Capítulo 12 El hospital
El aire frío raspaba su piel cuando alcanzó la vereda que conducía a la casa de Aelyn.
La pendiente parecía interminable, sus pies resbalaban ligeramente en la nieve, pero no se detenía.
Su mente estaba fija en el momento que lo esperaba al final de la subida.
Al llegar frente a la puerta, respiró hondo, pero su pulso seguía martilleando.
Tocó el timbre con una mezcla de esperanza y temor, y mientras esperaba, sus ojos volvieron a caer en la bolsa, imaginando cómo sería verla sonreír al abrirla.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Aelyn, su voz tensa, mientras se asomaba por la puerta apenas entreabierta.
—Vine a ver cómo estabas... —susurró Edgard, desconcertado por el tono frío de ella. Sus manos se apretaron sobre la brillante bolsa que llevaba consigo—.
Quería... darte esto.
Aelyn ignoró el regalo y lo miró directamente, sus ojos tenían un brillo apagado, como si su luz luchara por atravesar un velo de sombras.
—Edgard, no debiste venir. No puedo hablar contigo debido a lo sucedido con Elrick —dijo y sus ojos se humedecieron al recordar—. Además, mamá nos informó... que Tolmark está en la lista de sospechosos.
El corazón de Edgard se hundió de golpe. Dio un paso atrás, como si las palabras de Aelyn lo hubieran empujado.
—¿Tolmark? ¡Eso no tiene sentido! —exclamó, tratando de mantener la calma, aunque la angustia lo atravesaba—. Mi hermano no haría algo así. ¡Deben tener otros sospechosos!, Leo el leñador o el anciano Beltrank.
Sus dedos rozaron la mejilla de Edgard como una hoja que se detiene un instante antes de caer. Su mano se retiró de inmediato, y con un paso atrás, su rostro quedó atrapado en un velo de emociones que ni ella parecía poder descifrar.
—Cuando me interrogaron... —empezó Aelyn, su voz contenida como si cada palabra le costara más que la anterior—, les conté lo que pasó entre tú y Elrick en el colegio.
También hablé de Tolmark... de cómo le pedí que no lastimara a mi hermano.
Me dijeron que los vieron cruzarse en el bosque esa tarde, y…
no podemos hablar con los sospechosos ni con sus familias. Esto está en manos de la policía.
Edgard tragó con dificultad. Dio un paso hacia ella, alzando la bolsa como una tregua. Que me escuche, que me crea — pensó, su pecho ardiendo con desesperación.
—Aelyn... por favor. Tolmark no pudo hacerlo. Yo solo quería... —Las palabras se atoraron en su garganta—. Quiero estar contigo…
Ella miró la bolsa, pero no lo suficiente como para interesarse en lo que había dentro. Negó con la cabeza, un gesto breve pero definitivo.
—Adiós, Edgard—. Su voz fue un susurro roto, y antes de que él pudiera decir algo más, la puerta se cerró entre ellos .
Edgard se quedó ahí, los nudillos blancos alrededor de la bolsa, mientras su sombra se alargaba en el umbral. Pluma descendió en espiral y se posó en su hombro.
—Eso no sucedió como querías… —graznó, dejando en el aire una verdad que Edgard ya sabía.
—Regresemos a casa —respondió él escueto.
Mientras bordeaban la colina, Edgard abrió la bolsa y miró la bota navideña que había preparado para Aelyn.
El recuerdo cálido de su abuela cosiendo cada puntada, mientras le narraba historias de Papá Noel, le invadió.
Un instante de amor puro, ahora envuelto en la fría distancia del tiempo.
Pensó que ese pequeño objeto podría alegrarla, acercarla un poco a las navidades humanas.
Pero, mientras avanzaba, el gesto comenzó a parecerle tan frágil, tan inútil frente al dolor que la consumía.
Sobre su cabeza, los cuervos sobrevolaban por todo el bosque y la colina, graznaban mientras sus sombras rasgaban la quietud de Ravenpine.
Antiguamente considerados, seres de luz que traían consigo augurios de esperanza, ahora parecían estar envueltos en las sombras y presagiar el fin.
¿Qué oscuro secreto guardaba este pueblo, que incluso sus símbolos de luz habían caído en las tinieblas?
Cuando Pluma y Edgard llegaron a casa, todos estaban reunidos en el cobertizo de Talos. Edgard les relató lo que Aelyn le había dicho en su breve encuentro.
—¿Por qué yo? No le hice nada a ese niño —se quejó—. Es injusto. A mí ni me gustan esas galletas de frengi… no sé qué.
—Jengibre —corrigió Edgard—. Tranquilo, que todo se aclarará.
—Algo está mal, muy mal —gruñó Talos, su voz cargada de frustración—. Las pistas son confusas, los ataques vienen desde direcciones inesperadas, y los sospechosos son cada vez más. Lo he visto antes, y no me gusta en absoluto. Las sombras están jugando con nosotros.
Edgard no pudo dejar de notar que en un rincón estaba la caja que le entregó a Talos para que adornara el cobertizo, todavía llena de las luces navideñas, con grandes bombillos y algunos adornos que aún parecían intactos.
Con disimulo, la movió con su bota para llamar la atención del gigante.
Sonrió al notar que su movimiento no pasó desapercibido y él disimulaba sonrojado.
