Capítulo 10 La curandera
—P arece que no tenemos escapatoria… tendremos que ir con la curandera Mirithra —suspiró Fulgor, cruzándose de brazos—. Aunque sinceramente, no sé qué es peor: la maldición de una sombra o enfrentarnos a esa lunática.
—Ja, ja, no lo niego, es insoportable —respondió Durk con una mueca de resignación—. Pero, por muy demente que sea, nadie iguala su habilidad.
Una risa nerviosa recorrió al grupo, aliviando momentáneamente la tensión que pesaba en el aire. Sin perder más tiempo, el gigante cargó a Edgard con delicadeza, como si temiera romper algo frágil, y el equipo se puso en marcha.
—Debí darme cuenta del avance de las sombras dentro de nuestra comunidad —dijo Fulgor de pronto, su voz cargada de tristeza—.
Soy una sílfide, quizás de la más prodigiosa casta de seres mágicos del universo, y decidí “apagar” la mayoría de mis poderes para dedicarme a mi familia, mi hogar, mis fieles amigos…
—No te hagas eso —la interrumpió Pluma con suavidad—. Es agotador ser un ser mágico con todas las responsabilidades que vienen junto a los poderes que te son otorgados.
—Bien dicho, Pluma —afirmó Durk, en tono comprensivo—. Amor, has dedicado tu vida a defender la magia del universo contra la oscuridad.
—Mamá, nadie te supera en amor… ni en severidad, digo, podrías hacer que un dragón se disculpe por escupir fuego de forma mal educada —dijo Tolmark rodeándola con un abrazo tosco, añadió: —¡Pero ojo, debes saber que comienzan los años de lidiar con la gran roca rebelde!
—concluyó haciendo un gran gesto teatral.
Fulgor no pudo evitar reír. La tensión en sus hombros se relajó mientras correspondía al abrazo de Tolmark, quien, a pesar de su torpeza, siempre sabía cómo consolarla.
—También es justo que un ser syl-anir (semi mortal o inmortal quebrantable) tome unas merecidas vacaciones —la defendió Talos con un guiño, mientras intentaba mantener el ánimo ligero.
Sin embargo, la sonrisa de Fulgor desapareció cuando notó algo extraño en el brazo de Edgard. Al acercarse, vio que una tenue mancha oscura se extendía alrededor de la mordedura, con un brillo etéreo que se filtraba a través de su piel.
—Esto no está bien… —susurró con creciente preocupación al ver la herida de Edgard, visible a través de la ropa rasgada y “quemada”—. El hechizo de Pluma debería haber detenido la maldición, pero esta… se está expandiendo.
Pluma se acercó rápidamente, examinando la herida con los ojos entrecerrados.
—Tal vez… Edgard es más sílfide de lo que pensamos — aventuró, mientras trataba de mantener la calma—. Este tipo de maldición ataca con mayor ferocidad a seres semietéreos, espirituales… de luz.
El grupo asintió al unísono, dejando a un lado cualquier duda o distracción. Lo único que importaba era salvar a Edgard, y sabían que para ello necesitarían más que esperanza: Mirithra era la respuesta.
El alba del día 16 de diciembre despuntaba cuando llegaron a la cabaña donde atendía Mirithra.
Oculta entre los árboles al norte del pueblo, era un lugar que pocos conocían o se atrevían a visitar.
La mayoría confiaba más en el hospital, aunque corrían rumores de que la cabaña estaba hechizada.
Decían que solo podía verla quien realmente pudiera ser sanado por la magia de luz, pero para muchos no eran más que cuentos de fogata.
Afuera, un letrero titilaba con luces suaves, como si estuvieran vivas, formando el nombre del lugar: “La morada de la curandera: bálsamos y purificación”.
La fachada de la cabaña era un entramado de ramas trenzadas, musgo brillante y flores que parecían abrirse con la primera luz del día.
Ventanas diminutas dejaban escapar un resplandor cálido que invitaba a entrar, mientras una enredadera luminosa ascendía por la chimenea, retorciéndose en un brillo sutil, casi etéreo.
Fulgor se giró hacia sus compañeros, levantando una mano en señal de despedida.
—Regresen a casa. Yo me encargo.
Durk, Tolmark y Talos asintieron, intercambiando unas pocas palabras antes de marcharse. Con una última mirada al sendero, Fulgor, Pluma y Edgard se adentraron en el lugar, atravesando el umbral iluminado como si cruzaran hacia otro mundo.
La puerta, ligeramente entreabierta, se movió con un crujido, activando una campanilla que, aunque parecía desgastada, emitía un sonido cristalino, como si estuviera encantada.
Al cruzar el umbral, entraron en un espacio reducido, iluminado por destellos que emanaban de las paredes cubiertas de madera pulida.
Aunque el resplandor era acogedor, el lugar daba la sensación de ser demasiado pequeño para un centro de cuidados.
