El eco de los espíritus del bosque Capítulo 9 Sígueme #2
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Capítulo 9 Sígueme #2

—No importa, sigue mirando —le instó con tono firme—. ¡Ojos de corneja! —graznó, invocando su magia. Su poder se expandió como una onda dorada alrededor de Edgard, alineando su visión con la de la corneja ancestral—. Tu visión es real, Edgard, y el espectro te espera.

A lo lejos, la cabaña comenzó a materializarse, iluminada por un resplandor violeta que emanaba desde sus cristales rotos.

El aire se tornó más denso, y un aroma a pino invadió la atmósfera, despojando lentamente la sensación de soledad y desolación que había antes.

La energía de la cabaña era palpable, casi se podía escuchar el crujido de los cristales que parecían vibrar con magia.

—Chicos, esperemos —dijo Pluma, con un graznido grave y cauteloso—. Manténganse atrás. No sé qué efectos puede tener esta energía, pero es mejor no arriesgarse a exponerse a ella.

Edgard, absorto en su concentración, no comprendió del todo la gravedad de las palabras de Pluma.

—Recuerda, Edgard, que tú fuiste invitado, Tolmark y yo no —intervino Pluma.

Edgard vaciló por un momento, pero su conexión con el espectro parecía cada vez más intensa.

—Él me dice que no nos hará daño, que somos bienvenidos —explicó.

—¡Cuidado, ​ Tolmark! ​ —gritó ​ Pluma ​ de repente, elevándose en el aire. Sus alas batían rápido, pero la preocupación se filtraba en su voz—. Detecto la presencia de sombras. Es una trampa de magia oscura.

Tolmark no dudó ni un segundo.

—Estoy listo —dijo Tolmark, con una firmeza que resonaba como una roca cayendo.

Su piel comenzó a transformarse: de carne pasó a piedra, densa y áspera, mientras un camuflaje natural lo envolvía, haciéndolo prácticamente invisible bajo el tenue resplandor del paisaje helado.

Sin previo aviso, se lanzó hacia adelante, como el viento que no conoce el miedo.

De repente, un rugido grave rasgó el silencio.

Ante ellos apareció un ser descomunal formado de nieve sucia y bloques de hielo roto.

Su forma era una burla grotesca de un muñeco de nieve: dientes afilados como estalactitas adornaban una sonrisa siniestra, sus ojos eran pozos vacíos que absorbían la poca luz circundante, y sus brazos, largos y retorcidos, terminaban en garras esqueléticas que arañaban el suelo helado.

Su lento avance era tan inquietante como su mera presencia.

Tolmark no titubeó. Con movimientos precisos y gran rapidez se deslizó hacia el monstruo. Su cuerpo pétreo se estrelló contra la masa helada con una fuerza devastadora, desmoronando gran parte del torso del ser en un solo impacto. El muñeco colapsó, pero no por mucho tiempo.

Como si la derrota lo fortaleciera, el monstruo se alzó nuevamente, más alto y retorcido, absorbiendo la nieve a su alrededor. Su sonrisa macabra se extendió, y sus garras se alargaron hacia Edgard.

—La luz de tu alma… será mía —roncó, con una voz impregnada de una oscuridad antigua.

Pluma graznó, lanzándose para protegerlo, pero llegó tarde. Las garras estaban a un suspiro de alcanzarlo cuando un disparo rasgó el aire.

La cabeza del monstruo explotó en una lluvia de nieve y hielo, mientras una nube negra ascendía rápidamente, retorciéndose antes de desaparecer entre los árboles. La carcajada del ser se desvaneció con un eco espeluznante, y su cuerpo colapsó en un montón inerte de escarcha sucia.

—Pero ¿qué “sátiros” fue eso? —exclamó Tolmark, girándose en busca de respuestas.

Fulgor apareció flotando entre las sombras, con su característico brillo envolviéndola como un manto.

—Un espectro atrapado en hielo y odio —respondió con calma.

Detrás de ella, Durk y Talos se acercaron, deteniéndose junto a los restos inofensivos de nieve sucia dispersos sobre el suelo. Mientras Pluma relataba lo sucedido con su usual tono solemne, los guio hacia la cabaña que ahora centelleaba con un brillo violeta.

