El eco de los espíritus del bosque Capítulo 9 Sígueme
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Capítulo 9 Sígueme

Y a había oscurecido, sus padres no llegaban y Tolmark con Pluma visitaban a Talos. Edgard tomó un libro y se dispuso a leer. Estaba disfrutando de la historia fantástica cuando una voz infantil lo sobresalto: “Sígueme”

Se asomó por la ventana y vio un haz violeta dar dos vueltas frente al cristal, para luego ir en dirección al bosque y quedarse suspendido gravitando, como esperándolo.

Se dirigió a la puerta, tomó del colgador sus prendas de abrigo, se calzó las botas y los protectores de ojos. Cuando estaba a punto de escabullirse por la puerta, dio un brinco al escuchar el grito de hermano que regresada del cobertizo.

—¿Oye, a dónde vas?

—Percibí la esencia del espectro. Me transmitió un llamado para que lo siga y creo que es un pequeño—. Esta afuera esperando y no hay tiempo de esperar a que mamá regrese.

—¿Estás loco? Mamá nos dejó al cuidado de Pluma. Iré a avisarle ¡Iremos juntos! —dijo Tolmark asomándose—. Aunque no veo nada —dijo mientras se abrigaba para salir.

—¿Avisarme qué? ¿A dónde creen que van? —graznó Pluma, quien llegaba volado tras Tolmark.

—Mira por la ventana —dijo Edgard.

—¡El espectro! —exclamó tan pronto lo distinguió trazando figuras en el borde del bosque —. ¡Está levitando sin moverse—! Se extrañó el ave .

—Me está esperando, por eso la prisa —explicó Edgard con impaciencia.

—Esto se pone interesante. Me alegra que no pensaran en aventurarse solos—.

Los felicitó Pluma—. Iremos juntos, pero tendrán que obedecerme, porque esto puede convertirse en una pésima decisión. Una muy, muy mala decisión—. El ave emprendió el vuelo, mientras aclaraba las normas impuestas por Fulgor.

Tolmark miró a Edgard con la ceja alzada, pero sin delatar que su hermano mayor pensaba escapar solito.

—¿Por qué soy el único que no ve al espectro? —se quejó.

—Tolmark, presta atención a lo que digo —lo regañó Pluma—. Esto no se trata de ti, de mí o de Edgard individualmente. Somos un equipo, cada uno posee su propia magia y sus poderes. Así que debemos trabajar juntos y ayudarnos.

—Es cierto. Por ejemplo, Tolmark, tu poder de piel pétrea te hace resistente al frío y te protege contra golpes y ciertos hechizos, así que puedes ir más ligero y moverte con más libertad.

En cambio, mírame a mí: hecho un bodoque y con la nariz congelada—.

Bromeó Edgard intentando animar a su hermano, mientras asimilaba el sabio mensaje de Pluma.

Edgard seguía con cautela el haz violeta, que soltaba risas infantiles como si jugara a las escondidas.

Sin embargo, el bosque parecía estrecharse a su alrededor, sus sombras alargadas extendiéndose como dedos que susurraban secretos al viento.

La nieve que descansaba sobre las ramas caía en diminutas avalanchas, arrastrada por ráfagas caprichosas que parecían más vivas de lo natural.

—Aquí... —susurró Edgard, señalando a sus compañeros.

Pero su voz se quebró al percibirlo: una ráfaga helada atravesó su cuerpo, como si un susurro etéreo lo rozara desde dentro.

No era solo frío; era la huella intangible de algo que no pertenecía a este plano, un espectro fugaz que le dejaba una sensación de vacío y un escalofrío imposible de ignorar.

Avanzaron apenas unos pasos más cuando un rugido aterrador rasgó la quietud. El sonido era profundo, primitivo, de un modo, la misma oscuridad había cobrado vida y estaba lista para clavar sus colmillos.

—¡Cuidado! —gritó Tolmark, sus ojos adquiriendo un brillo sobrenatural al activar su visión nocturna—. ¡Es un lobo !

El grito apenas salió de su boca cuando una sombra oscura y monstruosa emergió entre los árboles, moviéndose con una velocidad que parecía burlarse de las leyes de la naturaleza.

—¡Yo me encargo! —graznó Pluma desde las alturas, desplegando sus alas con un batir que resonó como un trueno. Descendió en picada hacia el ente oscuro—. ¡Toque de Ébano, escudo contra la penumbra!

Un destello envolvió a Pluma mientras su magia creaba una barrera protectora que chisporroteaba con energía luminosa, pero la bestia era más rápida de lo que ninguno esperaba.

En un parpadeo, la criatura apareció frente a Tolmark.

El joven intentó endurecer su piel con su habilidad pétrea, pero el esfuerzo lo debilitó de inmediato.

Cayó de rodillas, incapaz de sostener su peso mientras jadeaba por el frío que parecía consumir su cuerpo desde dentro.

—¡Tolmark! —gritó Edgard, pero su propio poder, aún descontrolado, no respondió. Extendió la mano, buscando percibir las vibraciones, pero solo sintió el caos que lo envolvía. Frustrado, pateó la nieve con furia, lanzando una nube blanca al aire.

El lobo no perdió tiempo.

Se abalanzó hacia Edgard con sus colmillos relucientes de baba y maldad.

El joven tropezó y cayó al suelo.