A un lado, cuatro sillas desvencijadas rodeaban una mesa de madera con manchas oscuras, y al otro lado, sobre un gran sofá cubierto de telas descoloridas, una chica orco de apariencia tosca y rostro malhumorado reía a carcajadas.
Un grupo de pequeños seres alados, luminosos y zumbones, revoloteaban a su alrededor, iluminando su figura y llenando el espacio con destellos que parecían grabar formas fugaces en el aire.
Al fondo, una gran cortina verde agua dividía el espacio.
—Esto no parece un lugar al que vienes a que te curen — susurró Edgard, inquieto.
La chica orco soltó una carcajada seca, entre burlona y cruel, mientras se incorporaba en el sofá.
—¡Oh, muchacho! Te apuesto un colmillo a que ese brazo te va a quedar como una rama seca y podrás colgarle un adorno de navidad —rio la chica orco con actitud poco complaciente .
—Si eres tan buena para asustar como para adivinar, espero que ya tengas claro que tienes que buscar a Mirithra —interrumpió Fulgor con su tono severo, sin perder la compostura—. Dile que la solicita Fulgor.
—Ya, ya. Dame un segundo, tu altísima majestuosidad sílfide. Voy a buscar a la jefa antes de que me eches un rayo —dijo con sarcasmo, desapareciendo tras la cortina, seguida por los pequeños seres alados que parecían disfrutar de su irreverente energía.
—¿Qué los trae por aquí? —saludó Mirithra poco tiempo después.
Edgard la observó con una mezcla de temor y fascinación.
A pesar de no medir más de 30 centímetros, la presencia de Mirithra era tan imponente como la de Talos.
Las historias sobre aquella curandera excéntrica variaban enormemente, pero todas coincidían en su naturaleza asombrosa y peligrosa.
Según los relatos de Durk, había salvado a una mantícora bebé envenenada y hasta a un solitario Shorvák, esa criatura mitad dragón, mitad niebla, casi imperceptible a los ojos.
Sin embargo, los métodos curativos de Mirithra eran tan milagrosos como aterradores.
Se decía que obligaba a sus pacientes a bailar sobre brasas al rojo vivo o a beber pociones cuyo sabor persistía durante días, dejando una huella imborrable en el alma.
Aunque su apariencia de pixie, con ojos grandes como lunas y su atuendo resplandeciente, pudiera parecer inofensiva, todo el mundo sabía que, en su mundo, la magia no siempre era amable.
—Ven, chico, acuéstate en esa camilla — le ordenó la curandera con un movimiento brusco de su diminuto bastón de raíces trenzadas, cuyos extremos parecían latir como si contuvieran una energía propia.
Abrió con un gesto teatral una cortina que ocultaba una habitación amplia, sorprendentemente bien iluminada y ventilada, destinada a la atención de los pacientes.
—Ustedes pueden pasar, pero sin interrumpir —les advirtió Fulgor y Pluma, lanzándoles una mirada que bien podía ser tanto una advertencia como un desafío .
Tan pronto Edgard se recostó, notó algo peculiar: diminutos seres alados, como pequeñas constelaciones vivientes, volaban por toda la habitación.
Eran los mismos seres que había visto acompañando a la chica orca, pero aquí había muchos más, hasta el punto de que parecían llenar el espacio.
Sus murmullos no cesaban, pero sus voces sonaban como melodías suaves que flotaban en el aire.
La curandera, con un gesto autoritario, las mandó a callar, y al instante, las elyades se alinearon en perfecta formación, esperando las instrucciones.
—Murla, ayúdame a despejar el hombro que voy a examinarlo —indicó Mirithra, ajustándose unos lentes de aviador que aumentaron desproporcionadamente el tamaño de sus enormes ojos.
La chica orca se apresuró a seguir sus indicaciones. Tan pronto como Edgard se quitó el abrigo y la sudadera, ella procedió a limpiar con cuidado la herida.
—¡Ajá! —exclamó la pixie, alzando una ceja. Su cabello, una cascada de luz blanca salpicada de destellos iridiscentes, rebotó ligeramente mientras inspeccionaba la herida—. Pluma, hiciste un excelente trabajo.
Comenzó a saltar y a cantar extrañas melodías alrededor del chico, moviendo su bastón con movimientos erráticos y, a veces, innecesarios.
Mientras tanto, la túnica que vestía destellaba con un fulgor que parecía vivo, como si una galaxia entera estuviera bordada en ella.
Había dicho alguna vez que la obtuvo en una misión ancestral, salvando a una criatura que, según ella, contenía “el universo en sus ojos”.
—La sombra está por llegar al codo y al cuello —dijo Mirithra, deteniéndose de improviso y mirando al muchacho con gravedad.
—¿Tan profundo es el daño? —preguntó Fulgor, preocupada.
—Oh, ¡claro, ha sido contaminado! —exclamó ella con un tono sereno, como si lo considerara obvio—. Tu hijo requiere una limpieza espiritual. Murla, puedes proceder.