—Sí, este es su hogar —confirmó Fulgor al verla, su mirada fija en los cristales rotos que irradiaban una energía palpable.

El grupo permaneció en espera, vigilantes, mientras aguardaban la manifestación del espectro. Sin embargo, un crujido detrás de ellos los puso en alerta.

Fulgor reaccionó instantáneamente, disparando un rayo cegador de energía. El destello iluminó el bosque y dejó paralizado al intruso.

—¡Alto! Es Leo —intervino Durk, al reconocer al leñador que se tambaleaba bajo el efecto del rayo.

Aunque no causaba daño físico a los humanos, el resplandor lo envolvía en una energía incómoda, como si su piel estuviera cargada de estática y en cualquier momento fueran a saltar chispas de electricidad desde su cuerpo.

—¿Nos seguiste, Leo? ¿Eres quién invoca las sombras? — Tolmark lanzó las preguntas con la rapidez de un vendaval, sus ojos fijos en el hombre.

—¡No, no! Solo vengo a ayudar —respondió Leo apresuradamente, levantando las manos en señal de rendición—.

La cabaña depende de la energía de su huésped para brillar.

Si la luz se apaga, las sombras pueden reclamarla.

Ese lugar es el refugio de un pequeño y temeroso espectro y yo solo deseo protegerlo.

Yo… yo enciendo velas mágicas alrededor y uso cerillos encantados para mantener las tinieblas a raya.

—¿Has atacado a otros niños para proteger al espectro? — preguntó Edgard en tono acusador.

La pregunta dejó un silencio pesado en el aire, mientras las miradas se posaban en Leo, cuya expresión reflejaba una mezcla de culpa y desesperación.

—¿Qué? ¡No! —exclamó el hombre, horrorizado—. Vengo a diario y solo asusto a la gente que se acerca, pero jamás haría daño a un ser vivo. Sé que encender velas en el bosque es un peligro, pero soy precavido para no causar incendios.

—¿Sabes quién es el espectro? —preguntó Fulgor.

—No… Soy media sangre y tengo la habilidad del “velo del origen”, puedo ver la esencia de los seres vivos, sus almas.

Por eso soy capaz de mirar al espectro atrapado bajo toda esa voraz oscura que intenta devorarlo—.

Se llevó un dedo a los labios—. Pero intento mantener mis poderes ocultos, prefiero la vida calma —confesó el leñador—.

El espectro está perdido y si no lo ayudo a tiempo, será tarde para que sobreviva.

Si fallo, su alma se convertirá en una sombra.

—Necesito acercarme para intentar comunicarme con el espectro, ¿crees que podamos ir juntos? —le preguntó Fulgor, formando un círculo con su dedo.

—Bien, pero yo iré al frente —aclaró el leñador.

Así lo hicieron. Cuando la comitiva avanzaba, el remolino violeta alcanzó a Leo. Él levantó las manos, murmuró palabras ininteligibles y, de repente, giró sobre sus talones, desapareciendo entre las sombras del bosque como si huyera de algo que solo él podía ver.

El remolino de energía chispeó con intensidad, iluminando el interior de la cabaña una última vez antes de que, como un espejismo, la estructura comenzara a desvanecerse en el aire. Quedaron solo el eco de su magia y la inquietante sensación de que algo estaba terriblemente mal.

—Eso fue... extraño. Muy extraño —dijo Fulgor, rompiendo el silencio.

—Y preocupante —añadió Pluma, sus plumas alborotadas de tensión—. ¿Qué clase de hechicería puede hacer desaparecer una cabaña?

—¿Y qué pudo hacer huir a Leo? —completó Talos con el ceño fruncido.

—¿Qué percibió que lo aterrara tanto? —se preguntó Durk en voz baja, casi para sí mismo.

Edgard mantuvo la mirada fija en el horizonte, su respiración agitada y el corazón golpeándole el pecho como un tambor de advertencia.

—No lo sé… pero debemos encontrar al espectro antes de que sea demasiado tarde.