibir la energía de la pequeña y su esencia rebelde.

Tolmark, que se sentía excluido, interrumpió de repente :

—Entonces... ¿no vimos a un lobo sombra esa noche, sino un lobo protector?

Edgard lo miró sorprendido, la revelación cayendo sobre él como un balde de agua fría.

—Cierto —dijo tocándose la frente—. La sombra huyó con su oscuridad... y cuando Pluma lanzó el hechizo de sanación, también curó las heridas del lobo invernal.

—Debí darme cuenta de que era un ser mágico —graznó el ave.

Después de una larga caminata, salieron del bosque hacia un prado nevado en el extremo norte del pueblo.

La luz invernal envolvía el paisaje con un resplandor etéreo, realzando cada contorno con una atmósfera mágica.

Una callejuela los guio hasta una angosta edificación de tres pisos, construida con piedra.

En su entrada, un arco adornado con delicados relieves mostraba el nombre “Casa Teola”, irradiando una presencia enigmática.

Pluma, con su mirada aguda, reparó en unos pequeños fragmentos oscuros, opacos e irregulares desperdigados sobre el hielo frente a la entrada, un detalle inquietante que rompía la armonía del lugar.

—Esperen... es carbón —murmuró al tocarlas—. Parece que la magia oscura ha dejado su huella.

—¿Las sombras estarán aquí? —se preguntó Edgard en un susurro.

El lobo de invierno se detuvo frente a la entrada y Tolmark presionó el timbre con una energía que parecía desafiar el frío invernal, y mientras esperaba se acomodó las manos en los bolsillos.

De repente, Tolmark vislumbró a un hombre joven que caminaba junto a su reno, y con picardía volvió a mirar a Edgard, que ya estaba temblando de frío.

—¡Rápido, abran ya! —exclamó—. Si seguimos así, ese reno va a pensar que Edgard es una zanahoria gigante.

Un momento después escucharon unos pasos acercándose, y cuando la puerta se abrió, la mujer que apareció tenía una mirada de profundo cansancio.

—¿Qué desean? — preguntó, su tono más grave de lo que su rostro joven sugería.

Edgard avanzó hacia ella.

—Soy amigo de Islena, ¿es usted su madre?

La mujer se mostró confundida y retrocedió un paso, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo? —preguntó, frunciendo el ceño—. Conozco a todos sus amigos… y tú eres mucho mayor que ella.

—Vengo con mi familia —mencionó, señalándolos para tranquilizarla—. Me llamo Edgard, y hace poco descubrí que tengo poderes de percepción. Por el momento, Islena y yo estamos vinculados telepáticamente.

La mujer pareció incapaz de creer lo que oía. Después, en un estallido de emoción, se lanzó hacia Edgard, rodeándolo en un abrazo cálido y rápido, mientras las lágrimas comenzaban a asomarse en sus ojos.

—¡No puedo creerlo! ¿Podremos comunicarnos con ella? —preguntó esperanzada.

—Supongo que para eso me trajo —respondió Edgard en tono resignado—. Está junto a mí.

—La magia nos ha iluminado! —gritó, casi fuera de sí —¿Qué estoy haciendo? ¡Pasen, pasen! Mi nombre es Orleida.

—Entonces, esto de “iluminados” no viene con galletas y chocolate, ¿verdad? Porque ya me suena la tripa —bromeó Tolmark, dando un pequeño codazo a Edgard.

—Tolmark… —le regañó su madre, mientras Orleida sonreía.

Se sentaron alrededor de una mesa redonda de madera envejecida. La casa era estrecha pero cálida, como si el espacio se alargara hacia adentro, donde cada rincón emanaba una magia sutil y el aire mismo estuviera lleno de antiguos hechizos y secretos olvidados.

En las paredes colgaban fotos mágicas de Islena. En todas, su cabello cambiaba de color, flotando con suavidad, como si las imágenes respiraran. Edgard las observaba fascinado, sintiendo una gran conexión.

La mujer sirvió torta de chocolate, acompañada de café para los adultos y zumo para los jóvenes. El aroma a cacao se fundía con el suave crepitar de la chimenea, cuyas llamas danzaban, proyectando sombras móviles sobre los muebles.

Tras un momento, Orleida se acomodó en su silla, y Edgard observó al espíritu de Islena se sentarse sobre sus piernas, acariciándole la mejilla con delicadeza, aunque su madre no parecía sentirlo.

—Ahora está sentada sobre su regazo y le acaricia su mejilla izquierda —le dijo suavemente.

—Hola Islena, hija de mi corazón, estoy aquí para ti — dijo su madre mientras hacía movimientos acunándola.

—Mi hijo Edgard está desarrollado sus poderes extrasensoriales y pudo hallar el cuerpo de su hija y relacionarlo con el espectro que lo ha perseguido desde hace un tiempo.

Para poder ayudarla necesitamos toda la información posible sobre Islena— explicó Fulgor—.

Edad, poderes mágicos, qué causó su estado actual, y cualquier otro dato relevante.

—Islena es una niña zaire de ocho años. Es muy lista y educada, pero también traviesa y caprichosa —dijo su madre, al borde de las lágrimas.

En ese momento, la puerta se abrió y entró una figura alta, de cabello oscuro. Dejó su abrigo en el perchero y sacudió la nieve de sus botas. Al darse paso, la sala se iluminó por el resplandor plateado del cuerno en su frente.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó con voz grave.

—¡Papi! —exclamó Islena, saltando hacia su padre. Él sonrió, mirando a su alrededor…

—Soy Relámpago —se presentó—. ¿Está ella aquí—? Tomó asiento mientras le explicaban la situación.

—Lo que pasó fue por un terrible descuido mío.

Había sacado el libro de magia de la gaveta de mi escritorio donde lo tenía bajo llave, para guardarlo dentro de la caja de vidrio blindado que mandamos a hacer por seguridad —confesó la madre—.

En ese instante recibí una llamada de negocios y tuve que salir deprisa, dejándolo por olvido sobre el escritorio.

—Cariño, no fue tu culpa. Son solo cosas que pasan —aclaró Relámpago.

—¿Contiene magia negra? —preguntó Fulgor.

— Es un libro de magia muy poderosa y antigua que ha pertenecido a mi familia de generación en generación.

Contiene hechizos de todo tipo que pueden ser empleados tanto para la oscuridad como para la luz, de acuerdo con las intenciones de quienes los practiquen —les explicó—.

Siempre dudé sí sería mejor destruirlo, pero confieso que me daba temor, porque no soy practicante y desconozco el alcance de los daños ante una ejecución equivocada.

—¿Qué le ocurrió a Islena? — preguntó Tolmark, impaciente.

—La encontré sin conocimiento,

sentada frente al espejo con su cabeza recostada sobre el tocador.

Junto a ella estaba la hoja del hechizo que arrancó del libro —sollozó la madre al recordar—.

Es una niña curiosa y con un despertar prematuro de sus poderes mágicos.

Guiar el uso de sus habilidades ha sido un reto duro que hemos tenido que enfrentar e incluso también para el colegio.