El eco de los espíritus del bosque Capítulo 11 Las galletas de jengibre
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Capítulo 11 Las galletas de jengibre

—¿C ómo te sientes? —Tolmark lo miraba fijamente con los brazos cruzados y con un pie golpeando el suelo con nerviosismo—. Los hemos estado esperando por horas.

—¡Bien! —respondió Edgard, ya sentado en el sofá junto a la chimenea.

—¡Ah! Me tratan como a un bebé. Papá y Talos cuchicheaban, pero no me dijeron nada —resopló molesto Tolmark—. Me alegro de que hayan regresado y de ver que estás bien.

—Gracias. Yo pienso que ya tienes la edad de saber todo lo que sucede en nuestra familia y de contar con la oportunidad actuar de manera responsable —afirmó Edgard y luego comenzó a relatarle todo lo que conversó con Murla.

—¿EL LEÑADOR CONSULTÓ A UNA brUJA? —lo interrumpió Tolmark asombrado—. ¡Jamás me le acercaría a una por mi voluntad!  He oído que son terribles y vengativas, que son humanas con sentimientos oscuros que practican la magia negra —concluyó con una risita nerviosa.

—Pero las sombras serán lo más temible que enfrentaremos —aseguró Edgard.

—No deseo que te ofendas Edgard, pero siento miedo a los humanos —le confesó Tolmark.

—¿Por qué?

—¿Recuerdas aquella navidad que viniste cuando éramos pequeños?

Creo que yo tenía como 5 años. Fue cuando tu abuela la operaron y tu tía viajó para atenderla.

No hacías más que hablar de que Papá Noel entraría por la chimenea, iba a comer galletas y tomar leche para después dejarnos regalos —soltó Tolmark.

—Claro, La abuela me dijo que era para que pasara las fiestas con mi hermanito. Imagino que lo inventó para no asustarme —dijo Edgard sonriendo al recordar—. Estaba muy emocionado al contarte todo sobre la celebración de la navidad humana.

—Pues, tú me asustabas a mí. Yo imaginaba a una criatura grande y barrigona, vestido como un duende y con una gran bolsa que se acercaría a mi cama y ¡me llevaría! —reveló atropelladamente Tolmark, hasta quedar casi sin aliento—. Esa noche lloré tanto que dormí con papá y mamá.

—¡No puedo creerte! —se carcajeó Edgard—. ¿De veras le temes a Santa?

—Tonto, ahora no, pero creo que me traumaste de niño y por eso no me agrada la Navidad —sonrió Tolmark—. Para mí ese humano, gordo y extraño que describías era una sombra, que podía transformarse para poder entrar y hacer cosas malas en la oscuridad.

—Lo siento. Cuando creces te das cuenta de que lo más bello de la Navidad es reunirse en familia y pasarla bien—. Reflexionó—.

¡Ah!, pero con árbol, adornos y luces incluidas —dijo con picardía.

Antes de que Tolmark pudiera protestar, Fulgor entró en la sala con apariencia cansada.

—Chicos, a comer y dormir un rato. No es opcional, todos debemos descansar —ordenó, pero con voz suave—. Ah, y nadie sale de casa sin mi conocimiento ¿entendido?

—¡Entendido! —respondieron los chicos a dúo.

—Esta noche pondremos el árbol para darle la bienvenida formal a la Navidad —dijo Fulgor sonriente—. Tradiciones humanas, ¡aquí vamos!

—Tolmark, ¿puedes arrancar la hoja del calendario? Ya es 17 de diciembre —le pidió Edgard.

—Claro, el hermano menor hace caso al temático hermano mayor —salió riendo para luego regresar con el papel del día 16 en la mano—. ¿Satisfecho?

Al atardecer, salieron al bosque en busca del pino perfecto. Durk, llevaba un hacha al hombro, mientras Fulgor y los jovencitos lo seguían.

—¡Aquí está! Este parece un buen pino—. Se detuvo Durk—

¿Estás de acuerdo, Edgard?