Apenas tuvo tiempo de cubrirse la cara con los brazos cuando las fauces de la bestia se cerraron sobre su hombro. El dolor fue inmediato, como si una corriente ardiente y oscura se extendiera por todo su cuerpo. Edgard gritó, sintiendo que el mundo se le escapaba entre respiraciones entrecortadas.

¡Magia de Vuelo, cúpula de defensa y luz purificadora! — bramó Pluma, agitando frenéticamente sus alas. Cada movimiento liberó una lluvia de partículas luminosas que explotaron como pequeños fuegos artificiales a su alrededor.

Una cúpula de energía protectora y sanadora

envolvió a Edgard. De inmediato, las chispas de luz se transformaron en afilados dardos llameantes que impactaron directamente en la criatura.

La bestia retrocedió, emitiendo un aullido escalofriante mientras su cuerpo se convulsionaba.

Desde sus entrañas comenzó a brotar una nube negra, una sombra viva que escapó rápidamente hacia la espesura del bosque.

Cuando la criatura cayó al suelo, su forma oscura se disipó, revelando un lobo herido y vulnerable, su pelaje gris y blanco temblando bajo la luz de la luna.

—Pobre animal… estaba poseído por una sombra —dijo Pluma, su voz cargada de compasión y cansancio—. Así actúan. Atacan, atrapan, se vinculan y toman posesión .

Tolmark se acercó, todavía débil, y susurró con horror: —¡Es un lobo de invierno! Está sufriendo mucho…

Pluma asintió, batiendo suavemente sus alas mientras recitaba con voz firme: “¡Canto de Curación, alivio de las almas heridas!” Su melodía llenó el aire, dulce y envolvente, como si el bosque entero se inclinara para escuchar.

Las heridas del lobo comenzaron a cerrarse lentamente, y su respiración, antes irregular, se volvió tranquila. Cuando finalmente se levantó, se acercó a Pluma, inclinando la cabeza en un gesto de respeto antes de perderse entre los árboles.

El ave cesó su canto y aterrizó junto a Edgard, quien ya respiraba mejor gracias a la magia.

—Gracias, Pluma —murmuró Tolmark, abrazándola con las palmas de sus manos, con una mezcla de alivio y gratitud.

Pluma, serena, respondió: —Solo cumplí con mi deber.

Pero tenemos que mantenernos alerta… la sombra no ha desaparecido por co mpleto.

Mis poderes me permiten curar heridas, pero no tan profundas como las del alma —aclaró—.

Edgard, has sido mordido por una sombra, no por un lobo.

He sanado tu cuerpo, pero no tu aura. Tenemos que llevarte con Mirithra, la mejor curandera del lugar.

Solo ella con sus rituales podrá evitar que la oscuridad avance en tu esencia.

—¿Una curandera? —se quejó Tolmark de inmediato¬—. Yo lo llevaría al hospital.

—¿En serio, Tolmark? No me escuchaste. El conocimiento acerca del aura es dominio de los expertos en rituales de sanación, los curanderos —graznó Pluma.

—¿Eso puede esperar? Porque no pudimos ayudar al espectro —se quejó Edgard.

—Edgard, lo primero es mantenerte a salvo —respondió Tolmark preocupado.

—Tu hermano está a salvo por ahora. Mi hechizo lo mantendrá protegido por unas horas —respondió Pluma con calma.

Tolmark frunció el ceño, su desaprobación clara mientras sacudía la cabeza.

—Entonces podremos avanzar un poco más —afirmó Edgard con decisión—. Ahora estoy seguro de que la cabaña que percibí tiene algo que ver con el espectro.

—Entonces, Edgard, guíanos allí —insistió Pluma.

—No sé cómo la encontré exactamente —admitió Edgard con un atisbo de duda—. Pero lo intentaré.

—¿Te perdiste o algo así? ¿Usaste el viejo truco de dar vueltas en círculos como en tu videojuego? —graznó Pluma. —No, no hice un speedrun, si a eso te refieres —sonrió Edgard, soltando un suspiro.

—No importa, tengo una idea que espero funcione — graznó el ave—. Saldremos de esta zona densa para que puedas descansar un poco y luego lo intentaremos.

Después de un rato, llegaron a un descampado cubierto de nieve dura y resbalosa.

El viento cortante parecía no tener fin, y el aire helado calaba en los huesos.

Pluma, visiblemente fatigada, sobrevoló a Edgard y, con un suspiro agotado, desplegó su magia para envolverlo en una cúpula protectora de energía dorada, un resplandor cálido que contrarrestaba el frío.

Tolmark, alerta pero visiblemente tenso, se mantenía inmóvil y en completo silencio, su habilidad de movimiento saeta activada.

Cada vez que se movía, su cuerpo parecía desvanecerse entre las sombras, más rápido que el viento, siempre vigilante.

Tiempo después, Pluma les explicó el plan, asegurándose de que ambos lo entendieran completamente.

Tolmark asintió sin soltar su mirada del horizonte, reflejando una concentración feroz.

Mientras tanto, Edgard cerró los ojos y respiró profundamente varias veces, sumergiéndose en la quietud de la mente.

Su energía comenzaba a pulsar con fuerza en sus venas, extendiéndose hacia el espectro.

—Comienzo a ver la cabaña —dijo Edgard, una chispa de emoción en su voz—. Pero se ve… diferente, como si algo estuviera distorsionándola…

Pluma apretó el pico, su cansancio visible en sus plumas que caían pesadas a su costado. Aun así, su mirada se mantuvo fija en Edgard, evaluando cada palabra.