—Entonces debemos prepararnos —dijo Fulgor centrada en la urgencia de desvelar el misterio—. Es momento de que nuestras habilidades mágicas alcancen su máximo potencial.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Durk.
—Nos distribuiremos en parejas. Nadie debe estar solo, siempre de a dos —les explicó Fulgor con determinación—. Necesitamos estar más unidos que nunca para protegernos.
—Perfecto —asintió Tolmark, mostrando un lado más responsable.
—Tú y tu padre usarán sus poderes goblins para camuflarse en el bosque —ordenó Fulgor—. Escuchen con atención lo que las autoridades digan y hagan. Necesitamos información nueva.
—Pluma, iremos juntas —continuó Fulgor, sin perder tiempo—. Conéctate con la mente de los policías. Yo lo haré con los sospechosos.
—Talos y Edgard se quedarán en casa. Edgard, intenta visualizar la situación del espanto y el espectro. Talos, cuídalo —finalizó Fulgor, y la orden fue tajante.
—¿Y si no lo logro? —preguntó Edgard con los ojos abiertos como platos.
—Todos podríamos fallar, pero lo importante es que lo intentaremos.
Y Edgard lo logró…
El orco caminaba por el sendero del bosque, con Lyska descansando sobre su hombro, moviendo coquetamente sus alas translúcidas con un suave susurro al viento. Habían estado conversando, pero algo interrumpió la calma.
“¿Quién está ahí?” susurró el hada, su voz temblorosa, mientras intentaba percibir cualquier señal en la oscuridad. Zruk tensó los músculos, sintiendo una presencia extraña. Algo se acercaba. Un silencio pesado lo rodeó, y antes de que pudiera reaccionar, un destello negro atravesó el aire.
Las garras afiladas del lobo se clavaron en su piel con un rugido visceral.
El dolor lo recorrió en un torrente de sensaciones, su sangre verde brotó a chorros, empapando su torso y bañando la nieve.
Zruk gruñó, luchando con fuerza, pero la bestia lo atacaba sin cesar, desgarrando su cuello, sus brazos, su pecho.
Cada rasguño, cada mordisco, lo hacía más débil, como si la vida se le escapara entre las garras de la criatura. “¡Orco, entrégame tu luz interior y salvarás tu vida!” La voz del lobo resonó en su mente, un grito de autoridad mezclado con amenaza. “¡Hazlo ahora!”
Zruk, aferrándose a su rabia, gritó con fuerza, “¡Nubla su mirada!”, pero sintió cómo su magia comenzaba a flaquear mientras intentaba defenderse. Su magia no alcanzó a la criatura y el hechizo se deshizo en el aire sin efecto. “¡Nunca te entregaré mi luz!”—le dijo casi desfallecido.
Aunque sabía que este sería su fin, gritó “¡Huye, Lyska!”, el terror nublando sus pensamientos. En su corazón, la intuición le decía que la sombra del lobo era solo el principio de algo mucho más oscuro.
“¡Huye!”—repitió el orco ya casi sin fuerzas .
Fue lo último que dijo antes de caer en la oscuridad. Su conciencia extraviada, su voluntad quebrada, su respiración escaseando, su cuerpo ya no respondía. La visión se desvaneció, y con ella, todo lo que conocía. Quedó allí, tirado sobre la nieve.
“Los orcos deberían ser más fuertes, pero este ha muerto tan fácil, que tú me serás más útil, dulce hada”.
A pesar de sus abiertas intenciones hacia ella, Lyska no abandonó a su amigo.
Intentó luchar, sus pequeñas manos iluminando el aire con destellos de poder a su alrededor, intentando alejarlo de ellos.
Pero no pudo hacer nada. El lobo era una criatura implacable y se acercó a ella sin miramientos.
La atrapó entre sus garras, clavando algunas de sus uñas en su frágil cuerpo.
Ella creyó que la devoraría cuando la tomó como presa entre sus dientes y comenzó a alejarse, desapareciendo en las entrañas del bosque.
Mamá tenía razón, lo que vi sobre la niña fue una premonición.
Acaba de suceder. “Atacaron a a un hada llamada Lyska y a Zruk el orco amigo de Tolmark. Fue en el bosque, en la caminería del lado sur, cerca del sendero de arboledas. La visión no me mostró si Zruk, está muerto o herido de gravedad. Pero sí que Lyska fue raptada por el lobo negro. Es un lobo sombra y su intención es robar su luz interior”.
Edgard envió el mensaje telepático a Pluma y a su madre.
Edgard aguardaba ansioso la llegada de su familia junto a Talos. Los primeros en aparecer fueron Tolmark y Durk.
—¿Qué le pasó a Zruk? —preguntó Tolmark, sus ojos evitaban los de los demás, como si temiera que la culpa lo delatara. El enfado de días atrás parecía una sombra pesada sobre él.
Poco después llegó su madre con la corneja, cuyo plumaje parecía brillar tenuemente en la penumbra. La urgencia del momento dejó claro que los hallazgos deberían esperar al día siguiente; la prioridad era llegar al centro asistencial.
Decidieron que Pluma, Durk y Talos permanecieron en casa, ordenando los descubrimientos, mientras que Fulgor, Tolmark y Edgard irían al hospital.
El centro de salud quedaba en el lado norte del pueblo, por lo que los tres se trasladaron en transporte público. Subieron a un autobús que avanzaba con dificultad e iba sacudiéndose sobre el pavimento helado con el traqueteo de las cadenas en las ruedas .