—Sí, me parece perfecto —respondió de inmediato.

—A mí no me preguntaron, pero también me gusta, huele muy bien —dejó caer Tolmark con tono disgustado.

—Tranquilo, Tolmy. ¡Te dejaremos elegir parte de la decoración del árbol! —susurró Fulgor.

Pasaron un buen rato cortando el tronco. Los jóvenes dieron algunos hachazos bajo las instrucciones de Durk. Y así, entre risas y alegría, terminaron la labor e iniciaron el regreso a casa.

—Edgard, lamento los comentarios sobre la Navidad que te he manifestado en varias ocasiones —le dijo de pronto Durk mientras cargaban el pino entre ambos—. Sabes que eres parte de nuestra familia y junto a ti vienen tus tradiciones.

—Gracias, ahora lo sé —reafirmó con la cabeza.

Durante el trayecto de regreso, se encontraron con el leñador, Leo, que se dirigía al bosque con su hacha en mano.

Edgard notó que no llevaba su saco habitual para cargar la leña, lo cual le pareció extraño.

—Buenas noches, Leo, ¿en busca de leña? —saludó Fulgor, rompiendo el silencio.

—No, hoy cortaré un pino —respondió Leo con tono casual, aunque su nerviosismo era evidente. Movió las manos de manera un tanto inquieta antes de añadir—. Lo siento por lo de ayer, no quise causarles problemas.

Fulgor lo observó detenidamente, percibiendo que Leo evitaba su mirada.

—Me alegra verte bien, Leo. Ya sabes, no hay rencores. Pero si necesitas ayuda, busca respuestas en la luz. Podemos ser de utilidad —susurró Fulgor.

Edgard, algo desconcertado por la actitud del leñador, observó cómo este se apresuraba a alejarse, sin decir mucho más.

—Date prisa, el viento anuncia nevada —comentó Durk, acelerando el paso.

—Hasta luego, que tengas suerte —escuchó Edgard a su madre despedirse mientras continuaban su camino.

Tan pronto llegaron a casa, Durk enterró el tronco en un barril de madera y lo llenó de tierra.

Después lo llevó al recibidor y lo colocó cerca del sofá.

Juntos le colgaron las luces, adornos variados y flores de Navidad.

—¡Listo! Esto es una hermosura —exclamó Fulgor contemplando el árbol decorado con el brillo titilante de las luces de colores—.

Ahora tomaremos chocolate bien caliente —dijo ya caminado hacia la cocina.

—Vengo de seguir a Brondar a través del bosque.

Supe de primera mano que tres niños y una niña fueron atacados hace poco —graznó Pluma entrando alterada—.

Se sabe que un duende llamado Nimbbles fue secuestrado, y dicen que un enano llamado Mirdak logró escapar, aunque nadie lo ha visto y puede que sea un rumor.

De los otros jóvenes dos no sé sus nombres—.

Daba vueltas alrededor de la lámpara colgante—.

También me enteré de que la famosa pista secreta ¡son galletas de jengibre!

—Calma, Pluma —explícate con claridad le pidió Durk.

—Es que han encontrado una galleta de jengibre en cada una de las escenas donde los niños han sido atacados —graznó más calmada—. También junto al cuerpo de Elrick.

—¿También un enano? —preguntó Edgard.

—Sí, lo escuché de dos oficiales que comentaban el caso —les explicó Pluma.

—Hay que tomar en cuenta las famosas galletitas —señaló Tolmark.

—Si esas galletas tienen corazoncitos rojos como botones y bufandas de rayas rojas y blancas ¡son las que hace el señor Beltrank! —aclaró Edgard ansioso—. Así eran las que llevó al colegio.

—Sigo pensando que a los humanos les gusta complicarse. Creí que esas galletas eran todas iguales —dijo Tolmark asombrado.

—Cálmense todos, dejaremos que la policía investigue —indicó Fulgor.

—Nosotros podríamos hacerle una visita —sugirió Durk.

—Cierto, iremos con Edgard —aceptó Fulgor

—¿Van a excluirme de nuevo? —reclamó enfadado Tolmark.

