El eco de los espíritus del bosque Capítulo 12 El hospital #2
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Capítulo 12 El hospital #2

Llegaron justo al anochecer. El hospital, un edificio de paredes frías y blancas, parecía distante y ajeno a lo que ocurría en el mundo exterior.

Pasaron por largos pasillos iluminados por luces fluorescentes, cuyas sombras daban al lugar un aire hospitalario y solemne.

En las paredes, algunos carteles indicaban las áreas de urgencias, admisión y cuidados intensivos, pero Tolmark, inmerso en sus nervios, no podía concentrarse en leerlos.

Encontraron el área de emergencias y saludaron a los padres de Zruk. Mientras Fulgor se quedaba con ellos, los chicos se acercaron a otros compañeros.

—El joven Zruk está consciente y pide hablar con Tolmark —se oyó por el altavoz.

El chico sintió un nudo en el estómago, sus manos temblaban de nervios.

—Edgard, acompáñame —dijo Tolmark, su voz más grave de lo habitual.

—Síganme, por favor —ordenó la asistente, una elfa de cabello azul plateado que los guio por el pasillo hasta una habitación.

La enfermera que les abrió la puerta era diferente a todas las que habían visto antes.

Su piel era de un tono azul profundo, y su cuerpo de figura imponente terminaba en un enorme trasero.

Sin embargo, lo más llamativo eran sus antenas de mariposa que se movían de manera casi etérea.

Al verlas, Tolmark sintió que la visión de esa extraña criatura era casi hipnótica, pero no tuvo tiempo de pensar en ello mucho más.

Entraron a la habitación y encontraron a Zruk en la camilla, cubierto de vendas. La piel verde de su rostro y cuerpo estaba marcada por moratones. La punta de uno de sus colmillos estaba quebrada, y su cuello estaba envuelto en una venda gruesa.

—Luces fatal —dijo Tolmark, intentando hacer una broma para aliviar el ambiente, pero su voz temblaba .

Zruk apenas pudo esbozar una sonrisa. Un soporte para suero estaba junto a él, y un tubo delgado conectaba la bolsa de líquidos con una vía intravenosa en su brazo.

—¿Lo crees? Casi

muero... me siento adolorido y humillado —respondió Zruk entre jadeos, su voz rota por el dolor—. No la pude defender...

¡encuéntrala! Tolmark...

—Lo haré… —dijo con firmeza, sin apartar la vista de su amigo.

Zruk, con un esfuerzo, añadió:

—Lo siento por lo de Bryna, fui un patán...

De repente, un grito agudo escapó de Zruk, su cuerpo se tensó y la enfermera empujó a Edgard y a Tolmark, apartándolos rápidamente de la camilla.

—¡A un lado! —gritó, mientras otras enfermeras corrían a estabilizar al orco.

Poco después, escucharon al doctor, un sátiro con monóculo, hablar con los padres de Zruk.

—Es hora de llamar a una curandera —dijo con tono grave.

Tras un rato, les informaron que debían despejar el área. Esa noche, Edgard intentó conectarse telepáticamente con Zruk, pero al no lograrlo, se quedó dormido, preocupado, con la imagen del orco en su mente.

Edgard sintió un tirón en su conciencia, una conexión profunda y extraña que lo empujó a moverse.

De repente, se halló dentro de la visión.

“Sala de Terapia Intensiva”, leyó mentalmente, reconociendo el lugar.

Zruk yacía inmóvil en la cama, rodeado de equipos conectados a su cuerpo, cuyos monitores emitían pitidos perturbadores.

Su rostro estaba tenso, y el tubo que le atravesaba la tráquea era una señal clara de su inconsciencia.

Sin embargo, algo lo atraía hacia otro espacio.

“Sala de Terapia Intermedia”, leyó de nuevo.

Se acercó a la puerta de cristal, que reflejaba un brillo frío y distante, y observó dentro.

Su mirada se detuvo en la figura de una niña.

Dormía, o al menos parecía hacerlo. Estaba muy quieta.

Su cuerpo, humano por lo demás, tenía detalles que lo hacían...

diferente. El cabello azul sereno, la cola enroscada y un brillante cuerno en su frente le daban un aire místico, casi irreal.

La niña solo tenía una intravenosa conectada a su brazo, lo que indicaba que estaba físicamente estable. Edgard intentó conectarse con ella, pero no hubo respuesta. Su cuerpo estaba allí, pero su conciencia parecía haberse desvanecido en algún otro lugar.

Como si estuviera flotando en un sueño, la percepción de Edgard se deslizaba de una habitación a otra sin esfuerzo. En un parpadeo, se halló mirando hacia el exterior, a través de la ventana, donde el lobo de invierno, al que Pluma había sanado, esperaba en la oscuridad.

El animal abrió la boca y de ella surgió un rugido de energía violeta que atravesó los muros del hospital con furia. La ráfaga envolvió a Zruk, sanando sus heridas mientras los monitores emitían pitidos intermitentes.

El torbellino de energía comenzó a desacelerarse, deteniéndose frente a la ventana de la habitación junto a la cama de la pequeña de raza zaire.

Sorpresivamente, ese vórtice de luz violeta comenzó a manifestarse como un campo energético y la silueta etérea de la niña pareció materializarse como un reflejo brillante sobre el cristal.

Luego, como si algo invisible lo empujara, el torbellino retomó su velocidad, cruzó la pared de la habitación y desapareció de nuevo dentro de las fauces del lobo, que aguardaba en las sombras, dispuesto a huir.

Edgard se despertó sudando, con palpitaciones. Recordó el final de la frase escrita sobre el vidrio de la lúgubre cabaña en el bosque…

“… el alma se pierde si el reflejo la atrapa”

Y entendió su mensaje… ¡La niña Zaire era el espectro!