—Dos un poco antes del codo, otras dos sobre la clavícula, un par en la espalda y un último par sobre el corazón —enumeró Murla, guiando a las elyades a sus lugares estratégicos. Estas obedecieron con movimientos delicados, sus alas creando un zumbido suave, como una canción lejana—. Listo.
Edgard no tardó en sentir el calor curativo que emanaba de ellas. Los diminutos seres desprendían granos luminosos que se incrustaban en su piel, siguiendo un patrón casi mágico. La tensión en su cuerpo desapareció y pronto cayó en un sueño profundo.
—¿Va a quedar bien? —preguntó Pluma con cierto temor.
—¡Oh, sí, claro! No hay nada que no puedan solucionar mis elyades cuando se trata de sanar la espiritualidad. Ellas no solo son luces vivientes, ¿saben? Revolotean yendo y viniendo del cosmos, trayendo con ellas fragmentos de estrellas. ¡Son la clave!
—Pero lo veo más débil —se preocupó Fulgor.
—Se durmió por el calor curativo que está recibiendo ahora —respondió Mirithra, agitando una mano como si su preocupación fuera innecesaria—. Saben cómo me dedico a lo espiritual, a hacer el bien, a proteger la luz. Lo demás son habladurías.
Con una última mirada a sus pacientes y una sonrisa enigmática, Mirithra desapareció tras la cortina, tarareando una melodía sin sentido.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó la chica orco a Edgard en cuanto abrió los ojos en la mañana.
—¡Muy bien!, gracias —respondió el joven, sorprendido por la actitud tranquila de Murla. Luego, sonrió de medio lado y añadió—: Me sorprende tu cordialidad, lo digo por la actitud tan... ¿hostil y burlona? de ayer.
Murla soltó una risa nerviosa.
—Bueno, a veces se me sale de repente. Es que soy bipolar —le explicó con una mueca. —Pero no te preocupes, Mirithra está ayudándome mucho con eso, me tiene bajo tratamiento. Me está entrenando como su asistente, porque dice que tengo poderes curativos, aunque no todo es tan fácil.
—Pareces muy joven para ser aprendiz de curandera…
—Sí. Voy en el último año de la secundaria, pero desde la escuela me pasaba las tardes aquí, con Mirithra—. Sonrió, mostrando sus grandes colmillos—. Durante la noche hablaste dormido, mencionaste a un leñador, ¿hablabas de Leo?… —preguntó mientras le tomaba los signos vitales—.
Todo está bien.
—Sí, Leo tiene una actitud que me inquieta.
—¡Por tus gritos parece que le tienes miedo! —se burló—.
¿Por qué? Él solo intenta ayudar a ese pequeño espectro.
—¿Te contó del espectro?
—Sí, vino a buscar ayuda —suspiró—. Mirithra sana el alma, purifica el espíritu. Sin embargo, no logró convocar a ese pobre espectro. Así que le recomendó prender velas con cerillos mágicos y rezarle.
—¿Leo ha buscado otras respuestas? —inquirió Edgard.
—Así es. En su desesperación consultó a una bruja — confesó Murla—.
Ella le dijo que el alma del infante fue encadenada a la soledad por un hechizo oscuro muy antiguo del cual se desconoce el contrahechizo.
Aguarda por el fin de su tiempo para ser vinculada a las sombras con un maleficio tenebroso que simboliza la conexión entre la luz y la oscuridad —añadió.
—¿Y cómo puede evitarse el maleficio? —preguntó Edgard.
—No lo sé, siempre he estado del lado de la luz —aclaró Murla—. En mi opinión, el señor Leo solo ha tomado malas decisiones.
La conversación fue interrumpida por Fulgor y Pluma, que entraron repetidamente durante la madrugada para darle un vistazo a Edgard mientras dormía.
—Hijo, despertaste —sonrió Fulgor .
—Te ves muy bien —graznó Pluma aleteando con emoción.
—Acaba de despertar. Iré a avisarle a la señora Mirithra —dijo Murla mientras se dirigía hacia la cortina.
Poco después, la curandera entró, aún soñolienta, con su característica sonrisa en el rostro.
—¡Vaya! El tratamiento ya dio resultados positivos —dijo, mientras movía su nariz de forma graciosa—. Muchacho, guarda reposo un par de días y tómate puntualmente los preparados con las indicaciones que te entregará Murla. Nos vemos en una semana —añadió antes de desaparecer tras la cortina.
Mientras regresaban a casa, Edgard les contó a su madre y a Pluma la conversación con Murla.
—¿Una bruja? —graznó Pluma, preocupada, zigzagueando en su vuelo.
—¿Te ocurre algo, Pluma? —preguntó Fulgor.
—No... no es nada, mucho viento —respondió rápidamente la corneja, recuperando la estabilidad de su vuelo.