—No, hijo, tu llevarás a cabo con Pluma otra importante misión.

Llamarás para saludar a todos tus compañeros y compañeras con la excusa de la suspensión de clases —explicó—.

Después dejas caer el tema de los desaparecidos y les preguntas si los conocen, o si saben algo.

Sus respuestas las repites con astucia en voz alta para que Pluma lo registre con su gran memoria.

No hay nada mejor que los rumores de boca en boca, ¡porque se propagan como el viento!

Mientras Tolmark y Pluma se preparaban para realizar la misión encomendada, Fulgor, Durk y Edgard salían de la casa y tomaban el camino hacia la casa de la colina.

Beltrank los recibió con una manta sobre los hombros. Los invitó a pasar y los siguió algo encorvado, apoyando su andar con un bastón, debido a su reuma. Antes de sentarse en su butaca reclinable, bajó el volumen de la televisión y con calma los miró a la cara.

—¿A qué debo el gusto de su visita? —preguntó con amabilidad.

Fulgor le explicó detenidamente y sin rodeos la situación.

—No sé nada sobre esos ataques —respondió con una sonrisa tranquila—.

Hago las galletas de jengibre para el colegio desde siempre, cada Navidad.

Sigo la receta de mi madre al pie de la letra, incluso utilizo el mismo tipo de adornos que ella les colocaba para honrar su memoria — suspiró—.

Las elaboro y las dono en agradecimiento a todas las veces que pude muros disfrutar entre sus de esta época tan especial y repleta de sentimientos de encuentro y afecto En mis intenciones no hay sombras… solo buenos deseos.

—¿Dices que desde siempre preparas las galletas para el Colegio? —comentó Durk, demostrando extrañeza.

—Bueno, desde que ella murió hace muchos años — respondió con tono emocionado.

—Beltrank, es un verdadero alivio que estés fuera de esto, gracias por recibirnos y escucharnos —dijo Fulgor despidiéndose, aunque aún mantenía cierta duda que solo se disiparía cuando de alguna forma corroborara la versión del anciano.

—¡No!, no me iré así —gritó Edgard, al percibir las dudas que Beltrank escondía por la culpa en su corazón— Si usted tuvo que ver con la muerte de Elrick, lo sabré y juro que lo pagará.

—Edgard, discúlpate —dijo de inmediato Fulgor, aunque también notó que la mirada de Beltrank se llenó de sombras por un instante, ocultando el destello fugaz de un gran dolor, de algo que no compartió y que transmitía profunda tristeza.

—Señor Beltrank, me disculpo por la forma y por mi tono, no por mis dudas —aclaró Edgard formal, saliendo de la casa.

—Gracias por tu amabilidad, Beltrank —expresó Durk antes de seguirlo ¿—Qué fue eso, Edgard? —preguntó.

—Hijo, sabes que activé mis poderes y, aunque aún no hayan alcanzado su plenitud, el más agudo que poseo es el de la percepción.

Sentí lo mismo que tú. Beltrank esconde oscuridad en su corazón —aseguró Fulgor—.

Pero debes aprender que nuestra magia nos fue otorgada para defender la luz, no para juzgar con ligereza y mucho menos para castigar.

Cuando comenzaban a bajar la colina, Edgard notó un movimiento fugaz en la periferia de su visión.

Se detuvo y un espasmo recorrió su cuerpo al verlo, una figura pequeña, frágil, vestida de manera anticuada.

Un niño, tal vez. Su espalda estaba encorvada, y flotaba sobre el suelo. La oscuridad lo rodeaba, sin reflejos.

Edgard buscó la mirada de su madre: —¿Lo ves? —le preguntó.

Fulgor negó lentamente. Pero el niño continuaba ahí, de espaldas, esperando.

Con pasos pequeños y ansiosos, Edgard se le acercó y la figura no se movió, pero al cruzar a su lado, sintió el roce de algo gélido en su piel, aunque no eran manos, ni pies; sino más bien una sensación de vacío, de frío infinito.

