El eco de los espíritus del bosque Capítulo 13 Los centinelas del alma durmiente
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Capítulo 13 Los centinelas del alma durmiente

Todos salieron hacia el cobertizo, porque Talos los había invitado con entusiasmo a tomar el té.

El gigante los recibió, mientras colocaba algunas hojas secas en el agua humeante de una olla de hierro sobre la estufa en la esquina.

El aroma a menta comenzó a mezclarse inmediatamente con el calor acogedor del fuego.

Durk observó en silencio cómo Talos servía las infusiones en tazas de barro.

—Siempre tienes plantas secas de sobra, amigo —comentó mientras cruzaba los brazos—. Deberías enseñarme cómo guardarlas sin que se echen a perder.

Talos soltó una carcajada breve.

—Cuando tengas paciencia para secarlas sin aplastarlas, hablamos.

Mientras repartían las tazas, Edgard no pudo evitar fijarse en cómo cada rincón del cobertizo reflejaba la vida de Talos: las herramientas colgadas de las paredes, las bayas que había triturado con esmero, y los cueros curtidos extendidos sobre las sillas de madera rústica.

Talos había mencionado alguna vez que nunca cazaba por deporte; recogía las pieles de animales que encontraba muertos en el bosque, honrando sus restos al darles un propósito en el duro invierno.

—Esta menta de invierno es buena para aclarar las ideas — resopló, Tolmark—. Tomaré litros si funciona para interrogatorios.

—No te preocupes hermano, no tienes nada que temer—. Intentó calmarlo Edgard.

—Ya se calmó la nevada, creo que ya podemos llegar hasta el granero —dijo el gigante después de lanzar una mirada rápida hacia la ventana.

Todos se levantaron y caminaron pesadamente abriendo hoyos en la nieve.

Edgard iba en silencio porque no le gustaba el olor de ahí dentro, porque además del invernadero donde cultivaba sus plantas, tenía animales.

—¡Sorpresa! —gritó Talos abriendo las puertas—.

Chicos, mi regalo navideño para ustedes.

En el interior, dentro del pequeño establo con corrales donde encerraba a sus ovejas, cerdos y gallinas en invierno, ¡había dos hermosos y renos! Caminó hacia la pared y tomó un par de zanahorias disecadas de una de las canastas colgantes y se las lanzó dentro del corral.

—Ahí tienen, glotones — murmuró Talos. Con una sonrisa observó como los dos ciervos las atrapaban con sus hocicos.

—Fulgor, sé lo que estás pensando, pero no te preocupes, esos renos son mi responsabilidad, yo los cuido, ellos los disfrutan—.

Mientras hablaba, guardaba alegremente ramitas de plantas silvestres y pequeños puñados de bayas secas en las cestas y frascos que decoraban las paredes, cada uno etiquetado con una caligrafía pulida.

—Eso esperamos —dijo Pluma de inmediato.

—Estas aguantan cualquier invierno —comentó, mientras mostraba las paredes—.

Estas las cultivo y estas las recojo, pero todas las preparo durante el verano para que conserven su apariencia y sus poderes nutritivos y curativos todo el año.

Me gusta, aunque a veces estas manos grandes no son ideales para cosas tan pequeñas.

La estancia se quedó en silencio por un momento, interrumpida solo por el golpeteo de los renos contra la madera del corral. Tolmark, con una sonrisa nerviosa, sacó dos zanahorias y las ofreció a escondidas.

—Ahí tienen, ternuras. Les pondré nombres. Edgard, ¿qué te parece si los llamamos Dulce de Leche y Chispa? —preguntó.

—Perfecto —dijo rápidamente Edgard soltando una risita nerviosa. Por un momento pensó que Tolmark abriría el corral. No se acercaría a esos animales astados jamás. Les tenía terror.

—Debemos regresar al cobertizo. Tenemos que hablar—. Pluma fue la primera en abordar el tema.

Regresaron sintiendo el aire helado sobre sus rostros y entraron rápidamente para sentir el calor que emanaba de los leños encendidos.

—Hable con uno de los oficiales y me dicen que todavía están confundidos, porque los ataques y las heridas no siguen un patrón —señaló Durk.

—Sí, en el caso de Elrick, en su cuerpo hay quemaduras que dirigen las sospechas hacia Leo, por lo de las velas y los fósforos mágicos—explicó Pluma—. Todos los otros parecen haber sido atacados por fieras.

—Lo único que parecen coincidir son las galletas de jengibre.

Todas las encontradas tienen el mismo patrón que las llevadas al colegio: corazones rojos a modo de botones del chaleco — indicó Talos—.

Esa pista apuntaría a Beltrank, pero lo he vigilado y no ha salido de su propiedad estos últimos días.

Ya ambos fueron interrogados y están libres.

Entonces las autoridades no tienen pruebas concretas —dijo Fulgor con seriedad inclinándose hacia Tolmark—.

Tú también estás involucrado por tu interacción con el pequeño elfo, en dos oportunidades—.

Suspiró para mantener su paciencia—. Seguro van a interrogarte, pero tampoco tienen pruebas físicas contra ti. ¿Verdad?

—¡Claro que no! Lo incluyen porque me defendió delante de todos —interrumpió Edgard con vehemencia—. Cuando devolvía a la ardilla a su nido del árbol, se cruzó con el niño en el bosque por casualidad. ¿Cómo Tolmark podría saber que se había escapado y estaba en peligro?