Antes de que pudiera reaccionar, el niño giró hacia él, de golpe, como si la gravedad hubiera cambiado.

El impacto fue brutal. Las manos del niño, gélidas como el hielo, se estrellaron contra las mejillas de Edgard, dejándolo sin aliento. Intentó apartarse, pero las palmas lo mantenían atrapado, inmóvil, como si la fuerza del niño anulara su voluntad.

—QUIERO JUGAR AL HOCKEY —gritó, su voz un eco profundo, grotesco, que hacía que la piel de Edgard se erizara—. Nadie quiere jugar conmigo. ¿TE DOY MIEDO?

Los ojos del niño, dos abismos vacíos, no reflejaban nada. Edgard intentó moverse, pero la presión sobre su pecho lo aplastaba. Su cuerpo se rendía, las rodillas cedían, y el suelo se acercaba con fuerza.

Fulgor actuó al instante, su energía expulsó al pequeño espíritu con un golpe de viento. Pero él no se fue, permaneció cerca, observando a Edgard con una quietud aterradora.

—Ven —susurró, su voz un eco en la oscuridad—. No tengas miedo.

Edgard, aun temblando, se incorporó lentamente. Durk y Fulgor lo observaban, compartiendo una inquietud palpable.

—Ed, el espíritu confía en ti—. Poso la mano en el hombro de su hijo—. Ve con cautela, estaremos aquí si nos necesitas —murmuró Fulgor.

El espíritu flotaba delante de Edgard, guiándolo con su presencia espectral por una senda oculta entre los árboles, que serpenteaba alrededor de la colina hasta alcanzar otro pico que se alzaba solitario detrás de la cabaña.

El sendero los llevó hasta un claro rodeado por una niebla espesa, que se enrollaba en espirales, como si el mismo aire intentara esconder el lugar. En el centro, una tumba solitaria descansaba, como olvidada por el mundo.

La lápida, de mármol blanco, resplandecía débilmente bajo una capa delgada de hielo que la cubría, como si el tiempo mismo hubiera congelado el dolor que representaba.

A su alrededor, flores—”no me olvides”— en su azul más intenso crecían en abundancia, destacando en el frío con una belleza triste y a la vez reconfortante.

Su fragancia tenue se mezclaba con la atmósfera gélida, como un susurro de algo que perdura, más allá de la muerte.

—Ellos nunca olvidan... ni yo —murmuró el espíritu del niño.

Durk, acercándose a la tumba, leyó en voz baja el nombre inscrito en la lápida de mármol, como si las palabras estuvieran cargadas de una historia que trascendía el tiempo y el olvido.

Keltrank Mik

1951-196 0

—¿Esta es tu tumba?  —preguntó Edgard, pero el espíritu ya había desaparecido.

—¡Vaya! ¡Es el apellido de Beltrank!  —exclamó Durk.

—Entonces, este es el cementerio privado de la familia Mix —comentó Fulgor, señalando con un gesto firme—.

Miren allá, dos lápidas juntas seguro son de sus padres.

Es extraño, porque la tumba que vemos pertenece a un niño de nueve años que falleció hace mucho tiempo, y Beltrank nunca nos ha hablado de un hermano o primo cercano.

—Quizás lo que sucedió fue demasiado doloroso — opinó Durk.

—Podríamos preguntarle —sugirió Edgard.

—Ahora no es el momento para eso. Me encargaré después —respondió Fulgor con firmeza—. Lo que parece claro es que estamos tratando con un espanto perturbado.

Apenas regresaron, Edgard fue directo al cobertizo y le contó a Talos lo sucedido en la colina.

—Talos, vigila a Beltrank, presiento que nos oculta algo —le pidió antes de irse a dormir.

Talos quedó sorprendido por el pedido del joven. Le preocupó que Fulgor se molestara por no consultarle, pero era un guardián experto y cumpliría la misión sin que nadie lo notara. Total, la decisión de con quien debía compartir la información de sus descubrimientos sería suya.