—¡Pero yo no le hice nada, lo juro! Seguro me pondré nervioso, diré algo raro y me dejarán encerrado—. Tolmark soltó el aire y dejó caer los hombros.

Durk, rascándose la barbilla con su mano grande, bufó.

—¡Tolmark! No digas tonterías. No te quedas encerrado por un nerviosismo. Vamos a demostrar que no hiciste nada —. Golpeó suavemente la mesa, pero el sonido resonó en el cobertizo.

—Durk, cálmate —intervino Fulgor, con una mezcla de paciencia y reproche en la voz—. Tolmy, repasaremos lo que dirás. Siempre con la verdad, pero usando argumentos que no den pie a dudas.

Durk se levantó con un estruendo, y le dio una palmada en el hombro a su hijo. Después del sobresalto, Fulgor continuó hablando .

—Aunque mis poderes no están completamente recuperados, he percibido algo extraño en Leo y Beltrank.

Hay cosas que esconden, pero no logro descifrar si están relacionadas con lo ocurrido. No sé qué pensar.

—La mirada de Leo es escalofriante… — opinó Edgard.

—Y los muñequitos de galleta también —opinó Tolmark.

—Ja, ja, ja, pequeño bribón, si tener miradas raras y hornear fueran delitos, ya estarían encerrados varios en este pueblo —se burló Durk.

Pluma se acaró la garganta para llamar la atención.

—De Lyska, Nimbbles y Mirdak no tienen pistas comprobadas y sospechan que podrían estar secuestrados, ocultos en algún lugar del bosque—.

Pluma se posó en el espaldar de una silla, extendiendo un ala cuidadosamente sobre el mapa desplegado sobre la mesa.

Trazó con un hilo de luz mágica los lugares que las autoridades ya habían revisado.

Durk asintió, su voz grave y pausada contribuyendo a la tensión del momento.

—Están rastrillando el bosque palmo a palmo, dividiéndolo en sectores que sellan y custodian por la noche. Tolmark y yo estuvimos observando por un rato. La movilización es metódica, pero el tiempo apremia.

Tolmark, que había estado acariciando a los renos por la ventana mientras escuchaba, giró hacia ellos con el ceño fruncido. Sus palabras salieron cargadas de incertidumbre.

—Ya todos creen que las sombras tienen a los niños atrapados, rodeados por rituales y magia oscura que hacen casi imposible encontrarlos. Da miedo pensar que podrían estar tan cerca y a la vez tan fuera de alcance —señaló Pluma.

—Supe que las autoridades han solicitado expedientes de desapariciones en varios pueblos cercanos y encontraron reportes inquietantes —informó Talos—. Hay varios niños, de entre siete y catorce años, que jamás regresaron a casa o aparecieron asesinados.

—Hay algo que debo contarles —dijo Edgard mientras levantaba su segunda taza de infusión. Hizo una pausa para tomar un sorbo, pero antes de poder continuar, una figura translúcida apareció frente a él. Era la niña de cabellos brillantes como brasas y ojos totalmente blancos.

—¿NO PIENSAS AYUDARME? —preguntó con voz firme y una ceja levantada—. Si no lo haces, enviaré a mi lobo a que te asuste cada noche.

Edgard no tuvo tiempo de reaccionar. Escupió el té, que salió disparado directo a la camisa de Durk.

—¡Pero qué demonios, Edgard! —gruñó Durk, levantándose para secarse mientras Pluma agitaba sus alas en señal de alarma.

Antes de que pudieran procesar lo ocurrido, los animales del granero empezaron a dar golpes contra las paredes de madera y a lanzar bufidos, balidos, cacareos y gruñidos. Tolmark corrió hacia la ventana.

—¡No! Dejamos la puerta del granero abierta y ¡mis chicos están escapando! —gritó mientras veía a los ciervos correr.

—Yo los atrapo —dijo Talos saliendo de prisa y lanzando un silbido estruendoso que paró en seco a sus animales, menos a los renos, que aún no lo respetaban —Vamos, adentro. Ustedes dos, maleducados, espérenme un momento –. Regañó a los ciervos.

—¿Tienes una percepción? —preguntó Durk al ver a Edgard pasmado, con la mirada extraviada.

De repente, el pequeño espectro con su risa fantasmal y manos frías decidió que era el momento perfecto para interactuar más de cerca con Edgard.

Lo agarró por la camisa, tirando de él hacia la puerta con una fuerza inusitada hasta que la atravesó.

Sí, estaba casi cerrada, y Edgard, tan sorprendido como torpe, no tuvo el tiempo para estirar las manos antes de estampar su cabeza contra la madera.

—¡Auch! —exclamó, frotándose la frente mientras miraba al suelo, ruborizado.

Talos, que había regresado por los renos, no pudo evitar soltar un suspiro.

—La puerta, muchacho... hay que abrirla primero... — murmuró, divertido, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y diversión ante lo que consideraba una falta de coordinación de Edgard.

El espectro zaire, sin mostrar ni pizca de arrepentimiento, rio entre dientes, haciendo que la escena fuera aún más absurda.

—Uy, lo siento por eso —dijo la niña, mientras la atmósfera en la habitación se volvía un poco más ligera, como si la situación fuera parte de un juego.